La Venganza de una Dama

El olor a tierra mojada y el aire frío se colaban por la rendija de la ventana. La lluvia había sido torrencial, una de esas tormentas de verano que aparecen sin avisar y lo inundan todo. Mi bolso de piel, el favorito que Mateo me había regalado en nuestro aniversario, se había empapado por completo mientras corría del coche a la oficina. Ahora, todo su contenido estaba húmedo y arruinado.

Saqué mi cartera, los billetes pegados unos a otros. Luego, mi libreta de notas, con la tinta corrida y las páginas onduladas. Al fondo, encontré lo que más me preocupaba: el sobre de papel manila donde guardaba nuestros documentos importantes. Lo abrí con cuidado. El acta de nacimiento de Mateo estaba manchada y mi pasaporte parecía un acordeón, pero lo peor era nuestra acta de matrimonio. El papel oficial, con sus sellos y firmas, se había convertido en una masa blanda y casi ilegible. Un suspiro de frustración se me escapó. Tendría que ir al registro civil a solicitar una copia certificada.

Al día siguiente, aproveché mi hora de comida para escaparme a las oficinas del gobierno. El lugar estaba lleno, como siempre, con un murmullo constante de gente y el golpeteo de los sellos sobre el papel. Después de una larga espera, finalmente llegó mi turno.

"Buenas tardes," dije, acercándome a la ventanilla. "Necesito una copia certificada de un acta de matrimonio."

La empleada, una mujer de mediana edad con gafas y una expresión de aburrimiento perpetuo, apenas me miró. "Nombres completos y fecha del enlace, por favor."

"Sofía Reyes y Mateo Valdivia," respondí con una sonrisa, sintiendo ese pequeño calor en el pecho que siempre aparecía al decir su nombre. "Nos casamos el quince de mayo de hace tres años."

La mujer tecleó la información en su computadora. Su ceño se frunció ligeramente. Volvió a teclear, más despacio esta vez. El silencio se alargó, y mi sonrisa empezó a desvanecerse.

"¿Pasa algo?" pregunté, con un nudo formándose en mi estómago.

La mujer levantó la vista por primera vez, sus ojos fijos en los míos. "Señorita Reyes, aquí no hay ningún registro de matrimonio a su nombre."

Me quedé helada. "¿Cómo? Eso es imposible. Revise de nuevo, por favor. Sofía Reyes y Mateo Valdivia."

Volvió a mirar su pantalla. "No hay nada. Usted, según el sistema, es soltera."

Sentí que el aire me faltaba. Esto tenía que ser un error, una falla del sistema, cualquier cosa. "No, no, no. Estamos casados. Tuvimos una boda, una fiesta… Tengo fotos, tengo el acta original, aunque esté dañada." Mi voz temblaba.

La mujer suspiró, un gesto de fastidio. "Mire, señorita, el sistema es el que es. Aquí no aparece." Hizo una pausa y luego tecleó algo más. "El señor Mateo Valdivia sí aparece en el registro."

Un alivio momentáneo me recorrió, pero duró apenas un segundo. La expresión de la mujer se volvió extraña, una mezcla de lástima y confusión.

"¿Y bien?" la apuré.

Ella tragó saliva antes de hablar. "El señor Mateo Valdivia está legalmente casado, sí. Pero no con usted."

El mundo se detuvo. Las voces a mi alrededor se convirtieron en un zumbido lejano. "¿Qué… qué dijo?"

"Está casado con la señora Isabella Torres. El matrimonio se registró hace dos años."

Isabella. El nombre resonó en mi cabeza como un eco vacío. Isabella, la asistente personal de Mateo. La mujer que él me había presentado como una "sustituta" temporal mientras yo estuve fuera del país cuidando a mi madre enferma durante seis meses. "Es solo para que me ayude con la agenda, mi amor, no quiero molestarte con mis cosas del trabajo mientras estás allá," me había dicho. Confié en él. Ciegamente.

La empleada me miraba con pena. "Señorita, ¿se siente bien?"

