La Rosa Blanca

Subimos corriendo las escaleras y salimos del calabozo lo más rápido y

silenciosamente posible.

Los pasillos están vacíos. Ash mantiene un brazo alrededor de sus costillas,

aferrándose a su costado izquierdo. Su mano libre sujeta la mía.

–¿Estás bien? –me pregunta, señalando con la cabeza mi camisón. La sangre de

Annabelle ya casi se ha secado. Mancha mis rodillas y mis piernas. Un nudo se

inflama en mi garganta.

–No es mía –susurro.

Los ojos de Ash se abren de par en par.

–Quién…

Muevo la cabeza de un lado a otro con firmeza. No puedo hablar sobre eso

ahora mismo.

Pasamos el comedor y salimos al paseo de vidrio que conecta con el ala este,

donde está la habitación de Ash. Es como si la noche estuviera repitiéndose en

reversa. Pero Ash está conmigo ahora. Aprieto su mano para recordarlo.

–¿Cuál es su historia? –musita en mi oído, con los ojos enfocados en Garnet.

Me encojo de hombros.

–Su historia es que está intentando sacarlos a ustedes dos de aquí sin que

terminen muertos –responde Garnet–. Así que cállense y manténgase cerca.

–¿A dónde vamos? –pregunto.

–Necesitamos transporte –dice Garnet.

–Cierto. Entonces, ¿cuál es el plan?

–¿Hablas en serio, Violet? –replica, deteniéndose un momento–. ¿Acaso parece

que estoy siguiendo instrucciones de un manual? Estoy improvisando a medida

que avanzamos. Si tienes una idea mejor…

–No, no –digo con rapidez–. Lo que sea que consideres que es lo mejor.

–Sabe tu nombre –murmura Ash, mientras continuamos caminando por el pasillo.

–Lucien –digo. Ash masculla algo que no logro oír.

Dejamos atrás el sector donde vivía Ash, doblamos a la izquierda, a la derecha,

a la izquierda de nuevo y nos adentramos en el ala este más de lo que nunca lo he hecho.

–¿Cómo conoces tan bien el ala de los sirvientes? –le pregunta Ash a Garnet.

Garnet alza una ceja y me dispara una sonrisa lasciva.

–Apenas la conozco.

Hago una mueca, pensando en todas las ayudantes de cocina que Garnet debe

haber acechado, pero Ash ni se inmuta.

–No es cierto –dice.

Garnet resopla.

–¿Y cómo lo sabrías?

–Lo sabría –replica Ash–. Y lo sé.

La boca de Garnet se transforma en una mueca al llegar a la puerta que se

encuentra al final del pasillo. Se quita el abrigo del uniforme de soldado y me lo

lanza.

–Necesitarás esto –dice. Me lo pongo. Las mangas cuelgan a varios centímetros

de mis dedos e, inexplicablemente, recuerdo la bata de mi madre y lo enorme

que era cuando solía ponérmela en mi casa en el Pantano; cuando lo más

aterrador que podía imaginar era dejar mi hogar para ir al centro de retención

de la puerta Sur.

Garnet abre la puerta y el viento gélido me azota. Mis dientes castañetean antes de salir al exterior. Me muevo para ofrecerle el abrigo a Ash, dado que ni

siquiera tiene una camiseta puesta, pero él sostiene con fuerza la prenda a mi

alrededor. El césped cubierto de hielo cruje bajo mis pies descalzos, y los dedos

se me entumecen en cuestión de segundos. La noche se ha nublado; no hay luna

ni estrellas para alumbrar nuestro camino, pero Garnet está seguro de qué

dirección tomar. Una silueta negra, una estructura baja y cuadrada, aparece en

la oscuridad. Cuando llegamos a ella, oigo que Garnet busca algo a tientas con

el llavero.

Una cerradura hace click, y pasamos del gélido aire nocturno a un lugar

silencioso y frío.

La puerta se cierra a mis espaldas y una luz se enciende. Una fila de

automóviles resplandecientes se extiende a lo largo de un espacio cavernoso. Veo

el vehículo blanco que nos llevó a la Duquesa y a mí al funeral de Dhalia en el

palacio del Exetor, y el automóvil negro que me llevó a todos los bailes, pero

hay uno rojo brillante, uno plateado, y también uno azul pálido y amarillo limón.

