Linajes de poder

El ambiente en la mansión Moncada estaba cargado de tensión. La reunión había terminado, pero el eco de la decisión tomada aún resonaba en la cabeza de Tomás. Él no era un hombre que aceptara imposiciones fácilmente, y mucho menos cuando se trataba de su vida personal. Sin embargo, en ese momento, su vida no le pertenecía del todo.

Se sirvió un whisky y se dejó caer en el sofá de su despacho. La luz tenue de la lámpara proyectaba sombras sobre las paredes, reflejando el caos que se agitaba en su mente. Casarse con Valeria Becerra... Años atrás, habría sido impensable. Ahora, era su única opción.

-No pareces muy feliz con la noticia.

Tomás alzó la vista y encontró a su hermana, Camila, apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

-¿Debería estarlo? -respondió él con una mueca irónica.

Camila entró en la habitación y tomó asiento frente a él.

-No puedo creer que esto esté pasando. Tú y Valeria... es como unir fuego con gasolina.

Tomás soltó una risa seca.

-Exactamente.

Camila lo observó con seriedad.

-Papá no les dio opción, ¿verdad?

Él negó con la cabeza y bebió un sorbo de whisky.

-No. Y Valeria tampoco está muy contenta con esto.

-Eso es obvio -dijo Camila-. ¿Pero realmente crees que podrán hacerlo funcionar?

Tomás apoyó el vaso sobre la mesa y se encogió de hombros.

-No tenemos que hacerlo funcionar. Solo tenemos que aparentarlo.

Camila suspiró, sabiendo que su hermano no estaba dispuesto a mostrar vulnerabilidad, al menos no aún.

Mientras tanto, en la mansión Becerra, la situación no era diferente.

Valeria caminaba de un lado a otro en su habitación, sintiéndose como una prisionera. Su madre, Isabel Becerra, la observaba con una mezcla de frustración y resignación.

-Deja de dar vueltas, Valeria.

-¿Cómo puedes estar tan tranquila? -espetó ella-. Me están obligando a casarme con un Moncada. ¡Un maldito Moncada!

-Es la única forma de salvar la empresa.

-¿Y mi vida? ¿Qué pasa con lo que yo quiero?

Isabel suspiró.

-No siempre podemos elegir, hija. Yo tampoco elegí a tu padre.

Valeria se detuvo y la miró, sorprendida.

-¿Qué?

-Nuestro matrimonio también fue arreglado -dijo Isabel con voz serena-. No fue fácil, pero aprendimos a trabajar juntos.

-Yo no quiero aprender a trabajar con Tomás Moncada -murmuró Valeria, furiosa-. Quiero destruirlo.

-Pues ahora tendrás que hacer algo mejor -dijo su madre con una mirada calculadora-. Tendrás que aprender a controlarlo.

Valeria frunció el ceño.

-¿Qué estás diciendo?

Isabel se acercó y le tomó las manos.

-Si vas a casarte con él, asegúrate de que sea bajo tus condiciones.

Valeria sintió que la rabia dentro de ella se transformaba en algo más frío y calculador. Si el destino la obligaba a casarse con Tomás Moncada, entonces haría lo necesario para asegurarse de que él fuera quien terminara perdiendo.

Dos días después, la boda se anunció en todos los medios.

Las revistas y noticieros lo llamaban la unión del siglo, una alianza inesperada entre dos dinastías rivales. En la superficie, todo parecía perfecto: comunicados de prensa llenos de palabras ensayadas, imágenes de la pareja compartiendo sonrisas estudiadas y una historia de amor falsa que la gente estaba ansiosa por creer.

Pero en el fondo, Tomás y Valeria sabían la verdad.

Esto no era un matrimonio.

Era una guerra disfrazada de unión.

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