Los secretos de la esposa abandonada

"Señorita Clarke, ¡lo siento mucho! ¡No fue mi intención!", soltó Kaelyn, bajando rápidamente las escaleras.

En ese momento, en su rostro había una preocupación exagerada. "¿Y si mejor guarda todas sus cosas en una bolsa?", añadió, ocultando su desdén tras una dulce sonrisa.

La verdad, siempre había menospreciado a Allison, pues la concebía como una humilde campesina que se había aferrado a su esposo para tener una vida mejor.

"¡Eres tan torpe!", la reprendió Colton con el ceño fruncido, mientras miraba la ropa esparcida por todo el lugar.

La maleta de Allison contenía muy poco: apenas unas cuantas mudas de ropa y casi ninguna joya. De hecho, la chica ni siquiera se había gastado la mayor parte del dinero que él le había dado a lo largo de los años. Durante su matrimonio había vivido de manera sencilla y frugal, lo que evidenciaba claramente que nunca había querido aprovecharse de su estatus.

Sin embargo, era consciente de que el amor no se podía forzar ni fingir.

"El equipaje de Melany tiene prioridad. Solo trae una bolsa de basura y tira las cosas de Allison en ella", ordenó Colton con desdén, mirando la maleta rota. "Haré que la criada te compre una nueva mañana".

"Esa era la maleta que les quité a los secuestradores cuando huíamos para salvar nuestras vidas. En ese momento, si no la hubiéramos tenido, habríamos muertos ahogados", comentó Allison, con una leve y amarga sonrisa.

Durante años había cuidado de esa maleta, justo como lo había hecho con su matrimonio; sin embargo, por más esmero que puso en ello, tanto el objeto como su relación estaban destrozados.

"Con esa historia podrás engañar a mi abuelo, pero no a mí", soltó Colton, junto con una fría carcajada.

Tenía un recuerdo muy vago de haber sido secuestrado cuando era niño y, la verdad, siempre había dudado que fuera Allison quien hubiera estado con él en aquel entonces.

"¡Date prisa y empaca sus cosas!", le ordenó a Kaelyn, volteando a verla.

"Sí, señor", respondió el ama de llaves, recogiendo rápidamente la ropa, aunque la pisó a propósito para ensuciarla.

"Señorita Clarke, la abuela del señor Stevens siempre dice que las personas son como la ropa. Una vez que se mancha, no importa cuánto se lave, las marcas nunca desaparecerán por completo", se burló la empleada.

Allison siempre había sido amable con Kaelyn, a pesar de que no tenía razones para hacerlo. Sin embargo, lo hacía por respeto a la abuela de Colton, pues esa mujer era una pariente lejana suya.

Años atrás, cuando Kaelyn cometió un error que casi provocó un conflicto entre la familia Stevens y Kellan Lloyd, el hijo mayor de los Lloyd, fue Allison quien logró calmar la situación. Negoció un acuerdo con Kellan, paralizado de la cintura para abajo, para asegurar un proyecto crucial de los Stevens.

En aquel entonces, Kaelyn se había mostrado agradecida, casi servil. Sin embargo, ahora, alentada por los vientos de cambio dentro de la familia Stevens, actuaba como si nunca se hubiera arrodillado. Solo porque la aprobación de la abuela de Colton había disminuido y, con ello, la dinámica había cambiado.

"Tienes razón en algo. Si la ropa se ensucia, es imposible limpiarla por completo", respondió Allison, volteando a ver a Colton. Acto seguido, se encogió de hombros y comentó en un tono casi casual: "Como está arruinada, ya no la necesito".

No lamentó su pérdida, pues nunca le habían gustado esas prendas insulsas y sin forma que no le sentaban bien.

"Pero cuando una persona comete errores, tiene que afrontar las consecuencias", remató, con un tono frío y duro, algo raro en ella.

Al instante, el aire en la habitación cambió. Esa fue la primera vez que Colton miró a Allison desde una nueva perspectiva: su habitual suavidad había sido reemplazada por una dureza inesperada.