Garnet se dirige directamente hacia el automóvil rojo y abre el maletero.

–Entra –indica.

Nunca imaginé que estaría dispuesta, ni deseosa, a meterme dentro de la

cajuela de un vehículo.

–¿No crees que alguien lo notará si un automóvil desaparece? –susurra Ash

mientras sube junto a mí. Me desplazo hacia atrás para hacerle lugar.

Garnet sonríe.

–Este vehículo es mío. No será la primera vez que lo haya sacado a dar un

paseo nocturno.

Luego cierra el maletero de un golpe.

El pánico se apodera de mí con una ferocidad que me deja sin aliento. La

oscuridad es demasiado cercana, demasiado asfixiante. Golpeo la parte superior

del maletero con las palmas hasta que las manos frías de Ash encuentran mi rostro.

–Tranquila, Violet –susurra–. Respira.

Mis pulmones se expanden y el peso de toda la situación me abruma. Un

torrente de lágrimas brota de mi interior cuando hundo mi rostro en su pecho.

El vehículo se enciende, una vibración baja recorre mi cuerpo. Oigo el sonido amortiguado que hace la puerta de la cochera al abrirse y cerrarse, y luego caigo

sobre Ash cuando Garnet sale conduciendo marcha atrás de la entrada. El

vehículo serpentea en un movimiento que me marea; mi espalda choca contra el

otro lado del maletero y el cuerpo de Ash aplasta el mío.

–Sabes –dice Ash sin aliento–, creo que lo está disfrutando.

Y en ese instante, al igual que sucedió con las lágrimas, estallo en una risa

histérica; mi estómago se contrae tanto que me duele, y Ash también ríe, solo

que su risa se disuelve en un espasmo de tos.

–¿Te encuentras bien? –pregunto, besándolo en todas partes.

–Estoy bien… Ay –dice, cuando mis labios aterrizan en su mejilla golpeada–. ¿Qué sucedió exactamente? Lo último que recuerdo es a la Duquesa entrando en

mi habitación.

Le cuento sobre el arcana y la respuesta de Garnet, y sobre la Duquesa

atándome y Annabelle…

–La dejé allí –digo–. Completamente sola.

–Tuviste que hacerlo –susurra Ash–. Violet, tuviste que hacerlo.

Permanecemos en silencio por un momento. La culpa, el dolor y la pena que

había logrado reprimir durante nuestra huida del palacio se hinchan en mi

interior. Veo el rostro de Annabelle en la oscuridad, huelo el aroma a azucenas

de su cabello.

–Es mi culpa –murmuro–. Si no hubiera… si nosotros…

–No –la palabra suena fuerte y autoritaria en el espacio apretado que

compartimos–. Fue la Duquesa quien mató a Annabelle, Violet. No tú. No yo.

Apoyo la cabeza sobre su hombro y me hago a mí misma una promesa en

silencio. No olvidar nunca a Annabelle. Mantenerla viva del único modo que puedo.

–¿Sabes a dónde nos dirigimos? –pregunta él.

–No –ahora que estamos en el camino, el movimiento del vehículo es muy

suave. Me quito el abrigo y se lo alcanzo a Ash.

–Violet, no…

–Ambos lo usaremos –insisto, acurrucándome lo más cerca que puedo junto a

él. Su piel está helada.

Ash acaricia mi cabello. La vibración del motor del automóvil emite un sonido

tranquilizador y anestésico.

–Me salvaste la vida –susurra; su aliento se siente cálido contra mi sien.

–No iba a dejarte allí.

Él ríe con suavidad.

–Te lo agradezco.

–Tú habrías hecho lo mismo por mí.

Andamos así por lo que parecen horas antes de que el vehículo se detenga de

forma abrupta y el maletero se abra de golpe. La luna debe haber salido de

nuevo, porque la silueta de Garnet está recortada contra su luz plateada.

–¿Tuvieron un buen paseo? –pregunta con una sonrisa traviesa.

