Alexander Granth pronunció el nombre de su hermana con un tono inexpresivo, tan gélido como la noche más fría del invierno; no se podía saber si se sentía enfadado con ella, después de todo, esta clase de escenas se habían repetido tantas veces a lo largo de su vida, que lo único que el hombre había aprendido era que no tenía sentido intentar reprender a Vanessa.
"¡Hermano! ¡No seas un aguafiestas! ¡Apenas estabamos comenzando! Anda, cuida a mis nuevos amigos mientras voy por el grandulón que se quedó en el baño. Aunque había mucha orina en el piso, y eso le dará demasiada ventaja...", al parecer, la chica fue la única que no se sintió intimidada ante la imponente figura de Alexander. Su hermano, un hombre relativamente joven a sus 30 años, también poseía características que hacían que las personas que no lo conocían mantuvieran los ojos fijos en él; estatura de 1.85 metros, rasgos afilados, cabello castaño cuidadosamente peinado y un cuerpo ejercitado que solo su traje formal ocultaba sutilmente, le daban un aspecto poderoso y cautivador.
Obviamente también se debía considerar que en ese momento él iba acompañado de un pequeño escuadrón conformado por hombres que no podrían ser descritos como 'amigables'.
"Sr. Granth, lo siento, sé que usted fue muy claro y me dijo que no debíamos aceptar a su hermana en caso de que viniera a pedir trabajo a los comercios del vecindario, ¡pero ella ingresó por la fuerza! Traté de detenerla diciéndole que no había ninguna actividad que pudiera desempeñar, ¡y ni eso la detuvo! Simplemente tomó un trapeador viejo y una botas de hule y comenzó a limpiar el bar sin que yo se lo pidiera. Por favor, no me castigue...", el dueño del bar de inmediato se olvidó de la trifulca y de los daños materiales en su establecimiento. En ese momento, solo le preocupaba obtener el perdón del afamado hijo de la familia Granth.
Los rumores decían que Alexander fue encarcelado a propósito por su propia familia para endurecerlo y convertirlo en el temible personaje que era ahora; se decía que él ni siquiera se inmutó cuando se lo informaron, y que incluso eligió la cárcel más peligrosa en todo el país. Comercios incendiados, personas desaparecidas, balaceras a plena luz del día y brutales golpizas eran su tarjeta de presentación.
"Sr. Bell, ¿verdad? Para empezar, ¿en algún momento le autoricé que me dirigiera la palabra? No me gusta repetir las cosas, mucho menos cuando se trata de dialogar con la escoria humana que habita en este basurero que usted llama vecindario. Me resulta imposible creer que no sean capaces de contener a una simple jovencita. Son las 5 de la tarde, y se supone que a esta hora debería estar a bordo de mi avión privado, embriagándome y acostándome con dos supermodelos antes de llegar a otro continente para cerrar un trato que añadirá varios miles de millones a mi fortuna. ¿Pero qué hice en lugar de eso? ¡Tuve que venir a su inmundo bar y llegaré tarde a mi destino por culpa de su incompetencia!", la lúgubre voz de Alexander y su cólera inundaron el establecimiento con un aura que erizó la piel de todos los presentes. Incluso los pandilleros olvidaron que alguien les acababa de disparar; las palabras del hombre que tenían enfrente parecían ser mucho más peligrosas que la bala de cualquier otra arma.
"Bueno, amigos, creo que pospondremos la fiesta para otro día. Sr. Bell, lo siento, sé que mi hermano suele ser un poco quisquilloso, pero nuestro trato sigue vigente, yo veré la manera de hacerle llegar el dinero para que repare todo", Vanessa se acercó al dueño del bar con total despreocupación, y después de dedicarle una dulce sonrisa y guiñarle un ojo, ella se volvió hacia los maleantes y añadió: "Muchachos, deberían dar otra clase de regalos. Cuando intento ser amigable, un simple cumplido o un pequeño caramelo es suficiente para romper el hielo, ¿por qué no lo intentan? ¡Ah! Y para que vean que yo no soy ninguna delincuente, les regreso su arma ¡Ugh! Creo que algunos de ustedes sí se orinaron. ¿Acaso no me escucharon cuando dije que ya no ibamos a seguir jugando? Bueno, ¿quién soy yo para privarlos de la diversión? ¡Estaría genial que me pudieran enviar una foto que capture tan alegre momento! Es más, permítanme un momento en lo que consigo una servilleta y les anoto mi nombre de perfil. Pueden seguirme si quieren, publico cosas bastante interesantes, yo..."
