La Mujer del Diablo

Danielle

En la pared del pasillo hay una gran mancha de humedad que se expande hasta donde está mi habitación. No sé qué problema hay en la tubería del baño, pero sé que debe estar rota y por eso es la razón de la humedad en la pared. 

Suelto un resoplido, frustrada, y miro que la pintura comienza a despegarse, dándole un feo aspecto de descuidado.

Busco mi celular y cuando lo tengo en mi mano llamo al número de Gabriel. Coloco la llamada en altavoz y me recargo en la lisa pared, continuando mirando la humedad que comienza desde la esquina.

—¿Qué pasó, amor? —responde al segundo timbrazo, y las comisuras de mis labios se elevan por escuchar su voz —. Sigo aún aquí en el gimnasio, pero ya estoy por terminar y cerrar.

—No quería molestarte, pero como ya es un poco tarde me preocupé —respondo, lamiendo mis labios, y sintiendo una gota de agua escurrir por mi cabello hasta caer en mi hombro —. Dijiste que vendrías a dormir conmigo y te estoy esperando. Y bueno... —suelto una risita y me encamino al salón principal —. Quería saber si puedes venir a revisar qué problema tengo con la tubería del baño, la pared sigue humedeciéndose más y más.

Espero su respuesta o cualquier sonido en la línea y arqueo mis cejas, verificando si no he colgado la llamada por error. Veo los segundos contar y después de unos segundos más puedo volver a escuchar la llamada.

—Ya voy para allá, para que me esperes, ¿sí? —se aclara la garganta, como si estuviese distraído o nervioso, aunque igual, solo puede ser una idea en mi cabeza —. No tardo más de media hora en llegar.

—Está bien —acepto, ansiosa —. Ten cuidado de regreso. Te amo.

Él me responde que igual me ama y cuelga la llamada.

Dejo mi celular a mi lado en el sofá y paseo mis ojos por todo mi apartamento. Es el mismo que me regaló mi madre cuando cumplí años: es un apartamento amplio y moderno, y en una zona muy tranquila. Consta de la sala de estar, la cocina, un pasillo largo con acceso al cuarto del baño y mi habitación al final. Sin embargo, el apartamento ya necesita mantenimiento en ciertos lugares por los años que pasó abandonado, por esa razón el colchón de mi cama no está en mi habitación, porque la gotera de agua se ha pasado hasta allí.

Así que mi colchón por ahora permanece donde es la sala, específicamente en la esquina. Aunque en realidad no tengo tantos muebles, apenas he comenzado a comprar de poco a poco. Mi sala solo tiene una televisión incrustada a la pared, con un sofá mediano y con un espejo rectangular de un metro con sesenta.

Y en la cocina solo tengo lo necesario para sobrevivir: estufa, licuadora y microondas. Ni siquiera tengo una vajilla de platos presentables. En mi alacena hay al menos cinco platos de Hello Kitty que compré en el Walmart con sus respectivos vasitos de plástico.

Ni siquiera es muy apropiado para mi edad, pero lo bueno es que no recibo visitas.

Extiendo mis brazos en el respaldar del sofá y suspiro, esperando que pasen los minutos rápidos para que llegue Gabriel.

Gabriel Von Humboldt. El mismo hombre que conocí en un aeropuerto se hizo mi novio.

Alto, de piel tostada por salir mucho bajo la luz del sol, cabello castaño, sonrisa encantadora y una ligera barba. 

¿Qué le puede faltar? Si hasta el apellido tiene bonito.

Ciertamente fue inesperado encontrarlo en el momento más inoportuno que cursaba en mi vida, pero eso fue muy necesario para obligarme a olvidar al hombre que tuvo por mucho tiempo mi corazón en sus manos. Gabriel me ayudó a dejar atrás a la antigua Danielle.

Al principio él y yo solo congeniamos en nuestro vuelo, pero después nos convertimos en dos personas que salían por unos cuantos tragos a un bar para desestresarnos de nuestras labores y desahogar nuestras penas, y conforme pasaba el tiempo la atracción que comenzaba a formarse entre nosotros era muy evidente, tanto que decidí darle una oportunidad.

Estuve tentada a no hacerlo y regresarme a la ciudad, pero no merecía que le hiciera algo así, entonces decidí centrarme solo en él. Lo conocí más a fondo, ya sobrios y sin la necesidad del alcohol, y supe que extendió su estancia en Londres solo por mí. Solo por quedarse más tiempo conmigo.

