La Mujer del Diablo

Dos años después. 

Ian

En los últimos años siempre he mantenido la costumbre de visitar de vez en cuando a la madre de Katherine. No lo hago cada semana, ni cada mes, pero siempre lo hago y me siento con la correspondencia de hacerlo. Su casa sigue igual, con el mismo color y las mismas cosas que había antes. Si visito a su madre es porque cada que vengo me recibe una casa hogareña. Una casa donde se huele el hogar. Se huele la nostalgia. Se huelen los años a cuando era un adolescente y permanecía con Katherine fuera de su puerta tonteando.

Daría lo que fuera por volver a ser un adolescente. Por estar con las personas que quiero. Daría todo el dinero si hubiese una oportunidad de hacerlo.

Pero claramente eso no se puede.

Me despojo de todos mis pensamientos al pasar los segundos y decido tocar el timbre de la casa. Hace tres meses que no venía por cuestión de tiempo y ocupaciones, sin embargo, no me sorprende escuchar los pasos apresurados por dentro. 

La puerta se abre con lentitud, y la madre de Katherine me sonríe.

—¡Ian! —saluda, abriendo por completo la puerta —. Milagro que apareces, muchacho. Me has tenido rezando por ti.

Suelto una risita para no parecer tan hosco y permito que me dé un leve abrazo antes de introducirme en su casa.

—¿Cómo ha estado, señora? —inquiero, sentándome en el mismo sillón que uso cada que la visito —. ¿Sus hijos no están?

—Muy bien, me da gusto verte por aquí  —la madre de Katherine se sienta frente a mí y la miro. Se le nota la pesadez en sus hombros. Se le nota lo mucho que le afectó perder una hija en sus ojos —. Y no, aunque ya deben venir de la escuela.

—¿Han estado bien? —pregunto, a lo que ella asiente con la cabeza —. Yo vine rápido en realidad, tenía tiempo que no me pasaba por aquí.

—Tres meses, exactamente —menea la cabeza y se pone de pie —. ¡Y tienes suerte! Porque justamente acabo de preparar un pastel de carne y está recién salido. Al menos si no tienes tiempo de comer aquí puedes llevarlo para cuando tengas tiempo de comer.

Si acepto comida de alguien, solamente me confío en Viktoria, Raúl, mi tía y la madre de Katherine. Aprendí la lección de no comer cualquier cosa que viniera de otra persona después de que me quisieran envenenar.

La sigo a la cocina cuando me hace una seña y ella no pierde tiempo en buscar un tupper para poner la comida para llevar.

—¿Y Raúl? ¿Él está bien? —sus preguntas siempre las espero, porque siempre las hace. Después de todo mi primo sería su yerno.

—Sí, él está bien. Me dijo que hace dos semanas la vino a ver.

—Sí... tan cambiado que está ahora. Mi hija y su buena decisión por él.

Medio sonrío por la mención y miro con atención la manera rápida en la que guarda la comida en el tupper. 

—Ayer visité a Katherine —comento, bajando la mirada hasta mis zapatos—. Tenía muchas flores.

—Cuando vino Raúlito fuimos los dos juntos y ya te imaginarás, quería llevarse la florería completa —se ríe con un poco de gracia y se planta frente a mí para entregarme la comida.

Tomo el tupper que es de color rojo transparente y saco del bolsillo de mi pantalón dinero para dárselo. No me pide nada, sin embargo, es un gesto que me nace. Porque sé que está sola y tiene a cargo a más hijos que mantener. El dinero que le puedo proporcionar no me es un dolor. Es como quitarle un pelo a un gato. Esta vez yo soy como el gato.

—No te preocupes, Ian, guárdate ese dinero —me da un manotazo con confianza —. No lo voy a aceptar. Si me alegra que vengas no es por eso, es porque sé que estás bien.

La miro a los ojos e intento por no darle una mala mirada. —¿No me lo va a aceptar?

—No.

Entrecierro mis ojos. —De seguro sus hijos lo van a ocupar, en la escuela son muchos gastos. Yo gastaba en cualquier cosa. 

Se cruza de brazos. —No, Ian, estamos bien. Me está yendo excelente en el trabajo.

Aspiro aire por la nariz y ya no insisto más, porque sé que no cambiará de opinión, siempre sucede lo mismo, me lo niega, yo ya no insisto y cuando estoy por irme dejo el dinero a lado de mi florero de la mesita del centro. Al menos ya no puede devolvérmelo porque aparezco cada tres meses.

—Bueno —asiento —. Pero si necesita algo solo llámeme. Ya sabe a qué número.

