Los días se convirtieron en una mancha borrosa. El sol salía y se ponía fuera de las gruesas paredes de la bodega, pero dentro, todo seguía igual. Salvo por el olor.
Un olor nauseabundo empezó a filtrarse desde el arcón. Era dulce y pesado, un hedor que se pegaba a la garganta.
El capataz, un hombre mayor llamado Javier que había servido a la familia de Mateo toda su vida, fue el primero en notarlo. Entró en la bodega, arrugó la nariz y se acercó a Mateo, que cataba una nueva añada en el despacho.
"Señorito Mateo, hay un olor muy extraño en la bodega vieja. Un olor a... a podrido".
Mateo ni siquiera levantó la vista de su copa.
"Será alguna rata muerta. Encárgate tú".
"No, señorito, no es olor de rata. Es... más fuerte".
Mateo dejó la copa en la mesa con un golpe seco.
"¿Y qué quieres que haga yo? ¿Crees que me voy a poner a buscar animales muertos? Isabela sigue con su rabieta ahí dentro. Es tan capaz de vivir entre su propia suciedad con tal de llamar la atención. Déjala. Ya saldrá".
Lucía, sentada en un sillón cercano, suspiró con dramatismo.
"Pobre Isabela, no sabe cómo gestionar sus emociones. Tienes que ser paciente con ella, Mateo".
Él la miró y su rostro se suavizó.
"Tú siempre tan buena, mi vida. Demasiado buena para este mundo".
Desde mi rincón etéreo, la ira me quemaba. Floté de vuelta al arcón, al origen de ese olor, y recordé.
Recordé la lucha.
Mis manos arañando la madera hasta que mis uñas se rompieron y sangraron. Mis gritos, ahogados por el roble macizo, convirtiéndose en susurros roncos.
"Mateo, por favor, sácame. El bebé... nuestro bebé no respira bien", jadeé contra la madera, sintiendo las pataditas cada vez más débiles de mi hijo.
Recordé su voz, lejana, al otro lado de la puerta de la bodega, horas después.
"¿Ya has aprendido, Isabela? ¿Estás lista para pedir perdón?"
"Sí, sí, perdón, por favor, pero sácame, el aire...", supliqué con mi último aliento.
Pero él solo se rio. Una risa fría y cruel.
"No te oigo muy arrepentida. Quédate ahí un poco más".
Y se fue.
Ahora, en el presente, oí a Mateo decirle a Javier con un tono casual y aburrido:
"Está bien, ve y abre el maldito arcón. Dile a mi mujer que su jueguecito ha terminado. Que venga a cenar".
Lucía añadió con una voz falsamente preocupada:
"Ten cuidado, Javier. Quizás esté muy alterada".
Recordé la Feria. Recordé a Lucía agarrándose el pecho en medio de la caseta abarrotada, sus ojos buscando a Mateo entre la multitud. Yo estaba a su lado, intentando calmarla.
"Respira, Lucía, respira. Voy a por un vaso de agua".
Cuando me di la vuelta, ella ya tenía el teléfono en la mano. La vi marcar el número de Mateo. Su rostro se transformó en una máscara de pánico.
"¡Mateo!", gritó al teléfono, asegurándose de que varias personas la oyeran. "¡Ayúdame! ¡Isabela... me ha abandonado! ¡Me ha dicho que era una exagerada y se ha ido, me ha dejado aquí sola a propósito!"
Una mentira perfecta. Una actuación impecable. Y Mateo, ciego de orgullo, se la creyó.





