La oscuridad que reina dentro de esta tumba metálica es mucho, mucho peor
que la ausencia de luz del maletero del vehículo de Garnet.
Presiono la frente contra el frío metal e intento fingir que estoy en otro lugar, o
que Ash está conmigo, o que todo esto es un sueño y estoy a punto de despertar
en el Pantano.
La luz de la habitación se enciende.
Un amarillo pálido penetra mi escondite. No hay manija del lado de adentro
de la puerta, así que he dejado una hendija diminuta. Las voces de dos hombres
se oyen amortiguadas.
–…no quería que nadie lo notara, supongo.
–No veo por qué a alguien habría de importarle. ¿Cuántas sustitutas ha tenido
a lo largo de los años? ¿Veinte? –No te corresponde llevar la cuenta, chico. Todos hacemos lo que nos ordenan–la primera voz es definitivamente mayor y tiene un tinte áspero y canoso–. Dicen Casa de la Piedra, recoger a medianoche, y eso es lo que hacemos.
¡Casa de la Piedra! ¡Tienen a Raven! Por poco grito de alivio.
Se oye nuevamente el chirrido extraño y luego una puerta se abre. Oigo el
sonido que hace el plástico al ser manipulado.
–No es muy pesada, ¿verdad? –dice la segunda voz.
–Ninguna es pesada, chico. Ya verás.
El plástico se mueve sobre el metal y lo raspa. La puerta se cierra.
–Ahora –dice la primera voz de forma abrupta–, regresemos a la cama y esperemos que no haya más llamados esta noche.
Sus zapatos hacen un sonido pegajoso muy bajo mientras se marchan. La luz se apaga.
Permanezco quieta durante tanto tiempo como puedo, apenas atreviéndome a
respirar, esperando en caso de que regresen. Al final, no puedo soportarlo más.
Mis uñas arañan la puerta y la abren de un empujón. Me contoneo hasta salir
del compartimento lo más rápido posible y caigo sobre el suelo encerado,
mientras Ash y Garnet abren sus propias puertas. Me pongo de pie con
dificultad y alzo los brazos del abrigo de soldado gigante y deslizo las palmas por
la pared hasta que encuentro el interruptor.
La luz es dolorosamente brillante después de tanta oscuridad. El color ha
abandonado el rostro de Ash, que se pone de pie con lentitud. Garnet
permanece en el suelo, apoyado contra los gabinetes, y acaricia su cabello rubio
hacia atrás. Parece más nervioso de lo que jamás lo he visto.
–Está aquí –le digo a Ash.
–Lo sé –responde.
Una sonrisa se expande en mi rostro y comienzo a abrir las puertas con una
ferocidad inquebrantable; empujo a Garnet para sacarlo de mi camino hasta que
encuentro un compartimento que antes estaba vacío.
Jalo la tabla de metal y el cuerpo de Raven se desliza hacia afuera, oculto
debajo de una capa gruesa de plástico negro. Ash y Garnet se acercan mientras
bajo la cremallera y abro la bolsa.
El rostro de Raven está tan frío y apagado como el de todas las otras chicas
que se encuentran en este lugar, y por un segundo paralizante, temo que de
verdad esté muerta. Su hermosa piel color caramelo está amarillenta; su anterior
cabello negro y brillante está lacio y enredado. Está desnuda. Con rapidez, me
quito el abrigo del soldado y lo lanzo sobre su cuerpo, pero no sin antes ver cuán
dolorosa y enfermizamente delgada está: cada costilla es visible, y los huesos de su cadera sobresalen en puntas filosas de cada lado del pequeño bulto en su estómago.
Presiono su mejilla con mi mano. Su piel parece hielo.
–Raven –digo; me tiembla la voz. La observo, esperando que sus pestañas
parpadeen o que sus labios se abran, pero nada sucede. Mi mejor amiga está
mortalmente quieta.
»Raven, soy yo –insisto–. Soy Violet –me duele tragar–. Por favor, despierta. Te he salvado. Por favor, regresa a mí.