—Claro, muchacho —salimos de la cocina y espero atento cualquier momento de distracción por su parte —. ¿Vendrás en otros tres meses? 

—Sí puedo vendré antes —respondo, y el momento esperado llega. Con disimulo dejo el dinero en la misma parte de siempre y me enderezo cuando termino.

—¿Estás muy ocupado por ese nuevo club que vas a abrir? —cuestiona, con curiosidad —. ¿Cómo dijiste que se llamaría? ¿La suerte?

Niego con la cabeza, divertido. —La Fortuna, así se llama. Y ya en esta semana será la inauguración, por eso he andando más ocupado.

Siento mi celular vibrar en una llamada y me encamino a la puerta. 

—Qué bueno. Cuídate mucho, Ian —cuando abre la puerta me da un apretón en el hombro —. Espero que sí estés bien y no me lo digas solo por compromiso.

La tensión en mis hombros se instala. Es notorio la razón por la cual me dice eso.

Sin embargo, solo me despido de ella y me encamino a la camioneta, donde Viktoria me espera.

♣️

«Los caballitos de mar mueren de amor.» me informó Viktoria, cuando le encargué remodelar la nueva oficina del club y encontrarme con una pecera con la pareja de dos caballitos. 

«Son de esas especies que eligen a una pareja «para toda la vida», una vez que uno de ellos muere pasa muy poco tiempo antes que muera el otro, por eso se dice que los caballitos de mar mueren de amor.» 

La idea de matarme aún sigue cruzando muchas veces en mi cabeza, pero aquí sigo. Aún.

Observo a los dos caballitos en la pecera y me cruzo de brazos. Uno es en tono amarillento y el otro blanquizco. Es una compra que no necesito, pero que se lo permití porque ya los había mandado a pedir.

La puerta es abierta y el sonido me distrae. Volteo y veo a Viktoria adentrarse con las cejas fruncidas.

Desde que la conocí y la traje por un mes conmigo me di cuenta que es una mujer que durante toda su vida ha sufrido. En cierta parte algo en ella me recuerda a Katherine, aunque tal vez solo sea un sentimiento de evitar que ella pudiera terminar como lo hizo la pelirroja, porque motivos tiene muchos.

Me contó que su mamá murió de Sida cuando ella tenía trece. A su padre jamás lo conoció. Tenía un hermano mayor, pero andaba en malos pasos y lo mataron. A sus quince años se quedó a vivir con una tía, pero el esposo de la tía intentó abusar de ella. A los dieciséis años se trató de suicidar aventándose de un puente, pero no logró hacerlo. Conoció a una amiga a sus veinte y juntas cruzaron la frontera, pero su amiga se perdió en el camino y tiempo después supo que murió ahogada. Estuvo trabajando como mesera en distintos restaurantes, hasta que a el 40 se le antojó tenerla.

Si alguien conocía el sufrimiento de la vida es Viktoria.

—¿Qué haces aquí? ¿Por qué no bajas? —pregunta, colocándose a mi lado para admirar los caballitos de mar —. Abajo ya está Gabriel con una mujer que ni conozco, y Raúl. Ya tienen como una hora. Incluso creo que Gabriel se fue a coger en los baños de tanto esperarte.

—Ya iba a bajar —contesto, despegando por fin mi mirada de la pecera para mirar a Viktoria. Desde que está conmigo ha cambiado en todos los aspectos, desde físicamente hasta interiormente. Su cabello antes era rosado por las puntas, y ahora es oscuro. Y su manera de vestir también le ha evolucionado. Cómo ahora, que tiene un pantalón de cuero apretado y una blusa con un escote que ni siquiera quiero voltearle a ver —. Solo estaba mirando los detalles de aquí.

La oficina es una muy moderna, y también amplia. Tiene lo necesario. Los colores de la pared son claros, y con un ventanal grande que da la vista a las calles de abajo. 

—¿Ya sabes a qué contador vas a contratar? —hago una mueca, y por instinto coloco mi mirada sobre los expedientes encima del escritorio —. No puede ser que aún ni siquiera le hayas llamado a uno, pinche flaco. Ya vas a inaugurar y no tienes ni contador.

Le doy una mirada fría a Viktoria por su manera molesta de llamarme. Tiene unas maneras de hablar y unas palabras coloquiales de las que nadie se salva.

—Los revisaré mañana cuando regrese de dejarle el paquete a Gabriel.

Viktoria se encoge de hombros y me incita a que ya baje. 