Ash sale del maletero, me ayuda a hacer lo mismo y coloca el abrigo sobre mis hombros.

–¿Dónde estamos?

Miro alrededor. Parece algún tipo de callejón oscuro, bordeado por dos

edificios simples y rectangulares.

–En la morgue –responde Garnet. Me estremezco.

Nos guía hacia una puerta de hierro pintada de blanco para que combine con

el exterior del edificio.

–¿No está cerrada? –pregunto.

–Esta es la morgue para los sirvientes y las sustitutas –explica Garnet.

–Entiendo –susurro.

El interior de la morgue es frío y estéril. Garnet toma una linterna pequeña de

su cinturón e ilumina varios pasillos largos que son de un color verde deprimente

y huelen a antiséptico. Mis pies se pegan al suelo impermeabilizado.

–¿A dónde vamos? –susurro.

Garnet mueve la luz de la linterna hacia la izquierda y luego a la derecha.

–Buena pregunta. ¿Lucien no te dijo por casualidad exactamente dónde te

encontrarías con él?

–Se suponía que yo estaría muerta –respondo.

–Cierto.

–Podríamos seguir las flechas –Ash está de pie en la esquina donde dos pasillos se cruzan, observando con atención la pared–. Garnet, trae la linterna.

Garnet ilumina el muro, donde hay un cartel con las distintas direcciones.

Sustitutas →

Damas de compañía ←

Sirvientes ↑

Tomamos el pasillo de la derecha a través de dos puertas vaivén que llevan a

otro corredor.

Ash intenta abrir una puerta que está frente a nosotros.

–Cerrada –informa.

–Esta no –dice Garnet, abriendo la puerta. Enciende la linterna y unos

compartimentos plateados y resplandecientes aparecen a la vista; delinean las

paredes, fila sobre fila de puertas cuadradas. Todo es elegante e impoluto.

–Esos son para… –no logro pronunciar la palabra cuerpos.

–Sí –dice Ash.

–¿Están todos… llenos? –la idea de que haya tantos cuerpos de sustitutas

muertas hace que sienta más frío del que tengo. La sangre de Annabelle me

pellizca la piel de las rodillas.

–Espero que no –responde.

–¿Crees que Raven ya esté aquí? –pregunto. Cuando le di el suero esta tarde

en el almuerzo de la Duquesa, Raven estaba prácticamente catatónica. Pero

reaccionó al oír mi voz. Debo mantener las esperanzas de que haya

comprendido mis instrucciones.

Ash traga saliva.

–Solo hay una forma de averiguarlo.

–¿Quién es Raven? –pregunta Garnet.

–Mi mejor amiga –respondo. Mis piernas comienzan a temblar mientras me

acerco a uno de los compartimentos–. La sustituta de la Condesa de la Piedra. Le di el suero de Lucien.

–¿Que hiciste qué? –Garnet mueve la cabeza de un lado a otro–. Sabes, si

Lucien no estuviera tan empeñado en salvarte la vida, creo que él podría matarte.

Lo ignoro; mis dedos tiemblan al girar la manija y jalar de la puerta para abrirla.

Vacío.

Suelto el aire que estaba conteniendo.

–Uno menos –dice Ash, acercándose a mi lado–. Faltan varios más.

Metódicamente, Ash y yo comenzamos a abrir todas las puertas. Garnet nos

observa, desconcertado. Hemos abierto siete cámaras antes de que Ash diga en

voz baja:

–Violet.

Me acerco a él y sigo su mirada hasta la bolsa negra que llena el espacio

rectangular. Juntos, jalamos de la superficie de metal que la sostiene. Ash

extiende la mano para abrir la cremallera de la bolsa.

–No –digo–. Yo lo haré.

Muy despacio, bajo la cremallera y descubro un rostro pálido, petrificado ante

la muerte. Se me dificulta respirar.

–Esa no es Raven –dice Ash.

Muevo la cabeza de un lado a otro, con lágrimas en los ojos.

–¿La conocías?

–No –respondo–. Pero la vi una vez.