El silencio que prosigue es devastador. Partes de mi interior se quiebran bajo su
peso.
–Tal vez, de veras está… –comienza a decir Garnet, pero yo volteo y golpeo su
pecho con mis manos, haciendo que se tambalee hacia atrás.
–¡No está muerta! –siseo. Volteo de nuevo hacia Raven y la sacudo. Su cabeza está tumbada sobre la placa de metal–. ¡Despierta, Raven! Vamos, bebiste el suero,
sé que lo hiciste, así que por favor, ¡DESPIERTA!
Le golpeo la mejilla con fuerza.
Pero nada sucede.
Siento la mano de Ash sobre mi hombro.
–Lo siento mucho.
Quito su mano de encima encogiéndome de hombros. Ahora mismo, no quiero
la lástima de nadie.
–Ella…
De pronto, los ojos de Raven se abren de par en par. Su cuerpo se arquea, tiene
los ojos desorbitados y luego se apoya sobre su costado y vomita en el suelo. Ash
y Garnet retroceden de un salto mientras el cuerpo de Raven convulsiona,
tosiendo y retorciéndose, pero yo me cierno sobre ella, mi frente cae sobre su
hombro; una de mis manos acaricia su cabello. Estoy feliz y agradecida de sentir
que respira, que se mueve, que está viva. Raven cae sobre su espalda, jadeando.
Sus ojos dan vueltas en su cabeza hasta que me encuentra.
–¿Violet? –pregunta con voz ronca. Las lágrimas caen por mis mejillas, pero
no me molesto en secarlas.
–Aquí estoy –respondo–. Ahora estás a salvo.
Su mirada se desliza hacia el techo.
–Vi a mi madre –dice–. Estaba peinando mi cabello. Después, le quitaron toda su piel.
–¿Qué? Tu madre está viva y en el Pantano.
–Le quitaron la piel –repite–. Me mostraron sus huesos.
Los ojos de mi amiga se desenfocan y su cuerpo se relaja. Se queda muy quieta.
–¿Raven? –susurro. Acaricio con la punta de mis dedos su mejilla. Respira,
pero parece como si una luz se hubiera apagado en su interior.
–¿Qué le hicieron? –pregunta Ash en voz baja.
–No… No lo sé –paso los dedos por su cabello y palpo una cicatriz diminuta,
tal vez de medio centímetro de largo, sobre el cuero cabelludo. Después, toco otra. Y otra más.
–Bueno –dice Garnet, juntando las manos–, esta ha sido una gran noche; de
verdad, una para el recuerdo, y por mucho que me encantaría quedarme y ver
cómo Lucien enloquece ante todo esto, creo que ya es hora de que regrese.
–Claro que sí –murmura Ash.
–Ey, te salvé la vida, ¿qué más quieres de mí? –replica Garnet.
–Absolutamente nada.
–Bien –responde Garnet–. Buena suerte con salir de aquí y todo lo demás.
–Gracias –digo.
–Por nada –la mano de Garnet está sobre la manija de la puerta cuando Raven
se incorpora. El movimiento es tan inesperado y abrupto que apenas logro
mantener al abrigo sobre sus hombros.
–Eres un cobarde –dice, con los ojos oscuros posados en él. Hay cierta
confusión en su mirada, como si estuviera enfocándose en dos cosas a la vez.
Todos la miramos en silencio, estupefactos.
–¿Raven? –vacilo
–Es un cobarde –dice ella–. Rompe todas las reglas equivocadas. Las fáciles.
Tiene miedo –después, su rostro se distiende y sus ojos regresan a la normalidad–. Estoy cansada. Todavía no es hora de ver al médico.
Se recuesta sobre la tabla y comienza a murmurar algo en voz baja. No puedo
comprender lo que está diciendo, pero oigo mi nombre una o dos veces.
Garnet la mira por un breve segundo y luego niega con la cabeza.
–Como sea. Ella es tu problema.
Con un saludo poco entusiasta, sale por la puerta. Coloco mi mano sobre la
frente de Raven, pero ella ha regresado a ese lugar vacío, mirando el techo.