"¡Vanessa!", Alexander volvió a llamar a su hermana con una voz que volvió a cimbrar las almas de los pobres individuos que se vieron involurados en este desastre. La única persona que osaba desafiarlo era esta chica, y por esa misma razón el hombre llegaba al límite de su paciencia cada vez que ella hacía de las suyas.
"¡Ya voy! ¡Dios mío! Una intenta ser lo más educada posible y solo obtiene gritos y maldiciones a cambio. ¿No te diste cuenta que no deje que Duncan ingresara al bar? Aquí no aceptan animales, así que le ordené que se quedara afuera. Tú deberías hacer lo mismo con tus gorilas", a decir verdad, la chica era bastante simpática, pero la tensión del momento y la hostilidad en el aire reprimía hasta la más ligera risa.
Vanessa caminó hacia Alexander y simplemente se encogió de hombros, gesto con el que pretendía indicarle que dejaba todo en sus manos y era hora de que él le dijera qué hacer a continuación. Mirando a su hermana con un gran desprecio, el hombre no pronunció ni una sola palabra; simplemente se dio la vuelta y caminó hacia la caravana de camionetas de lujo que se encontraban estacionadas afuera.
El vehículo que abordarían iba escoltado por dos camionetas al frente y dos por detrás. Sin embargo, antes de que Alexander pudiera abrir la puerta, una voz los llamó a lo lejos: "¡Vanessa! ¡Alexander! ¡Espérenme!", un joven que parecía tener más o menos la misma edad de la chica corrió hacia ellos e impidió que se marcharan del lugar.
A juzgar por sus rasgos, podría decirse que este joven era apuesto, pero su cara llena de pecas y su singular vestimenta lo estropeaban por completo; él llevaba unas galfas delgadas color rojo, una camisa amarilla demasiado holgada y unos pantalones verdes que lucían impecables, pero por alguna razón no favorecian al atuendo. Sus zapatos oxford cafés y una boina demasiado infantil aderezaban la cómica apariencia de este personaje.
A pesar de que estaba a punto de recibir otro gran sermón, Vanessa lucía una amplia y traviesa sonrisa, como si todo lo hecho momentos atrás se tratara de una simple travesura. Sin embargo, en cuanto escuchó la voz del joven, su sonrisa se esfumó en un instante y puso los ojos en blanco, como si fuera un demonio que estaba siendo interrumpido justo antes de que comenzara a torturar almas inocentes.
Mantiendo el mismo semblante sombrío, Alexander se volvió hacia la dirección donde provenía la voz; aparentemente, no le sorprendió la improvisada aparición del joven.
"¡Vanessa! ¡¿Estás bien?! ¡Escuché disparos mientras estaba en el callejón haciendo lo que me pediste! ¿No te pasó nada?", exclamó el joven mientras jadeaba violentamente en busca de aire.
"Eugene, llegaste demasiado tarde. ¡Jaja! ¡Seguramente te escondiste en un bote de basura mientras yo peleaba con esos pandilleros!", le respondió la chica de manera irónica pero también con cierta soberbia, como si sus acciones fueran vistas como proezas heroicas.
"¿Entonces te dispararon a ti? Bueno... ¡no me escondí! ¡Todo sucedió tan rápido que no me dio tiempo de llegar contigo para pelear a tu lado! Mira, incluso traigo dos armas conmigo. ¿Crees que me acobardaría sabiendo que tengo los medios para defenderte? ¡Deja de subestimarme!", le respondió Eugene, quien en lugar de dar una explicación, más bien parecía que trataba de justificar su cobardía. "Eugene, ahora veo por qué eres un auténtico Reinard. Esos imbéciles están tan acostumbrados a su vida de aristócratas, que su burbuja de provilegios y comodidades los ha convertido en seres débiles. Si quieres convertirte en un hombre que proteja a los demás, debes entrenar ese instinto que te dice que habrá peligro antes de que suceda", espetó Alexander con un tono serio pero implícitamente burlón.
"Alexander, mi familia no tiene nada que ver con esto. Ser un Reinard va más allá de la fama y la fortuna. Hoy acompañé a tu hermana porque sé que este es un barrio peligroso y seguramente necesitaría de mi protección. ¿Acaso eso no demuestra que soy diferente a los demás jovenes acaudalados que solo se dedican a gastar el dinero de sus padres? Además, tú me lo pediste", Eugene se puso a la defensiva y cualquera podría decir que no le temía a Alexander, aunque su comportamiento un tanto infantil hacía ver esto como un berrinche y no como un reclamo.