Cuando culminé mi carrera en la universidad él me consiguió mi primer trabajo en un negocio en nuestra ciudad natal. Y hoy aquí estamos, por cumplir tres años de noviazgo.

Mi vida ha pasado por distintos cambios radicales; ya no soy la misma adolescente de diecisiete años que cometía errores, ni la misma de veintitrés que seguía aferrada a un amor imposible. Los años que he estado lejos y con mi mente enfocada en mí me han ayudado en muchas cosas. A forjar mi carácter, a tener más orgullo, más amor propio y... también más responsabilidades económicas.

Mis padres han perdido casi todo lo que alguna vez tuvimos. Aquella casa grande donde antes viví toda mi adolescencia fue vendida, y mi madre ahora tiene que vivir en un modesto departamento, igual que mi padre y mi hermano. Y a pesar de haber perdido todo cada uno aún tiene deudas que pagar, y yo me siento con la responsabilidad de ayudar. Al menos a mi madre, quién es la que está más endeudada.

Me levanto del sofá para no seguir pensando en deudas y observo mi cuerpo en el espejo que hay. Tengo mejor cuerpo desde que comencé a entrenar en el gimnasio de Gabriel. Es la ventaja de ser su novia: que tengo acceso a hacer ejercicio gratis.

Me levanto la camisa blanca, dejando al descubierto una de mis nalgas y miro el tatuaje de un corazón relleno. 

Al regresar a Londres tuve la obligación de retirarme el tatuaje del nombre de Ian, porque ya debía desaparecer todo rastro de lo que alguna vez fue. Y también porque no quería que Gabriel se incomodara con verlo cada que teníamos intimidad, porque los chicos con los que estuve en mis primeros años de universidad me dijeron que lo arruinaba un poquito.

Fue un proceso muy difícil dejar a Ian atrás, porque aunque más quería olvidarlo menos podía, pero tomar terapia psicológica por unos meses me hicieron sanar y sentir mucho mejor.

Pero a veces, solo a veces, muy rara vez, su recuerdo aún asecha mi mente, y la curiosidad de saber de su vida se adentra en mis venas, sin embargo, no me atrevo a preguntar qué ha sido de él, o a al menos concurrir a algún lugar de los que solía ir, no quiero saber, no me conviene verlo, porque cuando lo vea olvidaré todo y reviviré mis sentimientos. 

Y temo por eso. 

El sonido del timbre me saca de mis cavilaciones y meneo la cabeza. Me abro más la camisa blanca, dejando al descubierto mi lencería negra y me encamino para abrir.

Gabriel me sonríe en cuanto abro la puerta, pero su sonrisa tiembla un poco al ver la manera en la que lo recibo. Me pongo de puntitas para alcanzarlo y rodeo su cuello con mis brazos, estampando mi boca contra la suya.

Sus labios sabor a menta me devuelven el beso con la misma euforia y sus manos caen en mi cintura.

Hace más de una semana que ambos hemos estado muy ocupados, él en el gimnasio y yo con mi trabajo, por lo cual no hemos tenido un momento para estar juntos. Y mi cuerpo y mis ganas ya exigen atención.

Mis manos forman puños en las solapas de su camisa y lo meto dentro del apartamento. Cierro la puerta con la ayuda de mi pie y desabotono los botones de su camisa con agilidad. Una punzada pega directo en mi sexo y aprieto mis piernas, aligerando el dolor. 

Me separo de sus labios para mirarlo a los ojos y sonrío. Su piel ya no está tan bronceada a como lo conocí, pero aún sigue estando un poco tostada a causa de que sale mucho bajo el sol.

—¿Por qué tardaste tanto? —cuestiono, aventándolo hacia el sofá, en donde cae sentado —. Ya quería verte.

Me siento a horcajadas sobre él y muevo mis caderas buscando fricción para complacer mi necesidad.

—Eh... —traga saliva, y sus manos se anclan a mi cadera para sostenerme con fuerza y evitar que siga moviéndome sobre él —. Estaba muy ocupado con unos asuntos del gimnasio.

Entierro mi cara en su cuello, sin prestar tanta atención y aspiro su piel. Huele a perfume, huele demasiado, como si acabara de echarse antes de cruzar la puerta.

—Ah... —mordisqueo la piel de su cuello con suavidad y lo siento tensarse, pero no es tensión por tenerme arriba, es tensión como si estuviera incómodo con la situación. Levanto mi mirada hacia al de él y me levanto un poco con la ayuda de mis rodillas en el sofá, de tal manera que mis pechos quedan a la altura de sus ojos y boca. Las ganas de que los bese y los chupe crecen más y más.  —. ¿Nos echamos un rapidín?