Es la chica del funeral de Dahlia, la que estaba buscando a su hermana. Coloco

la mano sobre su frente helada. Parece tan joven.

Me abruma la injusticia de toda la situación. ¿Qué me hace especial? ¿Por qué

yo soy digna de salvarme y no esa chica, o la leona, o Dahlia? Siento una oleada

de enfado hacia Lucien por obligarme a admitir esta terrible verdad, por no

haberme dado una forma de hacer algo al respecto.

Salvaste a Raven, susurra una voz en mi cabeza.

Aún no, pienso. Y no es suficiente.

Cierro la bolsa y coloco a la chica cuyo nombre jamás sabré de nuevo en su

tumba metálica.

–Sigamos buscando –le digo a Ash.

Encontramos cuatro chicas más, pero no reconozco a ninguna.

–¿Y si no lo bebió? –me pregunto. El pánico comienza a subir por la parte

trasera de mi garganta.

–Lo hizo –me asegura Ash, pero sus palabras carecen de sentido y noto que él

lo sabe. No hay manera de saber si Raven comprendió mis indicaciones o no.

–Es probable que ellos no la hayan encontrado aún –dice Garnet. Está

recostado contra la pared, con las manos en los bolsillos, como si pasara su

tiempo libre en la morgue todos los días.

–¿Por qué aún estás aquí? –pregunta Ash.

Garnet se encoge de hombros.

–Quiero ver qué sucede cuando Lucien descubra que ustedes están aquí –luego

sonríe–. Además, esto es lo más divertido que he hecho en años. Pertenecer a la realeza es muy aburrido. Cualquier oportunidad que tenga de molestar a mi

madre, la tomaré. ¿Robarle a su sustituta justo delante de sus narices? ¿De su

propia casa? Demasiado bueno para perdérmelo.

–¿Por qué la odias tanto? –pregunto.

–Oh, cielos, Violet, viviste con ella durante dos meses–dice Garnet–. ¿Qué piensas tú de ella?

Efectivamente, tiene un punto.

–Ahora, multiplica eso por toda tu vida –Garnet se rasca la nuca–. Es un

milagro que yo sea tan equilibrado.

El eco del bum causado por una puerta de hierro que se cierra, nos paraliza.

–¡La luz! –sisea Ash. La mano de Garnet sale disparada hacia la pared y la

oscuridad nos engulle. Por varios segundos, no hay nada más que silencio.

Luego, el sonido inconfundible de pasos y voces flota por el pasillo.

–Debemos escondernos –dice Garnet.

–¿Dónde? –pregunto–. No puedo ver nada.

Se oye un click a mi izquierda, y la linterna de Garnet parpadea. El rayo de luz

cae sobre Ash. Está agazapado junto a uno de los compartimentos, el más bajo

en la esquina izquierda más alejada. La puerta está abierta y sus ojos se

encuentran con los míos.

–No –susurro.

–¿Tienes una idea mejor? –pregunta Garnet mientras sujeta mi brazo y me

acerca a Ash, con la linterna enfocada hacia abajo. Me agazapo junto al

cuadrado negro donde tantas sustitutas muertas han estado guardadas; mi

estómago se agita con algo más fuerte que la aversión y más agudo que el miedo.

Lo incorrecto que es escondernos aquí dentro hace que mis extremidades se

sientan entumecidas y torpes.

–No tenemos otra opción –dice Ash. Abro la puerta que está junto a su

compartimento y obligo a mis pies a moverse, a mi cuerpo a doblarse, a

acomodarse y a deslizarse hasta que estoy recostada boca abajo sobre la fría

tabla de metal. Las voces están tan cerca que por poco puedo distinguir palabras

individuales junto a un chirrido débil. La linterna se apaga. La puerta de Garnet

se cierra primero; después la de Ash.

Respiro hondo y me encierro dentro.

Capítulos
Personalizar
Siguiente capítulo

También te puede gustar

Logo
Tu guía para los mejores dramas cortos en línea. Avances de episodios gratuitos, información completa del elenco y enlaces a plataformas oficiales, todo en un solo lugar.
©2026 PinesDramas. Todos los derechos reservados.