Vanessa estaba distraída jugando con su perro Dóberman, pero cuando escuchó lo dicho por Eugene, de inmediato se volvió hacia el hombre: ¡Hermano! ¿Tú le pediste que viniera? ¡¿Por qué?! Ya tengo edad suficiente para salir sola a emprender mis 'negocios'. Esto es bastante injusto y vaya que me indigna demasiado", luego fijó la mirada en el joven y continuó: "Eugene, te aprecio mucho y agradezco que de vez en cuando me hagas compañía, pero lo nuestro ya terminó y creo que sigues malinterpretando la relación que hay entre nosotros. ¡Solo somos amigos! Oye, te mandé al callejón a separar la basura del bar solo para que me dejaras sola por un rato. No quiero ser mala contigo, pero no encuentro la manera de hacerte entender eso. ¿Mi hostilidad no te dice nada? Además, ni siquiera te asomaste cuando empezó el altercado de hace un rato. Llamé a Duncan y afortunadamente llegó a tiempo para salvarme. ¿Qué hubiera pasado si en lugar de llamar a mi fiel compañero, te hubiera llamado a ti? ¿Estaríamos aquí charlando tranquilamente?".
"Vanessa, ya se los expliqué. ¡No sabía que tú estuviste involucrada! ¡Demonios! ¿Qué tengo que hacer para que tu hermano me acepte como su cuñado?", la última frase que pronunció Eugene salió por accidente, ya que el chico de inmediato se tapó la boca y sus ojos se abrieron de par en par.
Invadida por la ira, Vanessa ni siquiera lo pensó y lanzó un fuerte puñetazo directo al brazo del joven, el cual provocó que este último se encogiera por el dolor. "¡Eugene! ¡Mi hermano no puede decidir con quién puedo salir y con quién no! Y de todos modos, si él te lo hubiera dicho, tienes que pedírmelo a mí! ¡No soy un jodido objeto que pueda ser subastado! Agradece que eres mi amigo, porque de otra manera, ¡ese puñetazo habría aterrizado directo en tu horrible cara!", tras dejar salir su frustración, la chica se volvió hacia su hermano con el puño en alto, pero en lugar de golpearlo de la misma manera, simplemente le dijo: "Tú me caes mejor, así que te perdono, idiota".
"Eugene, hasta tus palabras carecen de la firmeza que se requiere para que se sostengan por sí solas. Mira, hagamos un ejercicio para demostrar mi punto. Anda, préstame la navaja y la pistola que trajiste contigo", le dijo Alexander mietras le tendía la mano. Apretando los dientes por culpa del dolor que sentía en el brazo, el joven sacó las armas que llevaba y las entregó tímidamente.
Debido a que esta era una de sus especialidades, el hombre solo se tomó un minuto para analizarlas. "Listo. Estoy seguro de que ninguna te pertenece. La navaja tiene empuñadura de oro, por lo que solo hay dos posibilidades: le perteneció a un traficante extravagante, o a algún hombre adinerado que sería capaz de bañar en oro a su propio hijo. En cualquiera de ambos casos, esta navaja nunca ha sido clavada en ninguna criatura, mucho menos en un ser humano. Seguramente la utilizan para abrir las envolturas de las revistas donde aparece tu familia y regodearse en su vanal opulencia. En cuanto a la pistola, me arriegaría diciendo que fue disparada más de 30 veces. Está casi nueva y parece que alguien la dejó olvidada en algún cajón de tu mansión. Seguramente tu padre se emocionó con alguna película de policías y ladrones y se la compró para jugar con sus amigos. Ni siquiera se utiliza con balas de verdad. Dispara balínes inofensivos, mira", Alexander hizo una pausa, y después de alzar el arma en dirección a su vehículo, accionó el gatillo sin siquiera dudarlo. Una leve detonación sonó de repente, y el balín que salió disparado no le hizo ni un solo rasguño a la ventanilla del vehículo; las camionetas blindadas obviamente eran capaces de soportar impactos mucho más poderosos.
"Eugene, en menos de 10 minutos haz cometido demasiados errores. ¿De verdad crees tener lo que se requiere para ser el novio de mi hermana? En primer lugar, no debiste darme tus armas. ¿Sí sabes que a mí me gustan mucho estos juguetes, verdad? Mis manos ansían probarlos con algo que se mueva", el hombre arrojó la navaja hacia un cesto de basura que se encontraba cerca y comenzó a desarmar la pistola que tenía en las manos. Después, él arrojó las piezas del arma al piso, justo a los pies de Eugene. "Demuestra que vale la pena conservar tu mísera vida. Tienes dos minutos para volver a armar tu pistola de juguete. Si no lo logras, te mostraremos como funciona un arma de verdad", dicho esto, Alexander le hizo un gesto a uno de sus guardaespaldas y señaló a Eugene. Uno de ellos se les acercó, y después de sacar un arma, encañonó al joven directo a la cara.