Aplana sus labios y sus ojos observan mis pechos cubiertos por el sostén de encaje negro, pero no hace nada por quitármelo ni por besar. —Quisiera, pero es que estoy muy cansado y con dolor de espalda, ni siquiera podré hacerte sentir bien.

Niego con la cabeza, y paseo mis dedos por su cabello, despeinándolo. —No te preocupes, yo lo hago todo.

Sus manos me abrazan por la cintura y suspira. —Mejor mañana, ¿sí? Y ahorita solo durmamos.

El rechazo me hace sentir el estómago vacío. Nunca me había rechazado.

—Pero...

—Mañana, amor.

De pronto me siento como si estuviera mal sentir la necesidad de tener sexo. Me siento como si fuera una adicta o como si fuera una ninfómana que solo piensa en sí misma.

Asiento con la cabeza, dejo un leve beso en sus labios y me quito de encima de su cuerpo. 

—Está bien. Solo durmamos.

Gabriel me sonríe, se pone de pie y comienza a quitarse los zapatos y el pantalón, mientras que yo camino para apagar las luces, ignorando la molesta sensación de dolor entre mis piernas por no obtener lo que quería.

♣️

Sirvo en mi plato de Hello Kitty la sopa que quedó desde la mañana y miro a mi amiga llevarse una galleta a la boca a través de la pantalla.

Es una exageración que hablemos por videollamada, porque cualquiera pensaría que vivimos en la distancia, pero no es así. En realidad la he llamado porque estoy sola en el apartamento y no tengo otra cosa que hacer.

—¿Qué tal tu descanso? —me pregunta, mirándome por su celular. Tiene el cabello oscuro recogido en una coleta pulcra. 

Me sirvo refresco en un vaso y me siento en uno de los dos bancos de la barra.

—Normal, me desperté a las diez de la mañana, limpié el desorden que había, desayuné sola porque Gabriel se fue temprano al gimnasio, y acabo de llegar de entrenar —respondo, contándole mi día —. ¿Y tú? ¿A qué hora sales?

Mi amiga suelta un resoplido. La conocí en mi primer trabajo de contadora, ella es auxiliar, y como tiene mi misma edad logramos entablar una amistad que ha perdurado entre los dos últimos años.

—A las seis, pero debí haber estado fuera desde las cinco, pero no hay nada que me arruine el día, menos quedarme un poco más trabajando —comenta, con brillo en sus ojos y una sonrisa ladina.

—¿Y esa sonrisa a qué se debe? ¿Te tiraste a alguien y te dejó feliz y sin estrés?

Se ríe y me asiente con frenesí. Levanto una ceja y llevo una cucharada de sopa a mi boca.

—Sí, anoche. Me quitaron todo el malhumor con una buena empotrada en un baño.

Llevo mi mano a mi boca cuando una carcajada se me escapa sin permiso. —¡Pamela!

Se ríe junto a mí y meneo la cabeza, bebiendo del refresco para no ahogarme.

—Ahora que estamos hablando debemos ir al nuevo club que están por inaugurar —comenta, cambiando de tema y poniendo su celular desde otro ángulo.

Frunzo mis cejas. —¿Qué club?

Me mira indignada. 

—¿Es en serio que no sabes?

Me encojo de hombros. —No, no he oído nada.

—¿Ni de la fortuna? —indaga y niego sin pensarlo mucho —. Pff. Es un nuevo club que está muy guay. Las instalaciones por dentro me hacen sentirme como en un prestigioso casino.

Entrecierro mis ojos.

—¿Ya entraste?

—No, no, no, lo he visto solo por fotos.

—Ah.

—¿Gabriel no te ha dicho nada?

—¿Sobre el club? —asiente —. No, quizás tampoco sabe que inaugurarán uno nuevo.

Hace una mueca de duda y se acomoda su camisa de satén beige. —Bueno, como sea. Tenemos que ir. Está compuesto por dos edificios: uno es para gente normal y el segundo es para gente importante que tiene dinero.

Ladeo mi cabeza. —¿Y piensas que me dejarán entrar con mi humilde sueldo?

—Pues claramente con tu apellido sí, dah.

Niego, divertida. —Mi apellido ya no es tan importante, Pam.

