El día de la boda amaneció con un cielo sin nubes, como si hasta el clima se hubiese alineado para ser testigo de aquel pacto de conveniencia. La catedral, adornada con cientos de flores blancas y candelabros dorados, estaba repleta de la élite empresarial del país. Aquello no era una celebración, sino un espectáculo meticulosamente planeado para apaciguar a los accionistas y engañar a la opinión pública.
Valeria Becerra se observó en el espejo con el ceño fruncido. Su vestido era impecable, hecho a la medida, con encaje delicado que acentuaba su silueta. Su cabello estaba recogido en un moño pulcro, y su maquillaje era sutil pero impecable. Cualquier otra mujer se sentiría afortunada de estar en su lugar, a punto de casarse con Tomás Moncada, el soltero más codiciado del país. Pero ella no.
-Pareces a punto de ir a tu ejecución -comentó Camila Moncada, apoyada en el marco de la puerta.
-¿Y no lo es? -respondió Valeria sin apartar la vista del espejo.
Camila sonrió con ironía y entró en la habitación.
-No tienes idea de lo que te espera con Tomás.
-Créeme, Camila. Él tampoco sabe lo que le espera conmigo.
La hermana de Tomás soltó una pequeña carcajada.
-Eso lo hace aún más interesante.
La puerta se abrió de golpe, y su madre, Isabel Becerra, entró con expresión calculadora.
-Es hora.
Valeria inhaló hondo y tomó el ramo de flores blancas. No era una novia emocionada ni una mujer ilusionada. Era una estratega que estaba a punto de entrar en el juego más importante de su vida.
En el altar, Tomás Moncada la esperaba con el mismo aire de indiferencia con el que se enfrentaba a cualquier negocio. Vestía un traje negro impecable, su porte era elegante y su expresión inescrutable. Cuando Valeria avanzó por el pasillo, tomó nota de cada movimiento suyo, del modo en que sus labios apenas se curvaban en una sonrisa fingida, de la forma en que sus ojos parecían advertirle que no pensara en desafiarlo.
El sacerdote comenzó a hablar, pero ninguno de los dos escuchaba realmente.
-Pareces más tranquilo de lo que imaginé -susurró Valeria cuando estuvieron lo suficientemente cerca.
-Y tú más hermosa de lo que esperaba -respondió Tomás, con una sonrisa apenas perceptible.
Valeria entrecerró los ojos.
-No intentes halagarme.
-No lo hice. Fue solo una observación.
Las palabras continuaron hasta que llegó el momento clave.
-Tomás Moncada, ¿aceptas a Valeria Becerra como tu esposa, para amarla y respetarla hasta que la muerte los separe?
Un silencio denso se instaló en la catedral.
Tomás sostuvo la mirada de Valeria y, con voz firme, pronunció:
-Acepto.
El sacerdote repitió la pregunta, esta vez para Valeria.
Ella alzó el mentón y respondió con el mismo tono frío:
-Acepto.
El aplauso de los asistentes fue inmediato, los flashes de las cámaras iluminaron el recinto y las sonrisas de las familias sellaron el pacto. Pero dentro de ellos, ninguno celebraba.
El beso fue breve y apenas una formalidad. Cuando sus labios se rozaron, ambos sintieron lo mismo: una promesa silenciosa de guerra.
La recepción fue una demostración de opulencia. En el gran salón del hotel más prestigioso de la ciudad, los invitados bebían champán y se felicitaban mutuamente por la unión histórica. Tomás y Valeria posaban juntos para las fotos, sonriendo con la misma perfección calculada con la que jugaban sus respectivos papeles.
-Ya pueden relajarse -murmuró Samuel, el asistente de Tomás, acercándose a ellos-. Todo el mundo cree que son la pareja perfecta.
-Lo que el mundo crea no importa -respondió Valeria, tomando una copa de vino-. Lo que importa es quién gana esta partida.
Tomás la miró de reojo y sonrió con un desafío apenas contenido.
-Que gane el mejor.
Ambos sabían que el matrimonio era solo el principio. Lo difícil comenzaba ahora.





