Los dioses olvidados.

—Guerreros de Jakar –exclamó–, jefes de clanes, la hechicera Mengala invocó a nuestros ancestros. Que el silencio inunde las dunas cuando ella confiese lo que le revelaron aquellos que se mueven entre los muertos.

Desvió la vista y con una de sus manos apuntó hacia la sibila que cerca de él se puso de pie, escoltada por dos harapientas jóvenes con aros de hierro en sus cuellos, de los que pendían largas cadenas que delataban su condición de esclavas, Mengala –con aquel rostro escalofriante, la desgreñada cabellera y el largo cuello del que cuelgan extraños collares de semillas, huesos y dientes pequeños—, parecía una sombra. La túnica de piel y telas oscuras –cocidas grotescamente—, cubrían sus deformidades, la diestra temblorosa se aferraba a un bastón de madera retorcida, del que pendían extraños amuletos… y su mirada de salkan que se detiene en el ensangrentado altar, le daban una apariencia aún más siniestra.

—Hijos del desierto, he consultado a los ancestros y han mostrado el futuro a Mengala–se estremeció antes de continuar. —he visto a nuestras hordas crecer y arrasar ciudades, a los descendientes de Jakar transitar por senderos nunca antes recorridos, guiando a la poderosa raza de los morkanes, nacidos en las montañas negras, hijos del mismísimo dios Zaurhon. Mengala los ha visto marchar sobre la tierra aniquilando a cuanto enemigo encuentra.

Se detuvo temblorosa como reviviendo la visión.

—He visto caer a grandes guerreros, y perder a feroces hijos del desierto; pero también doblegar espíritus indomables y poderes inimaginables, he presenciado tormentas sobre los morkanes; y sus venideras conquistas. Así se me ha presagiado la voluntad de nuestros muertos y del dios Nehokles.

Al escucharla, un par de antiguos líderes de clanes maldijeron en voz baja; victoriosos en incontables combates abrigaban en sus pechos comandar las huestes del desierto algún día. Nadie se percató, mas sus rostros expresaban descontento.

Nuevamente el feroz caudillo se levantó y junto a él dos jóvenes de estaturas descomunales, uno de ellos —Gurekan– ostenta una cicatriz que le cruza el rostro; el otro —tan temible como su hermano— es Tyranus, más ancho de hombros y tórax. Ambos denotan en sus rostros la ferocidad del padre. El tercero de los hijos de Jakar es una hembra que está sentada cerca del trono mientras dos harpos adultos la acarician con sus ásperas lenguas. Ella, como ausente a lo que sucede, engulle a mordiscos un trozo de carne de gauka, aún humeante. No posee los rasgos característicos de Jakar ni de las hembras de su raza y muchos guerreros la encuentran más bella que el resto; sin embargo, no se atreven a reconocerlo, porque temen esa mirada aterradora, a esa mujer de pocas palabras, de fuerte carácter, que no presume, desgreñada, sucia y que apesta a lobo. En las batallas la falta de misericordia para con sus enemigos es bien notable; muchos saben que creció dentro de una jaula en el foso de los sacrificios. Jaula que únicamente subían una vez al día para proporcionarle comida y agua en una mísera vasija. Tal crianza y cerca de los salvajes harpos, avivó un sentimiento de cariño entre la niña y los animales, un fuerte lazo nació entre ellos. Hoy la acompañan fielmente descendientes de aquellos feroces lobos. La llaman Amugra, “la de mal genio”, y aunque no aspira al trono por su condición de mujer, por derecho propio comanda cien clanes, que la obedecen fielmente. Sanguinaria como sus hermanos es más temida por su crueldad que muchos grandes guerreros del imperio, pues meses atrás el temible Vulgor, osó desobedecer órdenes suyas y lo enfrentó en combate, desmembrándolo mientras aún continuaba con vida.

Comenzaba a anochecer, centenares de hogueras y fogatas se sumaban a las que desde hacía seis jornadas despedían deliciosos olores a guisos y carne asada, extendiendo los rituales por varias lunas más.

Tierras fértiles del sureste.

Un grupo de jinetes detiene sus cabalgaduras en una vasta región de tupidos bosques, llanuras extensas, mesetas y montañas que se distribuyen por el paisaje con toques majestuosos. Los siguen más de una decena de carromatos atestados de cajas y cestas de las que sobresalen gran variedad de verduras, colas de pescados ahumados y carnes secas cubiertas con verdes hojas, el último transporta heridos. Desde los linderos del bosque y a cuatrocientos metros ya se divisa la gran muralla de piedra que protege la ciudad de Sanabria.