Compré una zona transitada que estaba abandonaba y pagué para construir un nuevo club. Opté por llamarlo la Fortuna. Es de tres pisos, primer piso es para gente mayor de veintidós, y el segundo es para gente con buen historial crediticio. El tercero solo es para la oficina y los cuartos de limpieza y bodega. 

Cuando las puertas del elevador se abren salgo junto a Viktoria. Está vacío, a excepción de que en la larga barra que hay están las personas que me mencionó Viktoria.

—Hasta que te dejas ver —dice Gabriel, en cuanto me acerco a ellos —. Ya ni te presentas personalmente a dejarme los encargos. Ya solo me mandas a tus otros trabajadores.

Estrecho mi mano con la suya en un saludo y me palmea la espalda. 

Conozco a Gabriel hace aproximadamente año y medio. Y aunque fue por meros negocios al pasar el tiempo también de vez en cuando nos tomamos unos tragos para relajarnos.

—Ocupaciones de la vida, ¿qué te digo? —comento, y poso mis ojos sobre su acompañante. Es una mujer de piel bronceada, con el cabello oscuro y ojos felinos. Ella me sonríe con un indicio de coquetería que decido pasar por alto y vuelvo a enfocarme en Gabriel —. ¿Ella es tu mujer? ¿La mujer de la que tanto me hablas?

Gabriel aplana sus labios y se aclara la garganta. Ella se pone notablemente incómoda y fastidiada que decide ir a pedirse un trago, alejándose de nosotros.

Él es alto, pero no me rebasa a mí. Quizás mide el metro con ochenta. 

—No —responde, tomando un sorbo de su vaso con tequila. Levanto mis cejas sin sorprenderme —. Mi mujer está más preciosa, pero ya me entiendes... una es para tu vida y otra para un... rato.

No, no lo entiendo, pero no trato por contradecirlo. Lo que sé de él es que está muy "enamorado y feliz"  con su pareja. Que piensa casarse y tener hijos. Nunca he tenido interés por saber siquiera cómo se llama su novia, por lo cual nunca le he preguntado.

Frente a mí aparece un vaso con tequila que me manda Viktoria, y con la confianza de que es ella quien me lo manda bebo un sorbo.

—Ya —digo, y le doy una mirada la mujer que es la amante. Ella habla con Raúl y con Viktoria, aunque ciertamente la última la mira con cara de mal genio. Común de ella —. ¿Y cómo se llama tu aventura?

—Se llama Pamela —responde, y Viktoria tras su espalda resopla cuando se nos acerca.

—Nombre de prostituta —rueda los ojos y centro mi atención en otro punto para evitarme burlarme —. Yo que tú tendría cuidado, ya anda preguntado si Ian está soltero.

Gabriel se encoge de hombros, despreocupado. Está claro que no le interesa, después de todo sólo la tiene por diversión. —Tampoco es como si me importe si me da exclusividad.

Viktoria le eleva las cejas. —No debería dártela. Eres un infiel de cuarta. Pobre de tu mujer.

Me bebo de un solo trago el líquido ardiente, entretenido y el celular de Gabriel comienza a sonar en una llamada. Cuando él lo saca el miedo surca sus facciones, por lo que deduzco que es su mujer quien le llama.

—Voy a contestar, ¿pueden no hacer ruido? Le dije que estaría aún en el gimnasio —Viktoria y yo nos damos una mirada cómplice y le asiento, mientras que acepta la llamada y se lleva el móvil a la oreja —. ¿Qué pasó, amor? Sigo aún aquí en el gimnasio, pero ya estoy por terminar y... 

—No puedo creer que los hombres sean así de idiotas  —espeta Viktoria a mi lado en voz baja —. ¿Y sabes qué es lo peor? Que cuando andan de infieles siempre engañan a la novia con una más fea.

—No conocemos a la novia como para decir eso —alego. 

—Ha dicho que viene de una buena familia, y que tiene clase. Me imagino a una mujer elegante.

—Ya voy para ya, para que me esperes, ¿sí? —Gabriel se aclara la garganta cuando su amante se le acerca con toda la intención de molestarlo —. No tardo más de media hora en llegar.

Su amante se le pega al costado de la cabeza y comienza a murmurarle cosas al oído. Desvío la vista, ignorándolos y doy otro vistazo al interior del club.

Será un club de apuestas también, para eso es el segundo piso, y por esa razón se pide buen historial crediticio.

—Creo que debo irme —avisa el infiel, luego de terminar la llamada —. ¿Mañana vas para el gimnasio a entregarme lo acordado?