Kaelyn también sintió el cambio, pero rápidamente fingió inocencia, adoptando un papel que había perfeccionado a lo largo de los años.

"Señorita Clarke, yo solo trabajo para la familia Stevens. Y como ahora comenzaron los trámites de divorcio...", comenzó a justificarse en voz dulce.

Sin embargo, no logró terminar, pues al instante siguiente, la palma de Allison impactó con fuerza su mejilla izquierda, produciendo un sonido que resonó por toda la habitación.

"¿Cómo te atreves a pegarme?", exclamó Kaelyn, con los ojos bien abiertos por la incredulidad.

"Lo hice porque se me pegó la gana", respondió la agresora.

"Si la señora Stevens se entera...", comenzó la otra.

Sin embargo, otra cachetada, más fuerte que la anterior, impactó contra la otra mejilla de Kaelyn, haciéndola perder el equilibrio. Ahora tenía las dos mejillas rojas e hinchadas.

La mujer trastabilló y cayó al suelo, torciéndose el tobillo en el proceso. Soltó un grito de dolor, mientras su rostro se contraía por la furia y la humillación.

"Señor Stevens, ¡esa mujer se excedió!", gritó, entre sollozos, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

Antes de que pudiera seguir quejándose, Allison ya estaba cerca de ella. Con una mano agarró a la empleada por el cuello, mientras que con la otra le arrancaba el collar que traía puesto.

"Esto es por la maleta y la ropa", le dijo.

El rostro de Kaelyn se puso rojo conforme la apretaba con más fuerza, al grado de que logró ahogar sus palabras y sollozos.

"Y ahora, recuperaré algo que tienes, pero que nunca ha sido tuyo", remató Allison.

El collar era una joya modesta, un colgante de esmeralda rodeado de diamantes. A ella no le importaba su valor. Sin embargo, el grabado en la parte posterior dejaba claro que nunca debió estar alrededor del cuello de Kaelyn.

"Tú... ¡Estás agrediéndome con alevosía y ventaja!", musitó la empleada, jadeando por aire.

Estaba tan aterrada que perdió el control de su vejiga. Cuando el agarre de Allison se apretó tanto que estuvo al borde de la asfixia, se dio cuenta con una claridad aterradora que esa mujer no solo era capaz de lastimarla, sino que, si lo deseaba, podía matarla.

Allison, rápidamente y sin dudarlo, rompió el broche del collar y se alejó, con pasos pausados, como si no le interesara en lo más mínimo seguir con la pelea.

"Señor, todo esto es un malentendido, por favor...", suplicó Kaelyn, invadida por la desesperación, poniéndose de pie de un salto y dirigiéndose a Colton.

"¡Lárgate!", gritó el hombre, tan exasperado que alzó su pie para lanzarle una patada a la empleada, que terminó nuevamente en el piso.

El olor a orina, penetrante y acre, inundó sus fosas nasales y su temperamento, ya encendido, estalló. "La familia Stevens no tiene lugar para los inútiles", declaró.

Mientras tanto, Allison ya había salido de la villa. Sacó su celular y marcó un número familiar. Cuando la llamada se conectó, dijo con una voz tranquila, casi ligera: "Rebecca, oficialmente estoy divorciada y me mudo hoy mismo. Mi casa y mi carro todavía están en Vrining, ¿te importaría si me quedo contigo esta noche?".

"¡Mierda! ¡Por fin te divorciaste de ese idiota! Claro que puedes quedarte, pero olvídate de dormir, ¡toda la noche nos la pasaremos de fiesta! ¡Una fiesta de solteras!", respondió Rebecca Green del otro lado de la línea, quien pasó del silencio a gritar de alegría en cuestión de segundos.

A pesar de la distancia, Allison podía escuchar la burbujeante y exagerada risa de su amiga.

"Si la gente de Cobweb descubre que su fundadora ha regresado, ¡los servidores explotarán!", añadió Rebecca.

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