La Que Te Amó y Perdiste: Un Destino Inesperado

La víspera de mi vigésimo octavo cumpleaños la pasé sola.

Estaba en el lujoso carmen que compartía con mi marido, Mateo, en el Albaicín, con la Alhambra extendiéndose majestuosa frente a nosotros.

Él, como siempre, no estaba.

Tenía una reunión importante en Madrid.

La casa estaba en silencio, un silencio pesado que se me metía en los huesos. Llevaba semanas sintiéndome mal, con mareos constantes y una fatiga que me aplastaba. Hoy había recibido el diagnóstico: un glioblastoma en etapa avanzada.

No se lo dije. No tenía sentido.

Cuando Mateo finalmente llegó, pasada la medianoche, yo estaba en el estudio. Había dejado sobre la mesa un boceto de restauración en el que trabajaba.

Él lo miró por encima, con el ceño fruncido.

"Esto es de aficionado, Sofía. No está a la altura".

Sus palabras no me dolieron. Ya no. Fue simplemente la confirmación de lo que ya sabía. Esa fue la última gota.

Esa noche, mientras él dormía profundamente a mi lado, ajeno a todo, me levanté. Cogí los papeles del divorcio que mi abogada había preparado, los firmé con pulso firme y los dejé sobre su mesa de arquitectura, justo al lado de sus planos.

En la mesa también encontré algo que no esperaba: un billete de avión a Buenos Aires. A nombre de Isabella Ramírez. Su primer amor. La famosa bailaora que acababa de regresar a España.

No sentí celos, solo una profunda y helada resignación. Todo encajaba.

Me acerqué a él. Su rostro, incluso dormido, era arrogante. Le susurré al oído, aunque no pudiera escucharme.

"Mateo, divorciémonos".

Él se movió entre sueños, sin despertarse.

Su reacción no me importaba. Mi decisión estaba tomada. Ya no había vuelta atrás.

"Sé que no me amas", continué en un susurro. "Nunca me has amado. Nuestro matrimonio fue un acuerdo para salvar a tu empresa. Yo te di mi herencia, tú me diste tu apellido. Un trato justo".

Recordé el día de la boda. Su familia me despreciaba. Me veían como una advenediza de Triana, una restauradora sin nombre que había tenido la suerte de atrapar al heredero de Construcciones Castillo.

"Ahora te devuelvo tu libertad", dije, mi voz apenas un hilo. "Puedes volver con Isabella. Ya no seré un obstáculo".

Repetí mi decisión, esta vez para mí misma, sellando el pacto.

"Mateo, nos divorciamos".

A la mañana siguiente, me levanté antes que él. Me duché, me vestí con un sencillo vestido blanco que nunca me ponía porque a él no le gustaba, y me maquillé ligeramente.

Cuando salí del baño, él ya estaba despierto, mirando los papeles sobre su mesa con una mezcla de sorpresa e irritación.

Me vio y su rostro se endureció.

"¿Qué es esta broma, Sofía?"

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