La Mano De La Suerte

La hacienda olía a tierra mojada y a flores marchitas cuando Don Ricardo llegó, el lodo de la tormenta salpicaba los costados de su camioneta negra, grande y ostentosa como todo lo que le pertenecía.

No venía solo.

A su lado, en el asiento del copiloto, iba una mujer, pero no era una mujer cualquiera, no era una de las muchachas del pueblo que a veces traía y que se iban antes del amanecer.

Esta mujer era diferente.

Yo lo vi todo desde la ventana de la cocina, donde estaba terminando de lavar los platos de la cena.

Me quedé quieta, con las manos todavía en el agua jabonosa, observando cómo Don Ricardo bajaba primero, con esa arrogancia suya, y luego abría la puerta para ella.

La mujer descendió con una lentitud extraña, casi como si no controlara del todo sus propios movimientos, su cuerpo era delgado y su vestido, aunque de buena tela, estaba sucio y arrugado.

Tenía el pelo negro y largo, le caía sobre la cara y no me dejaba verla bien.

"¡Guadalupe! ¡Ven acá, muchacha inútil!" gritó Don Ricardo desde la entrada.

Su voz retumbó en la casa vacía, siempre me gritaba así, como si yo fuera uno de sus perros.

Me sequé las manos en el delantal y salí al gran recibidor.

Ahí estaba él, con su gran barriga y su cara roja, sosteniendo a la mujer por el brazo.

Ella seguía con la cabeza gacha.

"Mira" , dijo él, empujándola un poco hacia adelante. "Ella se quedará aquí. Es… una pariente lejana. Necesita un lugar donde vivir" .

La excusa era tan pobre que sentí ganas de reírme, pero me mordí la lengua.

En este pueblo, todos sabían que Don Ricardo no tenía más familia que la que había comprado con su dinero, y su única obsesión era la riqueza y esa estúpida leyenda de la "Mano de la Fortuna" .

Los viejos del pueblo cuchicheaban sobre eso, decían que Don Ricardo poseía un artefacto ancestral, un hueso humano que le traía prosperidad, que le aseguraba que sus cosechas nunca fallaran y que su ganado se multiplicara.

Decían que por eso era el hombre más rico de toda la región.

"Dale un cuarto, el que está al fondo del pasillo" , ordenó. "Y tráele algo de comer. Y que nadie la moleste" .

Mientras él hablaba, la mujer levantó la cabeza por un instante.

Logré ver sus ojos.

Mi corazón se detuvo.

Eran los ojos de mi madre.

Mi madre, Doña Elena, había muerto hacía años, oficialmente de una fiebre que nadie pudo curar, pero yo siempre supe que había algo más, algo oscuro en la forma en que Don Ricardo, mi padrastro, se había comportado después de su muerte, volviéndose más rico y más cruel de la noche a la mañana.

Él se había casado con mi madre cuando yo era solo una niña, atraído por su belleza y, como supe después, por la sabiduría ancestral que ella poseía, conocimientos de la tierra y sus secretos que habían pasado de generación en generación en nuestra familia.

Él creía que esa sabiduría era la clave de la riqueza.

Ahora, esta mujer que tenía sus ojos me miraba con una expresión vacía, perdida.

No era mi madre, no podía serlo, pero el parecido era tan grande que me heló la sangre.

Don Ricardo la miraba a ella, pero no como se mira a una persona, la miraba como quien mira un objeto valioso, un trofeo, un amuleto. Sus ojos brillaban con una codicia pura, sin disimulo. La recorría con la vista, deteniéndose en sus manos, en sus brazos, en sus piernas, como si estuviera calculando su valor, pieza por pieza.

Era una mirada que yo conocía muy bien, la misma mirada que a veces me dirigía a mí, una mirada que me hacía sentir como un objeto más en su colección de cosas caras.

La llevé al cuarto del fondo, un cuarto pequeño y sin ventanas que olía a humedad.

Ella no dijo una sola palabra en todo el camino, solo se dejó guiar.

La senté en la cama, que apenas era un catre viejo.

"¿Tienes hambre?" le pregunté en voz baja.

Ella solo negó con la cabeza lentamente, sin mirarme.

Sentí una punzada de compasión por ella, por esta extraña que se parecía tanto a mi madre y que había caído en las garras de este hombre.

Me preocupaba lo que Don Ricardo planeara hacerle, porque sabía que nada bueno podía salir de su codicia.

Me quedé un momento en la puerta, observándola.

Estaba sentada en el borde de la cama, inmóil, con la mirada fija en el suelo, como una muñeca rota a la que le han quitado el alma.

Y por primera vez en mucho tiempo, sentí miedo, un miedo profundo y real, no solo por ella, sino también por mí.

Algo terrible estaba a punto de suceder en esa casa.

Lo sentía en mis huesos.

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