Apenas llegué a mi departamento, el que absurdamente llamaba "nuestro hogar" , me dirigí directamente a la computadora. Mis dedos volaban sobre el teclado, firmes y decididos. Busqué agencias especializadas en borrado de identidad, servicios en la red oscura que prometían hacer desaparecer a una persona del sistema por el precio adecuado. No me importaba el costo. Era el primer paso. Pagué con una tarjeta de crédito anónima que había sacado para emergencias y envié la documentación requerida. El proceso tardaría unos días, pero ya estaba en marcha. Sofía Reyes pronto dejaría de existir.
Justo cuando cerraba la laptop, escuché la llave en la cerradura. Era Mateo. Mi corazón dio un vuelco, pero forcé a mi cuerpo a relajarse. Me levanté y fui a recibirlo con una sonrisa practicada.
"Hola, mi amor. Qué bueno que llegaste," dije, dándole un beso en la mejilla. El contacto de su piel me dio asco, pero no lo demostré.
Él me rodeó con sus brazos, apretándome contra su cuerpo. "Hola, reina. Te extrañé todo el día." Su voz era un murmullo cálido y falso en mi oído. "¿Cómo te fue? ¿Resolviste lo de tus documentos?"
"Sí, todo bien. Solo un trámite aburrido," mentí, mi voz sonando sorprendentemente normal. "Ya pedí la copia."
"Qué bueno, mi vida." Se apartó un poco para mirarme, sus ojos recorriendo mi rostro con esa intensidad que antes me derretía y ahora me helaba la sangre. "Estás un poco pálida. ¿Te sientes bien?"
"Solo estoy cansada," respondí, apartándome suavemente. "Fue un día largo."
Mateo no insistió. Se quitó el saco y lo dejó sobre el sofá, un gesto tan cotidiano que me revolvió el estómago. "Voy a darme una ducha rápida. ¿Por qué no pides esa pizza que tanto te gusta? Yo invito." Me guiñó un ojo, el perfecto esposo devoto.
Asentí y tomé mi teléfono. Mientras fingía buscar el número de la pizzería, él se metió al baño. Unos minutos después, mientras el agua de la regadera corre, su teléfono, que había dejado en la mesita de centro, vibró. Era una llamada. En la pantalla brillaba el nombre "Isabella" . Mi respiración se atoró.
El agua se detuvo abruptamente. Mateo salió del baño con una toalla alrededor de la cintura, secándose el pelo con otra. Vio su teléfono y su expresión cambió. Un destello de pánico cruzó sus ojos antes de que lograra controlarse.
"Rayos, es de la oficina," dijo, con una naturalidad ensayada. "Una emergencia con un cliente. Tengo que ir, mi amor. No tardo, te lo juro."
No me dio tiempo de responder. Se vistió a toda prisa, se puso los zapatos, tomó sus llaves y el teléfono y me dio un beso apresurado en la frente. "Pide la pizza de todos modos. Llego en menos de una hora."
Y se fue.
La puerta se cerró detrás de él, y el silencio de la casa se sintió pesado y sofocante. Sabía que no iba a la oficina. Sabía a dónde iba.
Sin pensarlo dos veces, tomé las llaves de mi auto y salí tras él. Mantuve una distancia prudente, mis manos apretando el volante con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. No condujo hacia el distrito financiero, donde estaban sus oficinas. Tomó el camino hacia el sur, hacia una zona residencial que yo no conocía.
Se detuvo frente a una casa moderna y elegante, con un jardín perfectamente cuidado. Las luces del interior estaban encendidas. Esperé, con el motor apagado y el corazón martillándome en el pecho. Un minuto después, la puerta de la casa se abrió y apareció Isabella. No parecía estar en medio de una crisis laboral. Llevaba un vestido de seda y una copa de vino en la mano.
Mateo se bajó del coche y corrió hacia ella. La abrazó con una urgencia que nunca me había demostrado a mí. Vi cómo le decía algo al oído, su rostro lleno de una preocupación que me pareció grotesca. Ella le acarició la mejilla y lo guio hacia adentro.
Me quedé ahí, en la oscuridad de mi coche, sintiéndome como una espectadora de mi propia tragedia. ¿Esta era su otra vida? ¿La casa que compartía con su verdadera esposa?
El dolor era físico. Una presión en el pecho que me dificultaba respirar. Pero la rabia era más fuerte. Me obligó a quedarme, a mirar, a absorber cada detalle de mi humillación.
Pasaron unos veinte minutos. La puerta principal se abrió de nuevo. Salieron los dos, junto con una pareja mayor que supuse eran los padres de Isabella. Se reían, charlaban animadamente. El padre de Isabella le dio una palmada en la espalda a Mateo.
Y entonces escuché las palabras que terminaron de romperme.
Un vecino que pasaba paseando a su perro los saludó. "¡Qué tal, Mateo! ¡Qué gusto verlos!"
Mateo sonrió, pasando un brazo por los hombros de Isabella. "¡Igualmente, Carlos! Aquí, disfrutando la noche con mi esposa y mis suegros."
Mi esposa.
La palabra resonó en el aire nocturno y se clavó en mi alma. Él la llamó "mi esposa" frente a todos, con una naturalidad escalofriante. Yo no era nada. Era un fantasma, una mentira. Toda nuestra vida juntos se desvaneció en ese instante.
Me recargué en el asiento, cerrando los ojos. Ya no había dolor, solo un vacío inmenso y frío. Y en ese vacío, una sola idea tomó forma, clara y afilada.
Iba a destruir a Mateo Valdivia. Iba a hacer que se arrepintiera no solo de haberme mentido, sino de haber nacido. Y disfrutaría cada segundo de ello.





