"Ya que insistes en actuar como un extraño," dijo mi padre, con una calma aterradora, "te ganarás el dinero como un extraño."
Me miró de arriba abajo, su desdén era un peso físico.
"Te doy una semana. Trabajarás como jornalero en el pueblo. Aprenderás el valor del trabajo duro y dejarás de llorar como una mujer."
Era su última prueba. La prueba definitiva para humillarme.
Doña Isabel asintió, su rostro era una máscara de aprobación.
"Es por tu bien, Mateo. Ricardo se ha hecho un hombre a base de esfuerzo. Tú también puedes."
Ricardo bajó la cabeza, fingiendo modestia.
"Yo solo seguí su ejemplo, Doña Isabel. Mateo es fuerte, lo logrará."
Fuerte. La palabra era un chiste amargo. Me consideraban débil por sentir, por llorar la muerte de mi hermano.
"De acuerdo," dije. Mi voz sonó hueca, extraña a mis propios oídos.
No había nada más que decir. Discutir era inútil. Eran un muro de piedra y tradición.
Salí de la habitación, dejando atrás el cuerpo de Leo y la frialdad de mi familia.
Caminé por los pasillos de la hacienda, los retratos de mis antepasados me miraban desde las paredes. Sus susurros me seguían.
"Huye."
"No hay nada para ti aquí."
"Solo dolor."
Ignoré las voces. Mi único pensamiento era Leo. Se merecía más que un hoyo en la tierra polvorienta de la hacienda. Se merecía paz, lejos de la opresión que lo había matado.
Llegué a mi habitación y cerré la puerta. Intenté usar mi teléfono para llamar a un amigo en la ciudad, para pedir ayuda.
No había señal.
Miré por la ventana. Uno de los hombres de mi padre estaba junto al poste telefónico, cortando los cables con unos alicates.
Me habían aislado por completo.
Me senté en la cama, derrotado. El silencio en la habitación era pesado, lleno de la ausencia de Leo.
Un golpe suave en la puerta me sobresaltó.
Era Ricardo.
"Mateo," dijo, entrando sin esperar respuesta. "Sé que esto es difícil. Pero tu padre te quiere. Solo está tratando de endurecerte."
"No necesito que me endurezcan," respondí, sin mirarlo. "Necesito enterrar a mi hermano."
Ricardo suspiró, un sonido lleno de falsa compasión.
"Escucha, si necesitas algo, cualquier cosa, dímelo. Somos como hermanos, ¿no?"
Lo miré a los ojos. Vi la mentira, la ambición fría y calculadora.
Él no era mi hermano. Era mi reemplazo.