Resopla. —Bueno, no sé cómo le haremos, burlaremos la guardia de ser posible pero hay que entrar. Quiero ir a ver a el dueño. Es joven y guapo. 

Levanto mis cejas. —¿Ah, sí?

—Así es... es alto, pelo oscuro y tatuado. 

—¿Y cómo lo conoces?

Pamela queda en silencio por unos segundos y se ríe forzosamente. —No lo conozco, pero escuché.

Continuo comiendo de la sopa en mi plato y la interrupción de otra llamada aparece en mi celular. Abro mis ojos con sorpresa cuando es el número personal de mi jefe.

—Te hablo más tarde, Pam, mi jefe está llamándome.

Cuelgo la llamada y respondo rápidamente, temiendo que se pierda. Llevo mi celular a mi oreja y trago saliva antes de contestar. No es muy normal que reciba este tipo de llamadas. 

—¿Sí? —hablo, con la voz formal, tamborileando mis uñas en el mármol de la barra, deseando internamente que no haya habido algún problema. 

—Danielle, una disculpa por molestarla en su día de descanso, pero necesito que se presente en la oficina de la finca con urgencia.

Me levanto del banco y mi corazón se agita en mi pecho. 

—¿Hubo algún problema con los libros?

Silencio.

—Solo preséntese en cuánto antes.

La llamada termina y suelto un suspiro, yendo hacia el armario en mi habitación y buscar ropa que se vea formal.

Mientras me enfundo un pantalón con rapidez  y unas plataformas de tacón pido el Uber. 

Porque sí, la situación económica es tan delicada que tuve que verme en la necesidad de vender mi carro para ayudar a mi madre a pagar la hipoteca de su apartamento. 

Me recojo el cabello húmedo en una coleta y la notificación de la aplicación me avisa que el Uber ha llegado. 

Bajo las escaleras con cuidado de no caerme y subo en los asientos de atrás del auto. El conductor me mira como si estuviera embelesado por el espejo retrovisor y cuando le levanto las cejas él se pone en marcha.

«Me han citado en el trabajo»

Le escribo a Gabriel y le mando el mensaje, que al segundo le es entregado.

«¿Puedes ir por mí? Tuve que tomar un Uber»

Cómo no obtengo una respuesta rápida guardo mi celular en mi bolso Birkin y me enfoco en mirar por la ventanilla. Había tenido que vender algunas prendas de marcas y algunos bolsos, sin embargo, sigo conservando algunos cuantos, aunque la ropa es de temporadas pasadas.

El conductor del Uber no demora tanto en llegar a la finca. Le pago lo correspondiente y atravieso la casilla de seguridad, saludando al guardia que ya me conoce.

Mi jefe es un señor cascarrabias. Es un jefe que tiene más de cincuenta años y que es machista. No ha perdido oportunidad de querer propasarse conmigo, pero nunca me he dejado siquiera intimidar. La idea de renunciar ha cruzado muchas veces en mi cabeza, porque estoy cansada de trabajar para él, pero recuerdo a mi hermano y su mensualidad y gastos que le pago. 

Me habría gustado que viviera a como yo a su edad, con lujos y todo lo que alguna vez yo tuve, pero sé que no es posible. Y me esfuerzo por al menos cumplirle uno que otro gusto. 

Toco la puerta de madera con mis nudillos y enderezo mi espalda. No sé para qué razón me ha citado aquí, pero espero que no sea para algo innecesario.

La puerta se abre y mi jefe me mira de arriba a abajo con morbo. Paso a la oficina, ignorándolo y lo volteo a ver.

—Buenas tardes... noches —saludo, nerviosa—. ¿Por qué la urgencia?

Él cierra la puerta y me hace una seña para que tome asiento. Lo hago, y entierro mis uñas en el reposabrazos cuando se sienta enfrente y saca de un cajón un sobre amarillo.

—Está despedida, Danielle —suelta, dejándome dislocada. Él exhala y estira su mano, tendiéndome el mismo sobre amarillo —. Aquí está tu terminación correspondiente. 

Miro del sobre hacia él, sin comprender nada. Despedida, despedida, despedida. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Ley de atracción yo sé que te pedí nuevos cambios, pero no me refería a esto, carajo. 

 —¿Despedida? Pero... ¿por qué? ¿Hubo algún error?

—Por favor no se vuelva a presentar aquí —pide, y saca de una carpeta una hoja —. En ese sobre está el dinero que le corresponde, ni más ni menos. Ahora solo hágame el favor de firmarme aquí.

