Las cicatrices que ocultó al mundo

El silencio en el auto era más pesado que la tormenta afuera. El único sonido era el rítmico golpe-siseo de los limpiaparabrisas y el zumbido de las llantas sobre el asfalto mojado.

Cenit metió la mano en la pequeña consola refrigerada entre los asientos. Sacó una botella de agua Evian.

Se la tendió.

Alba miró la botella. Sentía la garganta como si estuviera forrada con papel de lija. Estaba deshidratada, mareada. Pero tomarla se sentía como aceptar un soborno.

-Tómala -dijo Cenit.

Ella no se movió.

Él suspiró, una exhalación aguda por la nariz. Se inclinó y le empujó la botella en la mano. Las yemas de sus dedos rozaron el dorso de la mano de ella.

Alba se estremeció violentamente. Fue una sacudida de cuerpo entero, como si él la hubiera quemado con un cigarrillo. Su mano tuvo un espasmo, y la pesada botella de vidrio se resbaló de su agarre, cayendo con un golpe sordo en el tapete del piso.

Cenit se congeló. Retiró su mano lentamente, sus ojos entrecerrándose.

-Me tienes miedo -afirmó. No era una pregunta.

Alba se apresuró a recoger la botella. Le temblaban las manos.

-No. Mis manos solo están... frías. Resbalosas.

Rompió el sello y tomó un sorbo. Quería bebérsela de un trago, pero se forzó a tomar tragos pequeños y medidos. No muestres hambre. No muestres sed. No muestres necesidad.

Cenit la observaba. Recordaba a una chica que solía hablar a mil por hora, que solía colgarse de su brazo y rogar por su atención. Esta mujer era un fantasma.

-Te dejaron salir antes -observó Cenit, su tono neutral, sondeando-. ¿Cuál fue la razón oficial?

Alba agarró la botella hasta que sus nudillos se pusieron blancos. No lo miró, su mirada fija en el agua que se movía dentro. Dio una pequeña, casi imperceptible sacudida de cabeza, como tratando de despejar un sonido que solo ella podía escuchar.

-No sé -murmuró, las palabras apenas audibles.

La palabra quedó flotando en el aire. No era una mentira, ni una respuesta sarcástica. Era un vacío. Una ausencia de información que se negaba a, o no podía, proporcionar.

Cenit notó algo en su muñeca. Su manga se había subido ligeramente cuando bebió. Había una marca allí. Un moretón oscuro y morado que rodeaba el hueso. Una marca de sujeción.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

-Déjame ver tu brazo.

Alba tiró de su manga hacia abajo, enterrando su mano en la tela.

-Brisa probablemente te está esperando. No deberías ser visto con la convicta. Es malo para el precio de las acciones.

Cenit sintió un destello de irritación. Ella estaba desviando el tema. Y tenía razón, pero odiaba que tuviera razón.

-Eres muy considerada de repente -dijo, su voz goteando sarcasmo.

Alba recargó la cabeza contra el asiento y cerró los ojos.

-Solo estoy cansada, Cenit. Déjalo ya.

El auto comenzó a disminuir la velocidad. Estaban entrando en la Finca Dillon.

Las puertas de hierro -más ornamentadas que las del campo, pero puertas al fin y al cabo- se abrieron. La casa principal se alzaba adelante, un monstruo georgiano de ladrillo y vidrio, resplandeciente de luces. Parecía la boca de una bestia esperando para tragársela entera.

El Rolls-Royce se deslizó hasta detenerse bajo el pórtico.

Alba abrió los ojos. A través del vidrio rayado por la lluvia, los vio.

Su madre. Su padre. Brisa.

Estaban de pie en el porche, enmarcados por el cálido resplandor de la entrada. Un retrato familiar perfecto.

El conductor abrió la puerta de Alba. El aire frío volvió a entrar de golpe.

Alba respiró hondo. Hora del show.

Sacó las piernas. Cuando su pie herido tocó el pavimento, su rodilla cedió. El dolor fue cegador. Se fue hacia adelante.

Cenit estaba allí. Había salido de su lado y dado la vuelta más rápido de lo que ella esperaba. La atrapó por el codo, su agarre firme.

-Te tengo -murmuró.

Alba reaccionó por instinto. Lo empujó lejos, fuerte.

-¡Suéltame!

El grito resonó bajo el arco de piedra.

Cenit tropezó un paso atrás, con las manos levantadas en señal de rendición. Su expresión se oscureció.

Alba se quedó de pie sobre una pierna, temblando, agarrando su bolsa de plástico. Lo miró, sus ojos muy abiertos con una especie de pánico salvaje. Entonces se dio cuenta de dónde estaba. Se dio cuenta de quién estaba mirando.

Enderezó la columna.

-Puedo caminar -dijo, su voz bajando a un susurro-. No necesito tu ayuda.

Se giró y cojeó hacia la puerta principal, arrastrando su pie hinchado. Cenit se quedó bajo la lluvia, mirando su espalda. Sacó su teléfono del bolsillo.

Escribió un mensaje a su jefe de seguridad: Consígueme su expediente del campo. El real. Esta noche.

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