Los dioses olvidados.

—Ustedes, fanfarrones que nos alentaban, recojan las armas y corran a buscarnos dos buenas jarras de vino, refrescadas en las aguas de los pozos.

Entre risas y burlas el pequeño grupo se dirigió a palacio. Desde las alturas la princesa Isabella sonreía a sus hermanos.

Al mismo tiempo, en el desierto.

El altar de los sacrificios es un bloque de piedra con antiguos jeroglíficos labrados en ella, de unos tres metros de largo e igual envergadura de ancho. Lo heredaron de una civilización más antigua. Un estrecho canal serpentea en declive bajo el altar hacia un oscuro orificio a unos cuantos metros de distancia. La enorme roca es un lecho de muerte de la que sobresalen algunos pequeños aros de hierro con clavijas incrustadas, estos tienen como objetivo sujetar a los que serán ofrendados. En la piedra están meticulosamente tallados diminutos canales y hoyos por donde la sangre correrá hasta el sumidero más ancho, vertiéndola así en el pozo del que, para creencia de los morkanes, beberán el dios Nehokles —deidad de los muertos—, y el dios Yombar, el de la lluvia y los truenos. A la macabra obra la rodean cincuenta estacas de madera, clavadas profundamente en la arena.

Hacia el altar camina Tarkmon, uno de los más temidos y antiguos jefes de clanes quien dirigiéndose a la multitud exclama:

— ¡Los dioses nos han favorecido con grandes victorias, por eso les entrego cinco opulentos glotos y quince esclavos que serán sacrificados en nombre de mi clan y del respetado Jakar!

Alaridos de crueldad brotan de mil gargantas, cientos de brazos se elevan blandiendo diferentes armas que brillan aterradoramente a las luces danzantes de las fogatas.

Gritos de dolor y muerte se escapaban de los esclavos al ser decapitados o empalados vivos en las estacas que rodean el ensangrentado y tenebroso altar, los mugidos de los animales, que hoy no servirán como comida, se mezclan con el de los humanos. Tras la matanza, algunos restos son lanzados al foso de los hambrientos harpos.

Cuando las ofrendas del clan Tarkmon concluyen, ya otro clan se alistaba para demostrar su fidelidad al imperio, se escuchó un estruendoso galopar de numerosos guerreros que llegaban, entre relinchos y remilgos, se contuvieron en el centro de las fogatas, y regresaban de alguna felonía, uno de ellos se encaminó hacia el caudillo, es un enorme y joven espécimen de la raza. La corta pelambre que le cubre permite ver tres largas cicatrices a lo largo de su abultado pecho.

—Gran Jakar, —vociferó, tomando una bocanada de aire y continúo—, Yuntar, hijo del temible Quonkor que ya no está entre nosotros, trae noticias y botines de las tierras verdes, trae tres poderosas hechiceras y como cautivos a grandes guerreros enemigos, dignos del dios Yombar. Los ofrezco en respeto a los dioses que imperan en los cielos.

Se refería a varios hombres con pequeñas heridas, que en la retaguardia de la comitiva venían atados y que salvajemente habían sido lanzados al polvo de la explanada, delante de los caballos de un grupo de rastreadores que los amenazaban contantemente con sus armas; más atrás, tres maltratadas y sucias adolecentes caminan tanteando las arenas con sus pies, aterradas emiten estridentes chillidos. Están atadas y separadas entre ellas por largas estacas de madera sujetas a sus cuellos.

Algún tiempo atrás.

Muchas lunas antes de que comenzaran los sacrificios, una gran partida de más de doscientos hombres y mujeres, abandonan las fronteras del desierto de los lagartos; son feroces saqueadores y rastreadores que azotan pequeños e independientes poblados de humildes campesinos. A la cabeza va Quonkor —el de poca vista, llamado así por la falta de un ojo. Es temido por sus crímenes y fechorías ya famosas en las vastas regiones más allá del imperio de Jakar, entre ellos cabalga su descendiente Yuntar y se encaminan a tierras verdes con el afán de capturar esclavos y acopiar pertrechos y alimentos necesarios para su existencia. Durante años han hostigado innumerables regiones, aunque nunca han usado grandes ejércitos para estas faenas, ni osado cabalgar muy al sur, excepto una sola vez y los comandaba el mismísimo caudillo…

Tupidas regiones más al norte.