Aprieto la mandíbula, con molestia y con la incertidumbre de qué es lo que haré sin trabajo y teniendo deudas que saldar. 

Tomo el sobre del dinero, y pese que está ligeramente pesado sé que no debe ser mucho, no lo suficiente para sobrevivir al menos un mes, y menos porque el día de mañana me toca dar la mensualidad del colegio de mi hermano.

Me levanto de la silla y guardo el sobre en mi bolso. 

—No me está dando una justificación razonable para ser despedida, así que me temo que tampoco puedo firmarle nada —el desconcierto en su cara arrugada se hace evidente —. Gracias y hasta pronto.

Salgo de la oficina con pasos rápidos y la frustración y un peso se instala en mis hombros. Mis ojos pican por querer echarme a llorar. ¿Ahora cómo voy a conseguir un trabajo rápido? ¿Cómo voy a pagar lo que tengo pendiente?

Suelto una maldición entre dientes y salgo del campo de la finca, encontrándome con Gabriel esperándome afuera de su auto. Tiene las cejas fruncidas, con preocupación.

—¿Qué pasó, amor? —me acerco a él con pasos decididos y con una sensación de ahogo atravesándome —. ¿Por qué vienes así?

—Me han despedido —susurro, con mis ojos cristalizándose, y él aprieta la mandíbula —. Ni siquiera me dijo porqué. Solo me dio la terminación y ya.

Sus brazos me rodean con fuerza y yo cierro mis ojos, dejando escapar las lágrimas.

—No te preocupes, ¿sí?

—¿Cómo no me voy a preocupar? —inquiero, soltando un sollozo lastimero —. Sabes que tengo muchas cosas que pagar.

—Yo te puedo ayudar a pagarlas —propone, acariciándome el cabello. Y le creo, porque lo ha hecho en varias ocasiones, no obstante, no es suficiente.

—Es que aún así no voy a completar, Gabriel...

Lo escucho suspirar.

—Mira... tengo un conocido que tiene muchos negocios.

—¿Y eso qué? —pregunto con confusión, sorbiéndome la nariz.

—Él abrirá un nuevo club que adquirió, y si mal no recuerdo buscaba contadores con experiencia. Puedo llamarle y pedirle de favor que te dé el trabajo a ti.

La ilusión y la esperanza regresan a mí, aminorando el sentimiento de frustración. Miro a los ojos a Gabriel y él me limpia la humedad de mis mejillas con las yemas de sus dedos.

—¿Y crees que quiera?

—Sí... —asiente —. Será un favor que le voy a deber, pero comentándole la situación sé que al menos te dará una entrevista.

Me permito dejar de llorar y me limpio la cara. Gabriel saca su celular y busca en su agenda un contacto.

—Sube al auto, le llamaré para comentarle.

—¿Crees que conteste? 

Un indicio de sonrisa surca su cara. —Ese hombre no duerme y no se despega del celular.

Ya no respondo algo más cuando lo veo llamarlo. Me subo al auto y espero con paciencia. Saco de mi bolso el sobre y comienzo a contar el dinero para dividirlo en diferentes apartados.

Levanto mis ojos luego de unos segundos y observo a Gabriel hablar por teléfono. Él parece explicar todo por la llamada.

Apoyo mi espalda en el respaldo del asiento y continúo contando el dinero.

Una parte es para la mensualidad de mi hermano.

La otra es para comprar despensa.

La que sigue es para mandar a arreglar la tubería de mi apartamento.

Y el resto lo debo dividir entre mis gastos personales y ayuda para mi mamá.

Preferiría seguir siendo una niña y no una adulta.

El sonido de la puerta de piloto me distrae, y Gabriel sube con una sonrisa en su cara.

—Me dijo que mañana te presentarás en la oficina del club para una entrevista. 

Todos los ánimos regresan a mí, y casi puedo escuchar los cantos celestiales.

—¿De verdad? —sonrío.

—Sí. Mañana yo me encargo de llevarte personalmente.

Suelto un chillido y me acerco para darle un beso de agradecimiento. 

Definitivamente no sé qué haría sin él.

Seguir leyendo
Lee la novela completa en Moboreader
UDesbloquear todos los capítulos
Abrir el sitio web oficial
Capítulos
Personalizar

También te puede gustar

Logo
Tu guía para los mejores dramas cortos en línea. Avances de episodios gratuitos, información completa del elenco y enlaces a plataformas oficiales, todo en un solo lugar.
©2026 PinesDramas. Todos los derechos reservados.