—Sí, pasaré a dejarte eso personalmente —me mofo de él, notando la intensidad con la que Pamela se lo quiere llevar —. Ya vete antes de que te descubran y se te cancele en el futuro la boda. 

♣️

Desciendo de la camioneta y volteo hacia los lados para comprobar que no hay alguien mirándome. Es un callejón donde siempre me estaciono, pero sé que hemos levantado sospechas de la gente porque siempre ven camionetas o carros polarizados. Escondo el paquete forrado de papel periódico en mi brazo y camino a la puerta de emergencia del gimnasio. 

El gimnasio de Gabriel es uno muy popular y concurrido en la ciudad. Se llama Atlas Gym, y la razón por la que lo conocí fue para proveerle mercancía que se encargaba de vender con su mismas personas inscritas. 

Subo las escaleras metálicas, sabiéndome el camino de memoria y me retiro los lentes de sol para ver la claridad y luz natural del lugar. 

Se escucha mucho ruido, de las personas hablar, de las maquinas encendidas y de la leve música que suena desde la recepción en la entrada.

Llego a la oficina y a través del cristal visualizo a Gabriel sacando documentos de una caja blanca. Su oficina no tiene ninguna privacidad. Las paredes no son de concreto o tabla roca, son de cristal.  

Empujo la pesada puerta y su atención se centra en mí. Le doy un asentimiento con la cabeza de saludo y le dejo el paquete forrado sobre su escritorio.

—Aquí está lo acordado—murmuro, metiéndome las manos en los bolsillos del pantalón.

Gabriel inspecciona el paquete y después abre un cajón del escritorio y saca una faja de billetes que me tiende.

—Aquí está el dinero —lo tomo en mi mano y no pierdo el tiempo en contarlo. No tardo más de tres minutos cuando verifico que está el dinero completo —. Pensé que me mandarías otra vez a tus trabajadores. 

Él se pone de pie y saca una botella a medio empezar de ron. La sirve en dos vasos y me tiende uno.

—Te mandaría a Viktoria pero me dijiste que jamás hiciera eso.

Por supuesto que no quiere que le mande a Viktoria para dejarle encargos. No quiere levantar sospechas contra su mujer. Tengo que admitir que al menos es disimulado.

—Pues no, después van a pensar que tengo algo con ella y no quiero problemas. Imagínate que me la hubieras mandado hoy —hace una mueca sin querer imaginárselo —. Justamente hoy cuando mi mujer está aquí.

Él se acerca al ventanal para mirar la perspectiva desde abajo y su dedo índice señala un punto específico.

Me bebo de golpe el líquido ardiente y lo observo sonreír con orgullo. —¿Quieres verla pelear? Es muy buena.

Frunzo las cejas, y me recargo en su escritorio.—¿La enseñaste a pelear?

—Sí, ella me lo pidió —vuelve a señalar el mismo punto en el cristal —. Mírala.

Lo dudo, porque no me interesa demasiado su vida, pero la curiosidad me asecha, y recuerdo vagamente a la mujer con la que estaba anoche y al comentario que hizo Viktoria.

Me acerco al ventanal junto a él y navego mis ojos entre todas las personas. Gabriel me señala a dos mujeres, una tiene guantes negros y la otra de color rosas. No las puedo ver con claridad a ninguna de las dos, porque están en movimiento.

—¿Cuál es? —inquiero —. ¿La de guantes rosas o negros?

—La más guapa.

Evito resoplar con fastidio.

—No puedo ver bien a ninguna de las dos.

—Bueno, la que pelea mejor. 

Analizo los movimientos de cada una y mi atención se la gana la de los guantes negros. Tiene más seguridad y calcula mejor sus golpes. Y aunque están en entrenamiento parece ser una pelea real.

Me centro totalmente en ella, entretenido con verla pelear y casi quiero sonreír cuando la veo dar un golpe y mandar a su compañera al piso. El hombre que las entrena acude a la que ha caído, mientras que la responsable se retira los guantes y las vendas de las manos.

Mirándola de espaldas y sin moverse noto que es de cabello corto, calculo que le llega por debajo de los hombros de no ser porque trae una coleta mal hecha. 

Frunzo aún más las cejas, enfocando mi vista con atención y dejando atrás la curiosidad. 

No es tan alta, y es delgada, pero tiene las proporciones en su lugar correcto. 

De pronto siento una corazonada, porque conozco esa silueta.

Conozco ese cuerpo. Conozco esos hombros. Esa espalda. Y esas piernas.

La conozco a ella aún sin verla a la cara.

