Tan encantador como buena persona, tan carismático como ingenioso, y tan apacible como bondadoso, así había sido el carácter dulce y respetuoso de José Miguel, el tercero de los hermanos de la dinastía.
Amante de la naturaleza, de los animales, del ejercicio libre y continúo, siempre lo podías ver corriendo detrás de nada, quizás compitiendo con el viento.
Al no tener medios para moverse, él usaba al único caballo de la pequeña casita, su hogar.
A veces, usaba canoas para cruzar extensos kilómetros de agua del río para ir y venir de otros pueblos aledaños, él era con sinceridad el punto atractivo en esta selva verde, el tarzán moderno.
Doña Masi, la anciana curandera, fue una mujer estéril; en su juventud se había casado, así se mantuvo por diez años de matrimonio sin poder procrear sus propios hijos, ella fue la responsable de ayudar a venir al mundo a muchos niños, sin embargo no pudo tener uno propio, hasta la oportunidad que tuvo ya siendo viuda y anciana.
En el pequeño pueblo ubicado a la orilla del río negro, José Miguel salía a pescar grandes peces, los traía y se lo entregaba a su viejita, quien sonreía satisfecha, aparente satisfacción que le restaba con el remordimiento de que el chico pudo estar viviendo en el glamur y la abundancia de su prestigiosa familia. Sin embargo el pobre estaba llevando una vida de carencias a su lado.
Hace una semana doña Masi viajó a un pueblo más grande, allí vió en noticias internacionales a un joven empresario, siendo tan atractivo y delicado que parecía que ni en los peores momentos se ensuciaba. Impecable en todo, pero el mismo rostro de su José Miguel.
Se trataba del prometedor empresario Jose Adrian Lumbi, hermano de su José Miguel, su pobre hijo de crianza.
Ella era curandera, a eso se dedicaba, así que ella sabía acerca de problemas de salud y curas, sabía de como hacer remedios y sanarse por su cuenta, pero no sabía cómo ayudar a José Miguel a no ser tan pobre, hablando de poseer lo necesario a estar carente de ellas.
Pasando así los días, doña Masi volvió aún más preocupada y triste, tal situación no pasó desapercibido ante los ojos de su avispado hijo.
Solo le hacia sentir bien el saber que aquella mujer fue bendecida por dos hermosos niños, aún tenía a sus dos hijos, comparado con ella que no tenía nada. Lo veía justo quedarse con el pequeño, además que Sara Esquivel había cometido un grave error, dejar el cuerpo de su hijo como si nada.
Aun así ella sabía que le quitaba un futuro prometedor a José Miguel, era tan molesto para su conciencia.
La depresión era un sentimiento tan terrible, doña Masi enfermó gravemente de ello, quizás era la culpa por haber apartado al joven de su verdadera familia e identidad.
José Miguel andaba buscando ayudar a mejorar a su anciana madre, tratando de reunir dinero para doctores, aunque su misma Madre era una médica reconocida, sea en el ámbito medicinal con hierbas, no hallaba cura alguna.
Lo de doña Masi era otra cosa, era la conciencia rompiendo por haber quitado a su José Miguel la oportunidad de vivir en una verdadera familia que tenía en México.
***
En un suburbio atractivo de alta demanda por gente rica, en la ciudad de Denver Colorado, yacía una joven con rostro singular, ella tenía la cara más tierna y hermosa posible.
La habían contactado un mes antes para ser el rostro oficial de una marca revitalizante de rostro, llamada, "cara de diosa"
Dalia Ferreti era la hija de los Golden Ferreti. La tercera hija de veinte años. Tenía toda la juventud resbalando por su cuerpo.
Al día siguiente Dalia se presentó ante la agencia que la había solicitado, hicieron una sesión de fotografías, ellos querían aún más de la señorita Dalia Ferreti, sabía que esta persona no estaba aquí trabajando por la necesidad del dinero, si había venido hasta aquí era otro su motivo, no quería espantarla.
