Horas después
Narra Ethan
–¿De verdad estás pensando en rechazar una oferta que podría comprarle una oportunidad de vida a la niña que juraste proteger en el lecho de muerte de su padre, Ethan? –me pregunto a mí mismo en voz alta en la soledad de mi cocina, mientras arrojo las llaves de la camioneta blindada sobre la mesa de madera desgastada y fijo la mirada en el papel arrugado que reposa junto a la lámpara de mano, el cual es una notificación de desalojo inminente acompañada por un estado de cuenta que detalla una deuda acumulada de doscientos mil dólares en gastos médicos que mis tres empleos actuales no alcanzan a cubrir ni en un diez por ciento.
–El doctor te lo dijo claramente esta mañana, Blake, la medicina convencional ya no hace ningún efecto en el organismo de la pequeña y si no consigues los cinco millones de dólares para el ingreso en la clínica suiza antes de que termine el mes, simplemente vas a tener que sentarte a ver cómo se le apaga la vida –continúo murmurando con rabia, apretando los puños hasta que las cicatrices de mis nudillos se tornan completamente blancas, debido a que el peso de la impotencia me aplasta el pecho al recordar el rostro pálido de Jazmín en esa maldita cama de hospital donde los monitores cardíacos no dejan de emitir ese pitido monótono que me carcome la cordura.
Abro el cajón de la alacena para sacar el expediente médico que reviso cada noche, pero al tocar la cartulina gris, mi mente se desconecta por completo del presente y me arrastra de golpe hacia ese pasillo iluminado con luces de neón parpadeantes donde comenzó mi verdadera pesadilla.
–¡Dígame que hay una maldita alternativa, doctor, no me venga a decir que la vida de una niña de siete años se reduce a un simple problema de presupuesto internacional! –le grito al especialista en oncología pediátrica en la mitad del corredor del hospital general, tomándolo de las solapas de su bata blanca con una desesperación salvaje que borra de inmediato toda mi disciplina militar.
–Suélteme, señor Blake, por favor, que yo no tengo la culpa de las políticas de financiamiento de los laboratorios europeos –me responde el médico con una mezcla de lástima y fatiga en los ojos, acomodándose el cuello de la camisa mientras me señala los gráficos de la computadora. – La enfermedad terminal que padece Jazmín es sumamente agresiva, y la única esperanza real que le queda es un tratamiento genético experimental que solo se realiza en Ginebra; el costo de ingreso, traslado y permanencia es de cinco millones de dólares exactos, una cifra inalcanzable para cualquier ciudadano común de este país, así que le sugiero que empiece a tramitar los cuidados paliativos para que la niña no sufra en sus últimos días.
–¡Mi hija no se va a morir en una sala de beneficencia mientras yo tenga sangre en las venas y fuerza para pelear, maldita sea! –brama Catalina, la viuda de mi mejor amigo, quien aparece detrás de mí con los ojos completamente inyectados en sangre y las manos temblorosas por el llanto incontrolable que la ahoga desde que firmó el último consentimiento de quimioterapia. – ¡Ethan, haz algo por favor, tú le prometiste a mi esposo que no nos dejarías solas, me juraste que si él no volvía de esa maldita misión en la frontera tú serías el escudo de nuestra familia, no puedes permitir que los médicos se rindan con Jazmín!
–Escúchame bien, Catalina, mírame a los ojos y deja de llorar porque el dolor no va a curar a la niña –le exijo, sosteniéndola por los hombros con firmeza mientras sus sollozos desesperados resuenan en mis oídos como si fueran ráfagas de mortero en medio del combate. – Te di mi palabra de honor de que las protegería con mi propia vida si era necesario, y te garantizo que voy a conseguir cada maldito centavo de esos cinco millones aunque tenga que venderle mi alma al mismísimo diablo en este instante.
–Es que ya no tenemos tiempo, Ethan, las deudas nos están asfixiando y los abogados del banco llamaron hoy para decir que van a ejecutar la hipoteca de la casa si no pagamos los atrasos esta misma semana –solloza ella, ocultando el rostro en mi pecho mientras sus lágrimas empapan mi chaqueta de cuero. – Mi esposo murió defendiendo una bandera que ahora nos da la espalda, y lo único que nos queda en este mundo es tu promesa en el campo de batalla; dime que hay una salida, por favor, dime que no me voy a quedar completamente sola.
