Punto de vista de Daniel "Dani" Bravo:
Desperté con un dolor agudo en el costado y el olor estéril a antiséptico. Por un momento, la confusión nubló mi mente, tan espesa como la neblina matutina sobre la Presa de la Boca. Luego todo volvió de golpe: las luces brillantes del quirófano, los ojos amables del anestesiólogo diciéndome que contara hacia atrás desde diez, el rostro de Diana flotando sobre mí, susurrando: "Eres mi héroe, Dani".
La cirugía fue un éxito. Lo supe, incluso antes de que la enfermera me lo dijera. Podía sentirlo en la energía de alivio que zumbaba justo afuera de mi habitación. El señor De la Garza iba a estar bien. Lo había logrado. Lo había salvado.
Había asegurado nuestro para siempre.
Diana entró más tarde esa tarde. No llevaba el suéter suave que me encantaba, el que olía a su perfume de lavanda. Llevaba un traje sastre azul marino, impecable, con el pelo recogido tan apretado que parecía estirar la piel alrededor de sus ojos. No parecía mi prometida viniendo a sentarse a mi lado. Parecía una directora ejecutiva a punto de cerrar un trato.
No me besó. Simplemente se quedó de pie a los pies de mi cama, con el bolso agarrado en sus manos como un escudo.
"Mi padre está despierto", dijo, con la voz plana. "El riñón está funcionando perfectamente. Los doctores son muy optimistas".
"Eso es genial, Diana", logré decir, con la voz ronca. Intenté incorporarme, pero el tirón de los puntos era insoportable. "Eso... eso es todo lo que importa".
"Sí", dijo ella. "Lo es".
El silencio que siguió fue pesado, sofocante. No era el silencio cómodo de dos personas enamoradas. Era el silencio de un tribunal antes de que se lea el veredicto.
"Estoy tan feliz de haber podido hacer esto por ti, por tu familia", dije, tratando de llenar el vacío. "Ahora por fin podemos simplemente... estar".
La expresión de Diana no cambió.
"Sobre eso, Dani".
La sangre se me heló.
"No puedo casarme contigo", dijo. Las palabras fueron cortantes, precisas y totalmente desprovistas de emoción. Cayeron en la silenciosa habitación como piedras en un pozo profundo.
La miré fijamente, seguro de que era una alucinación cruel, producto de la anestesia.
"¿De qué estás hablando? ¿Te golpeaste la cabeza? Nos casamos en tres meses".
"No", dijo, negando lentamente con la cabeza. "No lo haremos".
"Pero... ¿por qué?", la pregunta fue un susurro crudo. El dolor en mi costado no era nada comparado con el peso aplastante que de repente presionaba mi pecho. "No entiendo. Lo hice. Hice lo que me pediste. Salvé a tu padre".
Un destello de algo —¿fastidio, tal vez?— cruzó su rostro. "Y por eso, mi familia estará eternamente agradecida. Cubriremos todos tus gastos médicos, por supuesto. Y mi padre ha creado un fideicomiso para ti. Es bastante generoso".
¿Un fideicomiso? ¿Gastos médicos? Me estaba hablando como si yo fuera un empleado al que le dan su liquidación, no el hombre con el que se suponía que pasaría su vida. No el hombre que tenía una incisión de quince centímetros en el costado y un órgano menos por su culpa.
Las piezas comenzaron a encajar, afiladas y dolorosas. La forma en que me había hecho las pruebas sin mi conocimiento. La forma en que lo había planteado como una prueba de amor. El traje sastre.
Mi voz tembló.
"Este siempre fue el plan, ¿verdad? Conseguir el riñón y luego deshacerte de mí".
Tuvo la decencia de apartar la mirada, fijándola en el suero que goteaba a mi lado.
"No se suponía que fuera así. Pero las cosas cambian".
"¿Qué cosas?", exigí, con la voz quebrada. "¿Qué pudo haber cambiado entre que entré a cirugía y ahora?"
Finalmente me miró a los ojos, y la frialdad en ellos era absoluta.
"Eugenio regresó".
Eugenio Garza. Por supuesto. Su exnovio rico y arrogante de la universidad. El que su madre siempre dijo que debería haber sido su esposo. El que manejaba un Porsche y tenía una casa de verano en la Isla del Padre. Con el que nunca podría competir.
"Vino al hospital cuando se enteró de lo de mi padre", continuó, su voz suavizándose por primera vez, pero no por mí. "Fue tan comprensivo, tan fuerte. Me recordó cómo se supone que debe ser mi vida. Lo que nuestra familia necesita".
"¿Y qué es eso?", solté con un nudo en la garganta. "¿Alguien que pueda comprarte cosas? Yo trabajo duro, Diana. Te habría dado todo".
"Ya lo hiciste", dijo, y la crueldad de sus palabras me dejó sin aliento. "Le diste a mi padre una segunda oportunidad en la vida. Eso es más que suficiente. Pero no puedes darme el mundo al que pertenezco, Dani. Eugenio sí puede".
La estéril habitación del hospital comenzó a girar. El pitido rítmico del monitor cardíaco se aceleró, una banda sonora frenética para mi mundo que se hacía añicos. Había sido una herramienta. Un medio para un fin. Mi sacrificio no fue un testimonio de nuestro amor; fue el precio de la salud de su padre y mi cuota de salida.
Las lágrimas corrían por mi cara, calientes e inútiles. El amor que sentía por ella se estaba convirtiendo en algo tóxico y amargo en mis entrañas.
"¿Así que eso es todo?", susurré, las palabras rasgando mi garganta irritada. "¿Me usas, tomas una parte de mi cuerpo y luego me desechas por él?"
"No seas tan dramático", dijo, su voz volviéndose cortante de nuevo. "Eres un buen hombre, Dani. Estarás bien. El fideicomiso asegurará que estés cómodo".
Puso un sobre blanco y nítido en la mesita de noche.
"Esto es de mi padre. Un agradecimiento".
Se dio la vuelta para irse.
"Diana", la llamé, con la voz rota.
Se detuvo en la puerta, de espaldas a mí.
"Te amaba", dije, las palabras sintiéndose como ceniza en mi boca.
No respondió. Simplemente abrió la puerta y se fue, dejándome solo con el agujero abierto en mi costado y el aún más grande que acababa de abrir en mi vida. El pitido constante del monitor era el único sonido, cada pulso marcando otro segundo de mi nuevo y vacío para siempre.





