Mi Amor, Mi Verdugo

La tradición de la familia Salazar era tan antigua como los agaves que cubrían sus tierras: el heredero debía casarse con alguien de su mismo estatus o superior. Era una ley no escrita, grabada a fuego en el linaje tequilero.

Pero Scarlett Salazar, la "Reina del Tequila", rompió esa ley.

Se enamoró de mí, Patrick Castillo, un simple jimador.

Para estar conmigo, desafió a toda su familia. Renunció a la dirección del imperio "Casa Salazar", el conglomerado que su apellido había construido durante generaciones.

Su familia la despreció, la humilló. Como castigo, la obligaron a trabajar un mes como jornalera en los mismos campos que un día iba a heredar. La vi arrodillada sobre la tierra roja de Jalisco, con sus manos delicadas, ahora heridas por las espinas de las pencas de agave.

El sol quemaba su piel, pero sus ojos brillaban cuando me miraba.

Se arrodilló frente a mí, con la ropa sucia y el sudor en la frente, y me juró:

"Patrick, solo quiero ser tu esposa".

Su sacrificio me rompió el corazón y me llenó de una esperanza que nunca antes había sentido.

Finalmente, su familia pareció ceder. Pero su condición fue más cruel que cualquier castigo físico. Para asegurar la continuación de su "linaje de maestros tequileros", Scarlett debía tener un hijo. Pero no conmigo.

Tenía que ser con un hombre que ellos aprobaran, un hombre de una estirpe "adecuada". Ese hombre era Leon Hewitt, el heredero de la familia rival, los Hewitt.

Solo después de dar a luz a un heredero varón, Scarlett sería libre para estar conmigo.

A partir de ese día, la palabra que más escuché de sus labios fue "espera".

"Patrick, espera un poco más", me dijo la primera vez.

Tuve que esperar mientras ella cumplía con su deber. Se acostó con Leon, una y otra vez, hasta que quedó embarazada. Cada noche que pasaba en la hacienda Hewitt era una tortura para mí.

Luego, nació una niña. La familia Salazar, anclada en sus tradiciones machistas, no estaba satisfecha. Exigían un varón.

"Patrick, por favor, espera solo un poco más", me suplicó Scarlett, con los ojos llenos de lágrimas y desesperación.

Y la segunda espera comenzó. Volvió a la cama de Leon, noche tras noche, buscando concebir de nuevo.

Yo esperaba, consumido por la impotencia, viendo cómo el amor de mi vida se sacrificaba en un altar de tradiciones y ambición.

Justo cuando creía que la tortura estaba a punto de terminar, la tragedia golpeó. La hija de Scarlett y Leon, una niña pequeña e inocente, sufrió una intoxicación grave. Estuvo al borde de la muerte.

Y todos, sin dudarlo un segundo, me culparon a mí.

Leon Hewitt fue el primero en atacarme. Me agarró por el cuello de la camisa y me estrelló contra la pared de la hacienda.

"¡Si me odias a mí, desquítate conmigo! ¿Por qué dañas a mi hija? ¡Es una niña inocente!".

Sus gritos atrajeron a los padres de Scarlett. Su padre, un hombre imponente y severo, me miró con un desprecio que me heló la sangre.

"¡Es nuestra primera nieta y te atreviste a envenenarla! ¡Animal!".

No me dieron la oportunidad de defenderme. Me arrastraron por el patio y me encerraron en la cámara de refrigeración que usaban para el proceso de fermentación del tequila. El frío cortante me calaba hasta los huesos, pero no era nada comparado con el hielo que se formó en mi corazón.

A través del cristal empañado por mi aliento, vi a Scarlett.

Estaba allí, de pie, mirándome. Sus ojos, que antes me miraban con un amor infinito, ahora solo reflejaban una fría y amarga decepción. Se cubrió el rostro con las manos, como si no pudiera soportar verme.

"Te dije que esperaras un poco más", su voz sonó ahogada, rota. "¿Por qué tenías que tocar a mi hija?".

Mi mundo se hizo pedazos en ese instante. Las promesas que me había hecho resonaron en mi mente: "Patrick, solo seré tu esposa", "Patrick, si tengo hijos, solo querré a los nuestros".

Ahora, protegía al hijo de otro hombre y me miraba como a un monstruo, a un criminal.

Cuando finalmente me sacaron de esa cámara helada, estaba congelado por fuera y destrozado por dentro. Ya no sentía nada. Tomé una decisión.

Busqué un teléfono y llamé a los padres de Scarlett. La matriarca de la familia Salazar contestó.

"Dejaré a Scarlett", dije, con la voz vacía de toda emoción. "Pero quiero que me envíen a un lugar donde ella nunca pueda encontrarme. Lejos, muy lejos de aquí".

La señora Salazar soltó una risa cargada de desdén y triunfo.

"Un simple jimador... ¿De verdad creíste que podías casarte con nuestra hija? Siempre supimos que esto terminaría así".

Desde la distancia, los observé en el jardín de la hacienda. Scarlett, Leon y su hija. Parecían la estampa perfecta de una familia feliz. El dolor era insoportable.

Scarlett me vio y corrió hacia mí.

"Patrick, escúchame. No te defendí para no empeorar las cosas. Si me oponía a ellos, te habrían hecho más daño. Solo tenemos que esperar un poco más y nos iremos juntos, te lo juro".

Sus palabras ya no significaban nada. Eran excusas vacías que no podían reparar la confianza rota.

"¿No entiendes que lo hice para protegerte?", insistió, su voz llena de frustración.

Mi mirada se desvió hacia Leon, que se acercaba con aire arrogante. Y entonces lo vi. En su muñeca, llevaba el reloj de mi padre. El único recuerdo que me quedaba de él, un reloj viejo y gastado que le había regalado a Scarlett como símbolo de mi amor.

"¡Ese reloj!", grité, sintiendo que la sangre me hervía. "¡Es el único recuerdo de mi padre!".

Scarlett ni siquiera se inmutó. Su rostro se volvió frío, distante.

"A Leon le gustó y se lo di. Tómalo como una disculpa por lo que le hiciste a nuestra hija".

La frase me golpeó como un latigazo. "Nuestra hija". Ya no era "la hija de Leon", era "nuestra hija".

Cegado por el dolor y la rabia, me abalancé sobre Leon para recuperar el reloj.

"¡Dámelo!".

Leon, astuto y cobarde, fingió una caída, tropezando hacia atrás y gritando como si lo hubiera atacado brutalmente.

"¡Patrick, detente!", gritó Scarlett.

Me empujó con una fuerza que nunca le había conocido. Perdí el equilibrio y caí hacia atrás. Mi cabeza se golpeó con fuerza contra el borde afilado de una barrica de roble.

El mundo se volvió borroso. Lo último que vi fue a Scarlett corriendo hacia Leon, ayudándolo a levantarse, sin siquiera mirar si yo estaba bien.

La escuché susurrarle a él, con una ternura que una vez fue solo para mí:

"Eres el padre de mis hijos. No dejaré que te pase nada".

Y me abandonó allí, sangrando en el suelo, solo.

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