—Se llama Danielle —una llamarada de algo desconocido se ajusta en mi estómago por escuchar ese nombre después de tanto —. Es contadora, y sabe tres idiomas: alemán, francés y español.

Desvío la mirada del ventanal. Ella no se voltea. No siente nuestras miradas intensas todavía.

Quizás ni sea la misma Danielle que yo conozco. Quizás solo es una coincidencia. Hay muchas Danielle, y el trabajo de contaduría es muy común. ¿No?

—¿Es a ella a quien le pones tanto el cuerno? 

Él voltea hacia todos lados, temiendo de que alguien me escuche y se descubra su verdad. —Pero ella es la mujer con la que quiero estar, y la otra es solo de un rato y no tiene comparación ni nunca la tendrá.

Niego con la cabeza, y otra vez poso mi vista sobre ella. Se agacha con gracilidad y recoge unas cuantas cosas del piso. Después se pone de pie y por fin le veo la cara.

Las mismas facciones, los mismos ojos marrones, los mismos labios rosados. La misma cara que me dijo alguna vez que fui su primer amor.

Sí es ella. 

Es la Danielle que yo conozco. La misma mujer que amé con locura. Todos los recuerdos de todos los momentos que pasé con ella navegan por mi cabeza, porque me es imposible olvidarla.

Cierro mis ojos por un momento y doy un paso hacia atrás, para que no me vea. La llamarada de coraje y decepción se ascienda más en mi interior. 

¿Con qué tipos se le ocurre meterse? Yo pensaba y juraba que se quedaría con Adrián. 

Mínimo él no le pondría el cuerno.

Meneo la cabeza, dejando el vaso vacío sobre la mesa. —¿Cuánto llevan juntos?

—Cumpliremos tres años.

Paseo mi lengua por mis muelas y me cruzo de brazos, mirándolo saludarla a través del cristal. 

—¿Y dónde trabaja? —pregunto, apretando la mandíbula, tratando de sonar desinteresado, aunque lo estoy más de lo que quisiera. 

—Es la contadora de la finca Los pinos —intento por recordar si alguna vez he escuchado ese nombre, pero mi mente está distraída por la sorpresa —. Está preciosa, ¿no?

—Sí –concuerdo con él sin pena o sin el miedo de que no le parezca correcta mi respuesta. Y es que aún sin verle la cara de cercas sé que la respuesta siempre será afirmativa  —. Lo está.

—Te la presentaré, ya viene hacia acá.

Todas mis alarmas se activan inmediatamente y actúo con el impulso de marcharme para no ocasionar un encuentro que ninguno de los dos esperamos. 

Sabía que la volvería a encontrar en algún punto, quizás buscándola dentro de unos años para contarle la verdad, no pero esperable encontrarla y saber que es la novia de un infiel que vende drogas dentro de un gimnasio.

—No, no hace falta —niego, con la necesidad de irme y con la adrenalina corriendo entre mis venas —. De hecho ya tengo que irme lo más rápido. Me están surgiendo unos problemas con una entrega.

Parece decepcionado porque quiere presumirme a su mujer. La mujer que podría haber sido mía.

—¿En serio? No llevas ni quince minutos aquí.

Aclaro mi garganta. —Lo sé, pero mi celular no ha parado de vibrar —miento, acercándome a la puerta para ya marcharme y volviendo a ponerme los lentes de sol por si acaso —. Tengo llamadas que atender.

—Va, me saludas a Viktoria y al Alacrán.

Salgo de su oficina con apresuro y bajo los escalones manteniendo la cabeza gacha. Cuando salgo por la salida de emergencia suelto el aire que estaba conteniendo sin darme cuenta y le doy una última mirada al edificio del gimnasio.

Saco mi celular personal del bolsillo de mi pantalón y no pierdo tiempo en llamar a Viktoria. 

Subo a la camioneta, esperando que me conteste la llamada, y enciendo el motor cuando la acepta.

—Necesito que me investigues quién es el dueño de la finca Los pinos y a su contadora —hablo, ahorrándome el saludo a través de la línea. Vivimos juntos, así que eso está de más —. Dile al Hacker que lo haga y cuando lo sepas me avisas. Te daré algo para que se lo hagas llegar.

—¿Vas a extorsionarlo? —indaga, cómo si fuera la cosa más normal del mundo —. ¿Te debe dinero? 

Me recargo en el asiento y busco la cajetilla de cigarros para extraer uno y prenderlo. Bajo un poco la ventanilla para que el humo tenga acceso de salida y le doy la primera calada, sin siquiera dudar de mi respuesta. 

—No. Solo quiero que despida a su contadora.

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