El olor a trementina y a soledad llenaba el sótano.
Durante cinco años, este taller improvisado en la mansión de Alejandro había sido mi mundo y mi prisión.
Terminé la última pincelada en el lienzo, un paisaje vibrante que no sentía mío. Mis manos dolían, mi alma estaba vacía.
Esta pintura, como todas las demás, llevaría la firma de Isabella, la aclamada artista, la esposa de Alejandro.
Cada obra que ella vendía en una galería de lujo era un trozo de mi vida que se aplaudía con el nombre de otra.
La puerta del sótano se abrió con un chirrido. Era Alejandro.
Su traje caro parecía fuera de lugar en mi desordenado taller. Me miró con la misma frialdad de siempre, sus ojos sin ver a la mujer, solo a la herramienta.
"¿Ya está terminado?"
Su voz era un mandato, no una pregunta.
Asentí en silencio, sin levantar la vista del cuadro.
"Isabella lo necesita para la exposición de la próxima semana. El dinero se transferirá a la cuenta del hospital mañana."
Mi hermano. Luis.
La única razón por la que soportaba este infierno. Su tratamiento médico, carísimo y experimental, dependía de mis manos.
Alejandro se acercó al lienzo, inspeccionándolo.
"Buen trabajo. Casi tan bueno como el de Isabella."
Esa mentira, la mentira que lo cegaba, era la base de mi cautiverio. Él creía que yo, en la escuela de arte, había plagiado a Isabella, arruinando su "incipiente" carrera.
La verdad era al revés. Isabella, consumida por los celos, me robó un portafolio entero y me incriminó para ganar un premio.
Ahora, este era mi castigo. Mi retribución. Ser su esclava, su artista fantasma.
"Alejandro," dije en voz baja, reuniendo el poco valor que me quedaba. "Necesito hablar contigo."
Él ni siquiera se giró.
"Estoy ocupado, Sofía. Solo pinta."
"Es sobre Luis. Su estado..."
"El dinero estará allí," me interrumpió, cortante. "Ese es nuestro acuerdo. Tú produces, yo pago. No hay nada más que hablar."
Se dio la vuelta para irse.
"Yo te admiraba," solté, las palabras saliendo antes de poder detenerlas. "Antes de todo esto. En la escuela, yo admiraba tu visión del arte."
Se detuvo en la puerta, dándome la espalda.
Por un segundo, creí ver un atisbo de duda en su postura.
"La gente que admiras a veces te decepciona," dijo, su voz extrañamente hueca. "Tú me decepcionaste a mí, Sofía. Decepcionaste el talento de mi esposa."
Luego se fue, cerrando la puerta y dejándome de nuevo en la penumbra, con el olor a pintura y a una injusticia que ya se había vuelto mi aire.





