Arturo llegó a su modesto cuartel mientras la noche caía sobre la ciudad. El lugar era simple, funcional, muy diferente a la opulenta mansión de los Montoya. Se quitó el uniforme de gala y se puso su ropa de entrenamiento.
En su mente, repasaba los planes que tenía. Se iba a casar con Isabela, a formar una familia, a tener una vida tranquila después de tantos años de servicio. Ahora, todos esos sueños estaban hechos cenizas. Su futuro era la frontera, la sangre y el acero.
Llamó a su segundo al mando, el Sargento Ramos.
"Prepara a los hombres. Partimos al amanecer hacia la frontera norte."
Ramos lo miró, sorprendido. "Señor, ¿la boda…?"
"No hay boda," dijo Arturo, su voz cortante. "Hay una guerra que librar. Asegúrate de que todos tengan equipo de invierno y raciones dobles. El viaje será duro."
Mientras tanto, en las calles de la capital, la noticia del día no era la inminente guerra en el norte, sino el nuevo y escandaloso romance de Isabela Montoya. Los periódicos y los chismosos la aclamaban como una heroína romántica que había desafiado las viejas convenciones por amor verdadero. Leonardo era descrito como un genio de la poesía, el alma gemela que la había rescatado de un matrimonio arreglado y sin pasión.
Nadie hablaba del capitán que se dirigía a una muerte casi segura.
Días después, mientras Arturo supervisaba los últimos preparativos para la partida, recibió una invitación. Era para una fiesta en la casa del Conde de Rivera. Normalmente, Arturo evitaría tales eventos, pero algo en la invitación llamó su atención. Se mencionaba que el premio de un concurso de talentos sería un antiguo reloj de bolsillo de oro, uno que había pertenecido a su abuelo y que su familia perdió en una mala racha.
Ese reloj era uno de los pocos recuerdos que le quedaban de su familia. Tenía que recuperarlo.
La noche de la fiesta, Arturo se vistió con un traje civil oscuro y sencillo. Al entrar, sintió todas las miradas sobre él. Eran miradas de lástima, de burla. Era el hombre abandonado.
No tardó en encontrarse con la feliz pareja. Isabela llevaba un vestido rojo deslumbrante, y Leonardo no se separaba de su lado.
"Vaya, vaya, miren quién está aquí," dijo Leonardo en voz alta para que todos lo oyeran. "El valiente Capitán. Pensé que ya estarías camino a la frontera, jugando en el barro con los salvajes."
Algunos rieron. Isabela miró a Arturo con una pizca de incomodidad, pero no dijo nada para detener a Leonardo.
Arturo la miró a los ojos por un segundo, buscando un rastro de la mujer que conoció. No encontró nada. Luego, se dirigió a Leonardo con una calma helada.
"Algunos servimos a nuestro país con acciones, señor poeta. Otros, al parecer, solo con palabras vacías."
Leonardo se enojó. Su imagen de intelectual sofisticado se veía amenazada por la simple y directa dignidad de Arturo.
"Las palabras construyen imperios, Capitán. Las ideas mueven el mundo, no la fuerza bruta. Ustedes los militares son herramientas, simples peones en el tablero de gente más inteligente, como yo," declaró Leonardo, hinchando el pecho.
Arturo sonrió, una sonrisa sin alegría.
"Una herramienta es útil, señor. Un peón puede decidir una partida. ¿Pero qué es un poeta que nadie lee? ¿O un 'hombre de ideas' cuyas ideas solo sirven para robarle la prometida a otro hombre? Eso no es inteligencia, es oportunismo. Y la historia rara vez recuerda a los oportunistas con amabilidad."
El rostro de Leonardo se contrajo de rabia. Había sido superado en su propio juego de palabras. La gente alrededor, que antes se reía de Arturo, ahora miraba a Leonardo con duda.
Isabela intervino, poniendo una mano protectora en el brazo de Leonardo. "Arturo, ya basta. No tienes derecho a hablarle así."
"No te preocupes, mi amor," le dijo Leonardo a Isabela, pero sus ojos estaban fijos en Arturo. "El Capitán solo sabe de peleas. Ya veremos quién ríe al final. Hay un concurso de talentos esta noche. Le demostraré lo que es el verdadero arte, no la simple barbarie."
La amenaza era clara. La noche apenas comenzaba.