–¿Y ahora qué? –dice Ash.
–Ahora esperamos a Lucien –respondo–. Lucien vendrá.
Pasan horas.
O al menos, se sienten como horas. No hay forma de medir el tiempo en esta
habitación. Apagamos las luces para estar a salvo. Ash y yo nos sentamos en el
suelo contra la pared, acurrucados juntos para mantenernos en calor. Raven no
se ha movido ni hablado desde que Garnet se marchó.
Me pregunto qué sucederá cuando la Duquesa descubra que hui. Que Ash no
está. Me pregunto si Garnet será capaz de evitar que Carnelian nos delate. Me
pregunto si Garnet nos delatará. Él no es leal a nosotros y no parece
particularmente alguien confiable; no puedo imaginar por qué Lucien lo eligió
para ayudar. Al menos podemos contar con que Carnelian no hará nada que
ponga en riesgo la vida de Ash.
Recuerdo el intercambio de palabras que tuvieron en el calabozo.
–¿Qué le dijiste? –pregunto. Ha pasado tanto tiempo desde que alguno de los
dos ha hablado, que mi voz suena frágil y más alta de lo que debería. La mejilla
de Ash está apoyada sobre la parte superior de mi cabeza.
–¿Mmm? –murmura contra mi cabello.
–Cuando Carnelian te preguntó si algo había sido real, ¿qué le dijiste?
No espero que vacile. Él alza la cabeza y aleja la mirada de mí.
–Eso es privado, Violet.
–¿No me contarás tus secretos?
–¿Cuántos secretos te has guardado? –replica él.
Me muerdo el labio.
–No es lo mismo. No tenía opción. Le hice una promesa a Lucien.
–¿Y las promesas que yo he hecho?
–Pero a ti te contrataron para hacerle promesas. Eso no es lo mismo.
–Lo sé –el perfil de Ash se ve negro en contraste con la oscuridad mientras alza
la vista hacia el techo–. Pero ¿debo traicionar su confianza porque ella no te agrada?
No sé qué decir ante eso. Supongo que siempre asumí que Ash odiaba a
Carnelian tanto como yo.
–No se trata de no compartir mis secretos contigo –suspira–. Carnelian está…extremadamente triste. Y esa tristeza ha sido transformada en amargura e ira.
No quiero ser uno más en la larga fila de personas que la han decepcionado,
incluso aunque ella jamás conozca la diferencia.
Entrelazo mis dedos con los suyos.
–No tienes que ser tan noble.
–Para nada. Yo… La entiendo un poco.
–Bueno, algún día, tendrás que explicarme cómo es ella.
Oigo pasos afuera. Ash y yo nos ponemos de pie con rapidez, pero no tenemos
la oportunidad de escondernos de nuevo antes de que la puerta se abra y la luz
se encienda.
Lucien ingresa a la habitación. Viste su habitual túnica blanca con el cuello
alto de encaje y su cabello castaño está sujeto en un rodete perfecto en la
coronilla, lo que indica su estatus como dama de compañía. Y eso implica más
para él que para una dama de compañía femenina: los hombres que se dedican a
eso son eunucos, están castrados para que no se los considere “una amenaza” al
trabajar en cercanía de las mujeres de la realeza.
Lleva colgado un bolso grande sobre un hombro. Su mirada se mueve de mí, a
Ash, a Raven y luego se enfoca de nuevo en mí. No parece sorprendido al ver
dos personas más de las que esperaba; debe haber hablado con Garnet.
Cierra la puerta y se quita el bolso. Con pasos premeditados, camina hacia
Ash, lo sujeta de la garganta y golpea su cabeza contra la pared.
–¡Lucien! –grito.
–¿Es cierto? –gruñe. Ash se ve aturdido. Sujeto el brazo que no está
sosteniendo la garganta de Ash y jalo.
–¡Basta!
Lucien voltea hacia mí.
–¿Sabes lo que están diciendo? –sisea–. Están diciendo que este desgraciado te violó.