Los jinetes que viajan bajo el mando del capitán Merturio, regresan de una misión que resultó más difícil de lo habitual porque se vieron obligados a rodear el majestuoso monte Odinuss, misterioso lugar al que pocos se atreven a internarse.

Traen noticias frescas de otros territorios. E instigando a su caballo reanuda el galope, ahora regresa con un poco más de la mitad de los que abandonaron la ciudad casi un año atrás. Desde los muros se divisa cómo los polvorientos estandartes se agigantan mientras se van acercando.

El palacio real se yergue majestuosamente en el centro de la ciudad. Sus jardines semejan enormes lienzos, con verdes figuras geométricas e imágenes de exóticos animales. Por sobre la figura sobresalen seis esculpidos dioses ubicados en una gran circunferencia que rodea una fastuosa fuente construida con piedras exportadas de la isla de Fatua; en el centro de ella, la figura de un ave con las alas desplegadas, deja escapar de su pico un constante hilo de agua en diferentes direcciones. Por entre las incontables formas verdes e inmóviles, aparecen dos jóvenes enfrascados en un competitivo duelo a espadas y escudos, son perseguidos por un grupo que se desplaza alrededor. Atentos a lo que está sucediendo y enalteciéndolos a gritos: unos partidarios del joven Castar y otros de Kinar. Los contendientes no visten armaduras, solo túnicas rojas con el estandarte real. Llevan más de dos horas en franca contienda, por lo que en algún que otro momento se apoyan en la empuñadura de la espada con la punta de la hoja clavada en la hierba, jadeantes y tragando bocanadas de aire que no logran llenarles los pulmones. Se escuchan algunas risas y frases que alientan al abandono.

—Doblégate, Kinar. Estás acabado —se escucha la voz de uno de los seguidores de Castar.

—No, príncipe —lo incita otro— tú puedes derrotarlo.

—Vamos, Castar, demuestra que eres el verdadero príncipe de Sanabria.

—Castar es un inexperto más en el arte de la espada —vocifera Kinar— ya verán cómo lo venzo en minutos.

—Vamos, hermano mayor, reconoce que tu capitulación está cerca y ya no cuentas con fuerzas para continuar—se mofa mientras se mueve entre los arbustos.

Por la expresión en sus semblantes y el jadeo de sus pechos, todo indica que los dos están a punto de desfallecer—a pesar de que aún se mueven por entre las arquitectónicas figuras que han escapado ilesas al embate de sus estocadas y traspiés. Sin percatarse llevaron la justa hasta el ancho claro del jardín. De pronto se escuchan las trompetas de los vigías de la muralla anunciando la llegada de algún visitante. Mas el aviso no detiene el ataque de los jóvenes. Mientras, a más de sesenta metros de distancia y desde una de las seis torres del palacio, una esbelta figura los observa sonriendo: es una joven de larga y abundante cabellera negra, cuyo rostro posee la belleza de la diosa Opalo; cuentan que al nacer una irradiación celestial magnetizó la enorme habitación. Muchos aseguran haber visto en esa inmemorial tarde la divina imagen de la diosa Ducmaria sonriendo y bendiciendo la llegada de la hermosa criatura.

Ahora diecinueve años después, por atuendo lleva un largo vestido blanco ceñido al busto y hasta la cintura, prenda que se cierra sobre su delgado cuello, las largas mangas están rematadas en encajes negros, en el pecho delicadamente bordado la figura de una exótica ave de negro plumaje, pico amarillo y corto, de doradas alas y cola, esta última casi transparente y fraccionada en tres partes, sus patas se cierran sobre una espada de doble filo—es el escudo de los monarcas de Sanabria. La joven mira hacia abajo, hacia las pequeñas siluetas que se mueven, en sus manos un potente arco se tensa apuntando hacia el grupo que continúa alentando a los contendientes.

La flecha parte veloz trazando una invisible trayectoria que culmina justamente en la hierba delante de los contrincantes que se paralizan observándolo y se dan media vuelta para mirar hacia lo alto de la torre, desde donde la joven, los saluda sonriendo con el arma en alto.

— ¡Por el dios Armentus, cómo ha podido hacer ese disparo! —exclamó Kinar.

—Hermano, Isabella con el arco es tan diestra como los imbatibles guardianes de Osidy.

—No te falta razón. Castar, las flechas de nuestra hermana son dirigidas por la mismísima mano de la diosa Emelis— sonrió mientras le tiraba el brazo por arriba.

—Vamos, averigüemos quién ha llegado.

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