Las palabras de Catalina se clavaron en mi mente como esquirlas calientes, transportándome de inmediato a esa noche infernal en las trincheras de la frontera, donde el humo de las explosiones cegaba la vista y el olor a pólvora y sangre saturaba el aire del búnker semidestruido.
–¡Blake, saca a mi esposa y a mi hija de la zona de peligro en cuanto regreses a la ciudad, no me dejes morir con la incertidumbre de saber que quedarán desamparadas en la miseria! –me gritó mi compañero de armas, Manuel, mientras presionaba con desesperación la herida abierta en su costado, de la cual brotaba la vida a borbotones sobre el lodo del campo de guerra. – ¡Te las encargo a ti porque eres el único hombre en el que confío plenamente, júrame por tu honor de soldado que cuidarás bien de Jazmín y de Catalina, júramelo antes de que se me acabe el tiempo!
–Te lo juro por mi vida, hermano, te juro que seré el protector de tu familia y que a tu hija nunca le va a faltar nada mientras yo respire –le respondí en aquel entonces, sosteniendo su mano fría en medio de la balacera infernal, justo antes de que sus ojos se pusieran en blanco y su último suspiro se perdiera en el estruendo de la artillería enemiga.
El violento sonido del timbre de mi teléfono celular rompe el recuerdo y me devuelve de golpe a la realidad de mi cocina, donde el recibo de la deuda médica sigue brillando bajo la luz mortecina del techo.
Miro la pantalla del dispositivo y el nombre de Aurora Vance parpadea con una insistencia que parece una burla del destino, recordándome la audaz propuesta que me hizo hace apenas unas horas en el vestíbulo de su lujosa mansión.
–Dime que ya dejaste de lado ese ridículo orgullo de soldado y que estás listo para firmar los documentos del matrimonio por contrato, Ethan –dice la voz firme, autoritaria y seductora de Aurora a través de la línea, sin un solo rastro de duda tras haber sobrevivido al atentado de la gala benéfica. – El tiempo corre en nuestra contra, puesto que mis abogados ya tienen listo el borrador del acuerdo prenupcial y la junta de accionistas de Vance Enterprises se reúne mañana a primera hora para escuchar mi informe de sucesión.
–Un matrimonio por contrato con la heredera más rica y asediada del sector textil no es algo que se firme a la ligera, señorita Vance, especialmente cuando las condiciones implican meterme en una fosa de víboras corporativas donde su padre controla cada movimiento –le respondo, manteniendo la voz fría para que no note el temblor de ansiedad que me provoca la cercanía de la solución a todos mis problemas financieros. – Tres millones de dólares de adelanto es una cifra muy atractiva, pero usted sabe perfectamente que el tratamiento completo de mi hijastra en Ginebra requiere un total de cinco millones para garantizar el éxito de la intervención quirúrgica.
–Si el problema es el presupuesto total de la clínica suiza, puedes dar por hecho que los cinco millones de dólares estarán depositados en la cuenta del hospital de Ginebra antes de que termine la tarde de mañana, Ethan –me rebate ella de inmediato, con esa seguridad implacable que la caracteriza y que me demuestra que no está dispuesta a aceptar un no por respuesta. – No me interesa el dinero cuando se trata de comprar la lealtad del único hombre que puede garantizar mi seguridad y mi presidencia frente a los ataques de mi padre; tú firmas el acta de matrimonio ante el juez civil a las ocho de la mañana y yo me encargo de que la niña tenga su tratamiento experimental garantizado al cien por ciento.
–¿Y qué pasa con las cláusulas de confidencialidad y las restricciones de nuestra convivencia diaria durante los dos años que estipula el contrato, jefa? –le pregunto, caminando hacia la ventana para observar la calle oscura, consciente de que aceptar este trato significa renunciar a mi libertad y convertirme en el blanco principal de todos los enemigos de la familia Vance. – No voy a tolerar que su padre o la prensa amarillista utilicen mi vida privada como un peón en sus estrategias de marketing, ni tampoco pienso convertirme en un adorno para sus fotografías de sociedad en las revistas de moda.