–¿Qué? –exclamo con un grito ahogado.
Ash reacciona. Con un movimiento fugaz y veloz, toma la muñeca de Lucien y
la retuerce. Él grita de dolor mientras Ash dobla su brazo hacia atrás de un
modo que hace que Lucien se incline hacia adelante.
–¿Qué dijiste? –gruñe Ash. Nunca antes lo he visto utilizar la fuerza bruta.
–Suéltame –ladra Lucien.
–¡Ash! –grito.
–Él cree que es cierto. ¿Lo ves, Violet? Él cree que es cierto –dobla el brazo de
Lucien hacia atrás un poco más.
–¿Y por qué no debería? –dice–. Sé lo que haces, lo que haces de verdad. Ustedes, los acompañantes, con sus sonrisas encantadoras y sus mentes repugnantes. Nunca debí permitir que te acercaras a ella.
Ash jala del brazo de Lucien de nuevo.
–No sabes nada sobre mí.
–Sé que te acuestas con más mujeres en un año de lo que la mayoría de los
hombres en toda su vida.
–¿Y crees que lo disfruto? ¿O solo estás celoso de que puedo hacerlo?
Ante esas palabras, Lucien emite un grito estrangulado y libera su brazo de las
manos de Ash. Pero Ash es demasiado rápido. En un segundo, tiene a Lucien
inmovilizado contra una pared y con el antebrazo le aplasta la garganta.
–Ash, lo estás lastimando –digo. Voltea la cabeza para mirarme a los ojos–. Por favor, detente. Suéltalo.
A regañadientes, relaja su brazo y retrocede. Lucien se apoya contra la pared,
masajeándose el hombro.
–Ash nunca me tocaría sin mi consentimiento, Lucien –le aseguro.
–Bueno, me gustaría creer que no eres tan estúpida como para generar esto tú misma.
–¿Cuándo te detendrás? –interrumpe Ash, dando un paso al frente. Su rostro
está enrojecido, lo que hace que el magullón sobresalga con claridad en su
mejilla. De inmediato, me coloco entre ellos como una barrera física–. No eres
su padre. No puedes darle sermones sobre lo que hace.
–Creo que sé un poco más sobre lo que es mejor para ella que un acompañante –replica Lucien.
–En caso de que no lo hayas notado, ya no soy un acompañante –refuta Ash con frialdad.
–Suficiente –digo, alejando a Lucien de Ash–. Los dos pueden pelear todo lo
que quieran una vez que hayamos salido de este horrible lugar, pero hay cosas más importantes que discutir ahora mismo. ¿Cuál es el plan?
Lucien me quita de encima, toma el bolso y me lo lanza.
–Hay ropa para todos adentro. Vístanse rápido. Íbamos a tomar el tren, pero eso ya no es posible.
Abro la cremallera del bolso y encuentro tres pantalones de lana color café, tres
suéteres y tres pares de zapatos. También hay una botella de agua, una linterna,
vendas y un ungüento antiséptico. Utilizo un poco de agua para limpiarme la
sangre de Annabelle de las piernas, y me ocupo de las heridas que tiene Ash en la
frente y en la mejilla. Su ojo todavía está hinchado y esparzo el ungüento
alrededor de él.
–Tú también –dice él, colocando un poco de antiséptico en mi labio partido.
Arde un poco.
Una vez que estamos vestidos, me acerco a Raven. Todavía está mirando el
techo.
–¿Deberíamos…? –comienza a decir Ash.
–No, yo lo haré –respondo. Lo miro y después a Lucien–. Volteen, por favor – puede que Raven no esté del todo consciente, pero sé que no querría que dos hombres extraños la vieran desnuda. Logro ponerle los pantalones (es tan
liviana, tan delgada), pero colocarle el suéter me resulta más difícil.
»Ah, Raven, ¿puedes incorporarte? –susurro sin ninguna esperanza real. Por lo
tanto, me asombro cuando lo hace.
–¿Violet? –dice. Sus ojos brillan, como solían hacerlo.
