En nuestro séptimo aniversario de bodas, Sofía me dejó plantado.
Llevaba horas esperándola en el restaurante más caro de Medellín, el que ella había elegido. Sobre la mesa, el regalo que le había comprado: un collar de esmeraldas, una pieza única.
Pero Sofía nunca llegó.
Mi teléfono vibró. Era una notificación de Instagram. Una de sus amigas había subido una historia: Sofía, con una sonrisa radiante, estaba en una comuna en las afueras de la ciudad. Detrás de ella, un joven pintaba un mural enorme en una pared desconchada.
El pie de foto decía: "Sofía apoyando el verdadero arte. Aquí con el talentoso Leo".
Apagué el teléfono y me quedé mirando el plato vacío frente a mí. El mesero se acercó varias veces, preguntando si todo estaba bien. Yo solo asentía.
Esa noche, cuando volví a nuestra casa de campo, el primer proyecto que diseñamos juntos, subí al desván. Allí, en las vigas de madera del techo, ella había escrito con tiza 99 promesas de amor el día que nos mudamos.
"Promesa #1: Nunca te dejaré solo en nuestro aniversario".
Tomé una lija y, con un movimiento lento y deliberado, borré sus palabras. El polvo de tiza cayó como nieve muerta.
Cuando la última promesa desapareciera, yo también lo haría.
Semanas después, una tormenta tropical azotó la región. Conducía de vuelta de una reunión cuando un ataque de asma me cerró el pecho. Me costaba respirar. Llamé a Sofía, mi voz era un silbido.
"Estoy... en la carretera a las afueras... no puedo respirar".
"Voy para allá, Iván. No te muevas", dijo ella, su voz sonaba preocupada.
Pero media hora después, me llamó de nuevo.
"Iván, lo siento. Leo me llamó, tiene un resfriado terrible y con esta humedad se siente peor. Le voy a llevar un inhalador, por si acaso. Ya llamé a una ambulancia para ti. Espérala".
La escuché colgar. La lluvia golpeaba el parabrisas. Me sentía solo, abandonado en una carretera inundada, mientras mi esposa iba a cuidar a un hombre con un simple resfriado.
Cuando finalmente llegué a casa, temblando de frío y con el miedo todavía en el cuerpo, subí al desván.
Busqué la promesa número 36: "Siempre cuidaré de ti cuando estés enfermo".
La lijé hasta que la madera quedó limpia.
El golpe más duro llegó un mes más tarde. Para complacer a Leo, quien despreciaba lo que él llamaba "arte burgués", Sofía descolgó el cuadro de Botero que colgaba en nuestro salón. Era nuestro regalo de bodas, una pieza invaluable que mi padre nos había dado.
En su lugar, colgó un lienzo en blanco que Leo había garabateado con spray y se lo había tirado a los pies.
"Esto es arte de verdad, Sofía. No la basura gorda y complaciente que tienes en tus paredes", le había dicho él.
Esa noche, el olor a disolvente llenaba la casa.
Subí las escaleras.
"Promesa #72: Valoraremos siempre lo que construimos juntos".
La borré con rabia.
La obsesión de Sofía por Leo comenzó en una galería. Él era uno de los artistas emergentes. Ella intentó comprar toda su colección.
"Mi arte no es un juguete para ricos", le dijo él, mirándola con desprecio.
Esa frase, ese rechazo, fue lo que encendió la llama. Sofía, acostumbrada a tener todo lo que quería, no podía soportar que alguien la desafiara.
Comenzó a perseguirlo, a buscarlo en los barrios pobres, a aparecer en los lugares que él frecuentaba. Se olvidó de mí, del hombre por el que una vez, en la universidad, había luchado por conquistar.
Una noche, en una subasta benéfica, vi un objeto que me heló la sangre: el reloj de bolsillo de oro de mi abuelo. Era la única herencia que me quedaba de él, un maestro relojero. Lo había perdido hacía años.
"Sofía, tenemos que recuperarlo", le supliqué.
Ella asintió, distraída. Pero entonces vio a Leo, trabajando como mesero en el evento. Sus ojos se iluminaron.
Cuando comenzó la puja por el reloj, Leo lo miró con un anhelo evidente. Sofía vio su mirada. En un acto de pura ostentación, empezó a pujar, subiendo la oferta a una suma astronómica, hasta que ganó.
Todos aplaudieron. Ella tomó el reloj y, delante de toda la élite de Medellín, se acercó a Leo.
"Es para ti", le dijo.
Leo la miró con desdén. "Ya te lo dije, no me interesa tu dinero ni ser tu capricho".
Se dio la vuelta y se fue.
Sofía, en lugar de enojarse, sonrió y lo siguió hasta la terraza, con vistas al río Medellín. Yo los seguí, con el corazón en un puño.
"No te gusta, ¿eh?", le susurró ella a Leo, que seguía dándole la espalda. "No importa. Te conseguiré otro".
Y con un gesto casual, lanzó el reloj de oro al río oscuro.
No lo pensé. Salté la barandilla y me sumergí en las aguas frías y peligrosas. Recordé la noche en que Sofía me propuso matrimonio en esa misma terraza, prometiéndome el mundo. Ahora, había tirado mi único vínculo con mi pasado al agua.
Pasé horas buscando, hasta que mis dedos rozaron el metal frío. Lo encontré.
Al volver a casa, empapado y temblando, vi las redes sociales. Todos comentaban la nueva obsesión de Sofía.
Subí al desván. Esta vez, no usé la lija. Encendí un pequeño soplete y quemé la promesa número 95: "Protegeré tus recuerdos como si fueran los míos".
La madera se ennegreció. Solo quedaban cuatro.
Cuando Sofía llegó a casa, me encontró sentado en el salón. Su mirada era fría.
"Necesito que te lastimes", me dijo, sin rodeos.
La miré, sin entender.
"Leo está buscando trabajo como cuidador. Si te rompes una pierna, tendré la excusa perfecta para traerlo a vivir con nosotros".
Antes de que pudiera reaccionar, me empujó con fuerza. Caí por las escaleras de mármol y todo se volvió negro.