No podía responder. Mi mente era un torbellino de imágenes: nuestra boda en el jardín, Mateo mirándome con esos ojos que juraban amor eterno, el beso que selló nuestra unión. ¿Todo había sido una mentira? ¿Esa acta que guardaba con tanto cariño era falsa?

Mi celular vibró en mi bolsillo. Lo saqué con manos temblorosas. Un mensaje de Mateo.

"Mi reina, ya casi salgo de la junta. ¿Qué quieres cenar esta noche? Muero por llegar a casa y abrazarte. Te amo más que a nada en este mundo."

Las lágrimas quemaron mis ojos. El cinismo de sus palabras era una bofetada. ¿Cómo podía escribirme eso mientras estaba legalmente atado a otra mujer? ¿Mientras yo vivía en una farsa que él había construido con tanto cuidado?

Recordé cada momento juntos. Los viajes, las risas, las promesas susurradas en la oscuridad. Recordé cuando lo conocí, éramos apenas unos niños. Nuestro amor había crecido con nosotros, o eso creía yo. Era mi vida entera.

También recordé otras cosas. Pequeñas mentiras, excusas extrañas. Una vez, hace un año, encontré un recibo de una joyería por un collar que nunca recibí. Cuando lo confronté, se puso pálido, pero rápidamente inventó una historia. "Era para mi mamá, mi amor, quería darle una sorpresa." Le creí. Siempre le creía. Me abrazó fuerte y me dijo que yo era la única, que nunca dudara de su amor. Y yo, como una tonta, me dejé llevar por sus palabras.

Salí del registro civil como una autómata. No sé cómo llegué a mi coche. Me senté frente al volante, mirando al vacío. La verdad era tan monstruosa que no podía procesarla. Necesitaba pruebas, necesitaba entender.

Conduje sin rumbo hasta que me encontré cerca de la oficina de Mateo. Me estacioné en la calle de enfrente, oculta detrás de un camión. Esperé. Una hora después, lo vi salir. No iba solo. A su lado, riendo, caminaba Isabella. Mi corazón se partió en mil pedazos. Pero lo peor estaba por venir.

Vi a su mejor amigo, Luis, acercarse a ellos. Los tres se detuvieron a charlar. Me encogí en mi asiento, tratando de escuchar. La distancia era demasiada, pero entonces Mateo levantó la voz, riendo a carcajadas.

"¡Claro que Sofía no sabe nada, güey!" dijo, y su risa resonó en la calle. "Ella cree que es la señora Valdivia. Piensa que el papelito que le di es real."

Luis pareció decir algo en voz baja, con un gesto de preocupación.

Mateo le puso una mano en el hombro, su tono volviéndose más serio, más cruel. "Isabella es solo un seguro, una pieza en el tablero. La necesito para los negocios, para las apariencias. Pero Sofía… Sofía es el amor de mi vida. Es mía. Y nunca la voy a dejar, aunque ella no sea la esposa legal. Ella es la verdadera, la única que importa."

Luego miró a Isabella, que tenía una sonrisa complaciente en el rostro. "Tú entiendes tu lugar, ¿verdad, bonita?"

Isabella asintió, como un perrito faldero.

Sentí que el vómito me subía por la garganta. No era solo una traición. Era una humillación. Me había reducido a un objeto, a una posesión que podía mantener engañada mientras se beneficiaba de otra relación. No era la esposa, era la amante en mi propia casa, en mi propia vida.

Una rabia fría y cortante reemplazó el dolor. La Sofía dulce y confiada murió en ese coche. En su lugar, nació algo nuevo. Algo oscuro y decidido.

No lloré. Me sequé las lágrimas que no sabía que habían caído. Arranqué el coche. Ya no iba a huir. Ya no iba a llorar por él.

Iba a desaparecer. Y luego, iba a volver. Iba a quitarle todo. Su fortuna, su reputación, su nueva "familia" . Iba a dejarlo tan solo y miserable como me sentía yo en ese momento. La venganza sería mi único propósito.

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