Bosque de las setas gigantes, un atajo casi invisible al ojo humano conduce a un pintoresco grupo de casuchas, unas muy cercas de las otras, suspendidas en el aire, pequeño poblado compuesto por unas veinte construcciones de doble piso, están construidas alrededor y entre las ramas de gruesos árboles, como aferrándose a ellos. Es uno de los tantos caseríos ocultos en los bosques de la demarcación, haciéndolos así inaccesibles a algunos predadores del bosque. Las cabañas, rústicas y burdas, se unen entre sí por unos cortos puentes colgantes de fibra, cuero y madera; por puertas cuelgan pieles o telas roídas por el tiempo y son el habitad de un puñado de cazadores y vendedores de pieles y granos silvestres que recolectan de los bosques; sus moradores suelen ser huraños y poco amigables, comercian con otras villas o reinados.

Largas cuerdas se balancean al compás del viento, infinidad de pieles de diversos especímenes están siendo curtidas, algunos de sus nativos están en plena faena, cae la tarde cuando en el apacible caserío, el alarido de una mujer estremece el bosque. De la tupida vegetación aparecen decenas de hombres dando gritos de guerra y portando enormes armas; uno de ellos, garrocha en mano, la avienta sobre la aterrada mujer, atravesándole el pecho; los demás atacan con furia incontrolable las maltrechas edificaciones y a sus despavoridos habitantes. Los forajidos trepan por los árboles ayudados con enormes garfios sujetos a gruesas y largas sogas, o escalan por las ramas con agilidad abrumadora. Poca es la contraofensiva de los oriundos quienes a pesar de oponer resistencia son masacrados en poco tiempo por el numeroso grupo de saqueadores. Algunos han escapado con vida pero son hechos prisioneros. El que inició el ataque ordena.

—Reúnan las pieles y lo que encuentren de valor.

—Los más fuertes serán ofrendados a los dioses, las jóvenes de rostros menos desagradables servirán de esclavas, los más débiles alimentarán a las bestias, Yuntar, que el fuego devore los restos de este humilde empalamiento.

Es Quonkor, el de poca vista, un fornido guerrero de rasgos feroces, la cabeza está cubierta por el cuero de una enorme garfoga manchada. El repugnante rostro se deja ver por entre las enormes fauces abiertas y sin vida del animal; al guerrero le falta un ojo y una gran cicatriz le cruza desde la frente hasta el mentón. Y sus rastreadores del desierto.

Semanas más tarde, en parajes más remotos del norte.

Dejaron leguas atrás a la saqueada lencería de cazadores y llegaron a un claro del bosque. Quonkor levanta la mano, hace un ademán y ordena detener la marcha, desmonta y observando le ordena a sus hombres que hagan los preparativos para acampar allí y pasar la noche. De cuando en cuando se escucha el graznido de un ave o el escurridizo andar de algún animal oculto a la vista, o moviéndose entre la maleza en busca de caza. Pronto el improvisado campamento estuvo listo. Quonkor dispuso de un par de hombres para que fueran en busca de alguna presa. Brotando de una hoguera danzaban llamas al compás de la brisa, varios prisioneros a escasos metros, yacían amordazados y fuertemente atados contra árboles cercanos; los del caserío que habían saqueado días atrás, se unían a otros que corrieron la misma suerte. Tiempo antes, las bestias de carga fueron liberadas de su pesada carga, algunos fardos de pieles y baratijas se amontonaban cerca de ellas. En el bosque de las setas gigantes la vida nocturna cobraba vida, desde el atardecer varios rastreadores se había separado del grupo; los dirigía Yuntar, joven y experimentado saqueador y se encaminaban hacia un pequeño poblado de agricultores a los que saqueaban salvajemente en algunas de sus excursiones por esos parajes. Eran la avanzada de los hombres de Quonkor y esperarían cerca del poblado a que el resto se les uniera y atacarían como otras veces. Debían verificar que no hubiese soldados o guerreros de otros reinos o imperios en el poblado, pues estos caseríos, a pesar de ser tierras libres, son visitados por pequeños ejércitos de tránsito que cuidaban de intereses, como el comercio o la compra de productos necesarios para sus reinos. Los rastreadores de Jakar, no estaban conformes con el botín y se adentrarían más en las tierras del sur, aunque Quonkor sabía que con tan pocos hombres y el lastre que llevaban, encontrarse cara a cara con las numerosas patrullas de los ejércitos de reinos sureños era peligroso...

A miles de leguas, al suroeste del desierto.

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