La música de la Feria del Caballo se colaba por las ventanas abiertas de la finca, un eco lejano y alegre de un mundo que ya no era el mío. Mateo me arrastró por el pasillo, sus dedos se clavaban en mi brazo.
"¡Me has humillado!", gritaba, su aliento olía a vino fino y a rabia.
"Mateo, por favor, no sé de qué hablas", supliqué, intentando seguirle el paso sin tropezar. Mi vientre de cinco meses me desequilibraba.
"¡Lucía! ¡Casi se muere de un ataque de pánico por tu culpa! ¡La dejaste sola en la caseta a propósito, por tus celos de niña estúpida!"
Me empujó dentro de la bodega más vieja, la que olía a tierra húmeda y a vino rancio. El aire era frío y denso. En el centro había un enorme arcón de roble, oscuro y pesado, lleno de mantones de manila de sus antepasadas.
"No, yo nunca haría eso, Lucía se sintió mal y yo fui a buscar ayuda..."
"¡Cállate!", me interrumpió, abriendo la tapa del arcón con un chirrido quejumbroso. "Vas a aprender lo que es el miedo de verdad. Vas a sentir en tu piel el miedo que ha pasado Lucía, pero el doble".
Me arrojó dentro sin ninguna delicadeza. El olor a naftalina y a seda vieja me llenó los pulmones.
"¡Mateo, no! ¡Por favor, el bebé!", grité, pero mi voz se ahogó cuando la pesada tapa de roble cayó sobre mí, sumergiéndome en una oscuridad total y absoluta.
Escuché el sonido metálico de un candado al cerrarse.
Luego, sus pasos alejándose. Y el silencio.
Pasaron horas, o quizás minutos. El tiempo no existía en esa caja de madera. Morí allí dentro, de miedo y por falta de aire, con mi hijo sin nacer acurrucado en mi vientre inmóvil.
Mi espíritu, o lo que quedaba de mí, se elevó del arcón. Floté en la penumbra de la bodega y lo vi. Vi a Mateo en el salón principal, abrazando a Lucía.
Ella lloraba débilmente contra su pecho.
"Ya está, mi vida, ya pasó. Está todo bien", le susurraba él, acariciándole el pelo.
"Esa mujer... es un monstruo, Mateo. Tuvo que ser horrible para ti".
"No te preocupes por ella", dijo él con frialdad. "La he puesto en su sitio. Está reflexionando en la bodega. Cuando se canse de su pataleta, saldrá para pedirte perdón de rodillas".
Yo, el alma en pena de Isabela, observaba impotente. Esperaba que yo saliera. Esperaba que yo le pidiera perdón.