–Ponte esto –indico, entregándole el suéter.
–Nunca antes he estado en esta habitación –comenta, mirando a su alrededor
mientras le pongo los zapatos y la ayudo a bajar de la placa metálica–. Es muy brillante.
–Esta es la amiga por la que preguntabas, asumo –dice Lucien–. ¿La sustituta
de la Casa de la Piedra?
–Ella es Raven –le informo.
–Yo soy Raven –repite ella.
–Y le entregaste el suero que era para ti.
Mi columna se endereza.
–Así es.
Lucien alza los ojos al techo.
–De todas las sustitutas en la Subasta –refunfuña–. Deja el abrigo aquí, regresaré por él. También necesitaré limpiar eso –le echa un vistazo al vómito de Raven y mueve la cabeza de un lado a otro–. Esto habría sido mucho más sencillo si me hubieses escuchado.
Ash guarda nuestra ropa anterior en el bolso y cruza la tira sobre su pecho.
Lucien nos guía fuera de la habitación y por un pasillo que lleva a otra puerta
que dice: PELIGRO. ÁREA RESTRINGIDA. No está cerrada, algo que me resulta extraño, y
Lucien la abre con facilidad.
De inmediato, me ataca una oleada de calor intenso y el olor a algo que se
quema. La habitación está vacía, salvo por el gigante horno de hierro fundido
que tiene una puerta en el centro.
–Esto es lo que está pasando –explica Lucien–. Han descubierto tu ausencia.
Por razones que solo puedo asumir que se desprenden de su instinto de
supervivencia, la Duquesa no ha revelado que tú, Violet, has desaparecido. Lo
ha acusado a él –mueve la cabeza en dirección a Ash– de violación. Un
acompañante que tiene relaciones con una mujer no esterilizada es un acto
criminal, pero añádanle que la mujer en cuestión es una sustituta… bueno, la
realeza quiere sangre. Todos los trenes que entran o salen de la Joya se han
detenido. Cada soldado disponible está recorriendo las calles buscándolo a él.
En pocas horas, su fotografía estará publicada en cada círculo de esta ciudad.
Me siento vacía.
–Entonces, ¿qué hacemos?
Lucien gira la manija que está en la puerta de hierro fundido y la abre.
Un muro de brillantes llamas amarillas arde dentro, causando que haga aún
más calor en la habitación.
–Este incinerador lleva directamente al sistema de desagüe. Pueden al menos llegar al Banco a través de los túneles; las alcantarillas
de los círculos más pobres no están conectados a estos. Hay un mapa en el bolso.
He delineado su camino en rojo. Habrá un socio mío esperándolos en el Banco,
y de ahí en adelante, veremos.
–¿Cómo sabré quién es tu socio?
–Pídeles que te muestren la llave.
–¿Qué llave?
–Lo sabrás cuando lo veas –hace una pausa–. Por algún pequeño milagro, ¿habrás traído el arcana contigo?
–¡Sí! –exclamo, llevando una mano hacia mi rodete desordenado–. Está en mi cabello.
Lucien sonríe; una sonrisa real, cálida.
–Buena chica. Puedo rastrearte usando eso.
–Pero… –miro con rapidez las llamas movedizas–. ¿Cómo se supone que
lleguemos allí abajo?
Su sonrisa se desvanece.
–Tendrás que utilizar los Augurios para apagar el fuego.
–¿Qué? –lo miro fijo, esperando que sea una broma–. ¿Cómo?
–No lo sé. Pero puedes lograrlo.
–Lucien, eso no es lo que hacen los Augurios. Es decir, ni siquiera sabría por
dónde empezar.
–Escúchame –Lucien coloca ambas manos sobre mis hombros–. Puede hacerse. Se ha hecho antes.
Mi boca se abre de par en par.
–¿Qué? ¿Quién lo ha hecho?
–Eso no importa ahora mismo. Tienes que hacer esto. De otro modo… –me mira, después mira a Raven y por último, de mala gana, a Ash–. De otro modo, todos están muertos.