La gerente que estaba supervisando esta sesión de fotografías, incluso estaba nerviosa, quería que Dalia se sintiera a gusto y hasta el momento se podría decir que así lo era.
La gerente por nombre Marcia Colima habló a la joven Dalia.
—Señorita, habrá una presentación en Brasil, ¿No le gustaría acompañarnos?—Dalia no se negó enseguida, lo cual dió algo de esperanza a la señora Colima.
—Puedo ir si no pasará más de dos días la estadía.—Dijo Dalia, inclinándose ante la invitación de la otra mujer.
Así fue que al día siguiente la joven viajó junto a su madre directo a Brasil.
Todo pasó rápido, la presentación fue todo un éxito, las sesiones fotográficas en los lugares más llamativos de la ciudad de Sao Paulo. Mejor de lo que se esperaba.
Al acabar todo anticipadamente, Dalia y su madre Corina de Ferreti, sucumbieron ante la gran insistencia de otros a visitar algunos pequeños pueblos aledaños al río negro en Brasil.
Estando allí, ella se entregó a la naturaleza y a las ganas de descubrir alguna anaconda de diez metros, fantasías de su cabeza decía su madre, Corina.
Bajo un enorme árbol de maitén boaria, contenida de sus hazañas de exploradora, Dalia se recostó al tronco del , quería descansar un poco, según su mente analítica le permitiera, antes de eso, ella había creído ver a un hombre muy guapo atravesar su vista, este iba corriendo junto a un caballo, "que gran tontería es esto, correr a la par de un caballo hermoso en vez de montarlo" se había dicho así misma, la mexicana Dalia.
No obstante, quedó con la boca abierta, cuando el atractivo hombre se convirtió en todo un tarzán, por que sin dificultad se encaramó sobre el caballo en galope, ¿Qué ser humano hace esa acción tan peligrosa? Pensó Dalia otra vez.
Después de un momento, ella ya había olvidado este acontecimiento, se recostó para dormitar por un momento.
La sobresaltó una voz grave, magnética, muy atractivo a su oído, pero no lo entendió tan claro, pues hablaba en portugués.
—Cuidado mulher, você pode ser comida para crocodilos.
—¿Qué? Eres tonto—Dijo Dalia al ser sorprendida de su tan merecida siesta.
—Talvez eu seja estúpido, mas ñâo durmo as margens de um rio cheio de crocodilos.—Sonrió el joven.
Dalia había estudiado algunos cursos de idioma portugués, le había entendido. Sin embargo se sintió algo perturbada con la presencia del joven que en un segundo había montado su caballo e iba yendo del lugar.
Ella miró su espalda, era una espalda bien moldeada, con hombros anchos, su melena al hombro se movía cuál cortinas al viento.
También se había fijado que si había muchos cocodrilos, él le había salvado la vida, pies había como dos muy cerca del árbol, antes no los había visto, pareció que se habían acercado.
Gritó Dalia.
—Você poderia me levar de onde os pequenos aviôes decolam?—Dalia sonrió, mostrando su mejor sonrisa.
—Claro, suba no cavalo.
Al subir a dicho caballo, al empezar el caballo a trotar, el viento acariciar el rostro de Dalia, ella tuvo una sensación parecida al placer sin fin, una seguridad que le proporcionaba el estar aferrado a la espalda de aquel desconocido hombre, a la vez sentirse segura, ella, que aún no había tenido su despertar sexual, incluso sintió ese deseo primitivo al estar abrazando la espalda musculosa de un hombre.
Cuando él volvió su cara hacia ella, Dalia notó su rostro de perfil, su nariz bien delineada y alta, si boca tono rosa carnoso, era un rostro perfecto, con esa piel bronceada, sobre todo ese color de ojos verdes.
¿Que hacía un hombre tan hermoso en medio de la selva? —Pensó.