"¡Alexander! ¡No, por favor! Yo... Yo... no sé cómo hacerlo. ¡Déjame ir! ¿Cuánto dinero quieres? ¡Traigo bastante conmigo! Y si no es suficiente, ¡puedo llamara a mi padre para que te deposite todo lo que quieras!", Eugene comenzó mientras entrelazaba sus manos y se arrodillaba en el piso.
"Van 30 segundos y contando...", le dijo el hombre sin inmutarse, como si las súplicas del joven fueran los chillidos de un animal que estaba a punto de ser sacrificado. "Eugene, por amor de Dios, ¡este imbécil solo está bromeando! Mira, él siempre va escoltado por 7 camionetas. Aquí solo hay 5. Las otras dos fueron con Joseph para evitar que interviniera. ¿De verdad crees que tu guardaespaldas se quedaría parado sin hacer nada al ver que alguien te apunta con una pistola?", espetó Vanessa de repente, quien aprovechó todo el drama para quitarse los accesorios de limpieza que todavía llevaba puestos.
En la ciudad de Racketdale, como en todo lugar, había varias familias nobles como los Granth. Aunque estos últimos eran considerados los más ricos y poderosos, las demás familias tenían lo suficiente para llevar vidas estrafalarias y cómodas. Los Reinard, familia de la cual provenía Eugene, era una de ellas. El joven era quien heredaría y administraría la fortuna de su familia, por lo que un solo guardaespaldas custodiándolo parecía poca cosa. Sin embargo, él también se escapaba de casa a escondidas, y el único guardaespaldas que toleraba su desobediencia, Joseph, era quien siempre lo acompañaba en estas andanzas. Los Reinard estaban muy molestos con esta situación, pero no culpaban a su inocente angelito y todo su odio se centraba en Vanessa, la mujer de la que Eugene estaba perdidamente enamorado desde hacía mucho tiempo; él escapaba solo para poder estar a su lado, esto a pesar de que la chica nunca se lo pedía.
Recuperando un poco de su dignidad después de lo dicho por Vanessa, Eugene se levantó lentamente y no dijo nada. Alexander simplemente tarareó de manera burlona ante el silencio del joven y después hizo un gesto para indicarles a todos que era hora de marcharse.
"Eugene, demonios, odio verte así, pero tú aceptaste someterte a la prueba de mi hermano. Dile a Joseph que lo siento mucho. Anda, no estés triste. Hay algo que te pondrá muy feliz. Toma esta ropa y llévasela al Sr. Bell. Le pertenece. ¡Ah! Y dile que separaste la basura que hay en el callejon del bar. Él paga muy bien por esa clase de trabajos. ¡Adios!", le dijo Vanessa de todo corazón. Aunque cualquier otra persona adinerada pensaría que estas eran puras burlas, la chica estaba siendo sincera; su extroversión muchas veces hacía que todos la malinterpretan, pero esto nunca fue motivo para que dejara de ser ella misma.
Una vez que la caravana de camionetas se marchara del lugar, un hombre corpulento llegó corriendo con Eugene y le habló con suma preocupación: "¡Sr. Reinard! Disculpe, no pude venir con usted. Los hombres del Sr. Granth me interceptaron y hasta pensa pude venir a ayudarlo. Lo siento...". "Joseph, ya te he dicho innumerables veces que odio que me hables de una manera tan formal. ¡Dime Eugene!", le espetó el joven mientras tenía la mirada perdida en la dirección por donde se marchó su amada. 'Vanessa, juro que algún día serás mía. ¡Solo yo soy digno de tu amor!', se dijo Eugene a sí mismo con gran determinación.
En el interior de uno de los vehículos.
"¡Hermano! ¿Qué fue eso que pasó hace un momento? ¿Tomaste clases de actuación o algo por el estilo? ¡Estuvo fenomenal!", exclamó la chica mientras daba una serie de leves golpes sobre el brazo del hombre que iba sentado a su lado.
"¡No lo sé! ¡Creo que me lo tomé muy en serio, hermana! Rayos, me siento terrible cada vez que trato a la gente de esa manera, sobre todo con Eugene. ¡Ese muchacho es tan noble! Debo hacer algo para compensarlo", le respondió Alexander, quien ahora parecía un hombre totalmente diferente con la expresión incrédula y amigable que tenía en el rostro.





