La sed de Dominar El Destino

Al día siguiente, Isabel me llamó.

Su voz sonaba melosa y conspiradora al otro lado del teléfono.

"Carmen, querida, te vi tan aburrida ayer."

No supe qué responder.

"Tengo algo que podría interesarte," continuó, "una forma de experimentar la verdadera pasión de Andalucía, la más salvaje."

Sentí un escalofrío.

"Ven a mi plaza de toros privada esta tarde. Verás a los toreros entrenar. Es... vigorizante."

La invitación era extraña. Una plaza de toros privada. ¿Para qué querría una mujer como ella algo así? Pero la alternativa era volver a mi jaula dorada, a contar las horas hasta que Hernando se fuera a dormir.

La curiosidad me pudo.

"Estaré allí," dije, con la boca seca.

La plaza de toros de Isabel no estaba lejos de nuestra hacienda. Era un lugar impresionante, rodeado de naranjos, con gradas de piedra blanca y una arena perfectamente rastrillada.

Pero lo que vi en esa arena me dejó sin aliento.

No había toros.

Había varias mujeres, esposas de los amigos de Hernando, vestidas con mallas ajustadas y reveladoras. Estaban montadas en caballos, pero no de la forma habitual.

Se sentaban en unas sillas de montar especiales, de cuero oscuro, y eran guiadas lentamente por toreros jóvenes y musculosos.

Los rostros de las mujeres estaban contraídos en una mezcla de placer y agonía. Sus cuerpos se movían al ritmo del paso del caballo, temblando de una forma que no era natural.

Isabel apareció a mi lado, vestida de la misma manera.

"¿Qué es esto?" susurré, horrorizada y fascinada.

"Terapia ecuestre, querida," dijo con una sonrisa. "Las vibraciones del caballo, la silla especial... hace maravillas para la tensión."

Señaló la silla de montar de uno de los caballos. Vi un pequeño cable discreto que desaparecía bajo el cuero. Un mecanismo oculto.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. El calor que sentí en la habitación secreta de Isabel volvió, más intenso.

"¿Quieres probar?" preguntó, sus ojos brillando.

Me llevó a un vestuario. Sobre un banco había un conjunto idéntico al que llevaban las otras: unas mallas negras tan finas que parecían una segunda piel y un top a juego.

Dudé solo un segundo. La imagen de las noches vacías con Hernando cruzó mi mente.

Me cambié.

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