"No es una broma, Mateo. Quiero el divorcio".
Me miró de arriba abajo, su mirada deteniéndose en mi vestido y mi rostro maquillado.
"Te doy tu libertad", añadí, mi voz sonaba tranquila, extrañamente serena.
Su incredulidad inicial se transformó en una mueca de desdén. Cogió su pluma y firmó los papeles sin siquiera leerlos.
"Perfecto. Así me libro de tus escenas de celos por Isabella".
No dije nada. Simplemente asentí.
El proceso en el juzgado fue rápido y frío. Sin discusiones, sin reproches. Una eficiencia que lo desconcertó.
Cuando salimos, el sol de Granada nos golpeó en la cara. Me detuve antes de que él se subiera a su coche.
"Mateo".
Se giró, impaciente.
Le entregué una pequeña nota. "Aquí están las instrucciones para tu dieta de la migraña. Y el número del fisioterapeuta. No te olvides de llamar cuando te duela la espalda".
Me miró como si estuviera loca. No cogió la nota. La dejé sobre el capó de su coche y me di la vuelta para marcharme.
"Sofía", me llamó. Su voz tenía un matiz extraño.
No me giré.
Cuando Mateo regresó al carmen, la casa estaba vacía. El silencio que antes era pesado ahora era un vacío tangible.
No había olor a café recién hecho. No había ropa limpia y planchada en el armario.
Por la noche, el catering que pidió le provocó una migraña terrible. Buscó las pastillas, pero no las encontró en su sitio habitual.
Llamó a la empleada del hogar, gritándole por teléfono. La mujer, asustada, le dijo que la señora Salazar siempre se encargaba personalmente de esas cosas.
"La señora Salazar lo organizaba todo. Tenía notas para todo".
Colgó, frustrado. Se sentía perdido en su propia casa.
Abrió el armario de la cocina, buscando algo para el dolor de cabeza. En su lugar, encontró una caja llena de etiquetas y notas escritas a mano por mí.
"Mateo: No mezclar la ropa de color con la blanca". "Mateo: El café, solo una taza por la mañana, sin azúcar". "Mateo: Recordar tomar las vitaminas después del desayuno".
Había docenas de notas. Pequeños recordatorios de un cuidado meticuloso y constante que él siempre había dado por sentado. Sintió una punzada extraña en el pecho, una emoción que no supo identificar.





