Los carruajes eléctricos nos trasladan a través de las calles polvorientas.
Las cortinas gruesas de terciopelo nos protegen de las partículas de lodo seco que flotan en el aire, las que se adherían en mi piel cuando
era una niña. Incapaz de evitarlo, espío a través de la tela. No he salido del
centro de retención desde los doce años.
Las calles están delineadas por casas de un solo piso hechas de ladrillos de lodo;
algunos techos están podridos o a punto de colapsar. Hay niños corriendo
semidesnudos por la acera, y hombres panzones apoyados contra la pared de los
callejones o sentados en taburetes, que beben licores fuertes de botellas
escondidas en bolsas de papel. Pasamos por una casa de beneficencia con las
ventanas y las puertas cerradas, estas últimas con candado. El domingo habrá
una fila larga en esta calle: estará llena de familias esperando recibir cualquier
tipo de comida, ropa o medicinas que la realeza haya donado para ayudar a los
menos afortunados. Sin embargo, sin importar cuántas provisiones envíen, nunca es suficiente.
Algunas calles más adelante, veo tres soldados alejando a empujones de la
verdulería a un niño escuálido. Ha pasado mucho tiempo desde que vi a un
hombre, sin contar a los médicos que nos revisan. Los soldados son jóvenes, con
manos y narices grandes y hombros anchos. Dejan de acosar al niño cuando mi
carruaje pasa junto a ellos, y asumen una postura firme. Me pregunto si me ven
espiándolos a través de las cortinas. Las cierro con rapidez.
Somos cuatro en el carruaje, pero Raven no está aquí. Su familia vive en el
otro extremo de la Puerta Sur. El Pantano es como la rueda de una bicicleta que
rodea las afueras de la Ciudad Solitaria. Si alguna vez la Gran Muralla se
derrumba, seremos los primeros en morir, consumidos por el terrible océano que
nos rodea por completo.
Cada círculo de la ciudad, a excepción de la Joya, está divido por dos rayos
que forman una X, en cuatro distritos: Norte, Sur, Este y Oeste. En el medio de
cada distrito del Pantano hay un centro de retención. La familia de Raven vive
al este de la Puerta Sur; la mía, al oeste. Me pregunto si ella y yo nos
hubiéramos conocido de no haber sido diagnosticadas como sustitutas.
Agradezco que nadie hable en el carruaje. Me froto la muñeca y siento el
relieve duro del transmisor circular que me implantaron bajo la piel. A todas nos
colocan uno antes de visitar nuestro hogar. Solo es temporal, se disolverán en
ocho horas, aproximadamente. Es el método que utiliza la Puerta Sur para
hacer cumplir las reglas: no hablar de lo que sucede dentro del centro de
retención. No hablar de los Augurios. No hablar de la Subasta.
El carruaje nos lleva a destino, una por una. Soy la última.
Mi cuerpo entero está temblando cuando llego a mi casa. Escucho con
atención, buscando un indicio de que mi familia está allí afuera, esperándome,
pero solo oigo el ruido sordo de mi pulso latiendo en mis oídos. Utilizo toda mi
energía para estirar la mano y mover la manija de metal sobre la puerta del
carruaje. Por un segundo ínfimo, creo que no puedo hacerlo. ¿Y si ya no me
quieren? ¿Y si se olvidaron de mí?
Luego escucho la voz de mi madre.
–¿Violet? –llama con timidez. Abro la puerta.
Están parados en fila, vestidos con lo que deben ser sus mejores prendas. Me
sorprendo al ver que Ochre ha crecido y es más alto que mi madre; su pecho y sus brazos son musculosos, tiene el cabello corto y la piel seca y bronceada. Debe
haber conseguido trabajo en la Granja.
Mi madre parece mucho mayor de lo que recuerdo, pero su cabello sigue
siendo rojo cobrizo. Tiene arrugas pronunciadas alrededor de los ojos y de la
boca.
En cambio, Hazel… Hazel está casi irreconocible. Tenía siete años cuando me
fui, ahora tiene once. Sus piernas y brazos son largos, y el delantal harapiento le
cuelga con tristeza del cuerpo huesudo. Pero su rostro es idéntico al de papá;
tiene exactamente sus mismos ojos. Ambas tenemos el cabello largo, negro y
ondulado. La semejanza me hace sonreír. Hazel se acerca con lentitud un poco
hacia Ochre.
–¿Violet? –repite mi madre.
–Buenos días –digo, sorprendida por mi formalidad. Bajo del carruaje y siento
el polvo grueso del pantano entre los dedos de mis pies. Los ojos de Hazel se
agrandan; no sé qué pensaba que llevaría puesto, pero es probable que no
esperara un camisón y una bata de baño. Ningún miembro de mi familia está
usando zapatos. Me alegra que yo tampoco. Quiero sentir la tierra bajo mis pies,
el polvo sucio de mi hogar.
El silencio incómodo dura un segundo, y luego mi madre da un paso torpe
hacia adelante y me envuelve en un abrazo. Está muy delgada y noto una leve
renguera que estoy segura que no tenía antes.
–Ah, mi niña –canturrea–. Estoy tan feliz de verte.
Inhalo su aroma a pan, sal y sudor.
–Te extrañé –susurro.
Limpia mis lágrimas y me sostiene a un brazo de distancia.
–¿Cuánto tiempo tenemos?
–Hasta las ocho.
Mi madre abre la boca, luego la cierra con un leve movimiento de cabeza.
–Bueno, entonces aprovechémoslo al máximo –gira para ver a mis hermanos–.
Ochre, Hazel, vengan a abrazar a su hermana.
Ochre se acerca con pasos largos; ¿cuándo creció tanto? Solo tenía diez
cuando me fui. ¿Cuándo se convirtió en un hombre?
–Hola, Vi –dice. Después se muerde el labio, como si
estuviera preocupado por hablarle a una sustituta de manera tan informal.
–Ochre, estás enorme –bromeo–. ¿Con qué te ha estado alimentando mamá?
–Mido 1,80 –dice con orgullo.
–Eres un monstruo.
Sonríe ante mi respuesta.
–Hazel –exclama mi madre–, ven a saludar a tu hermana.
Entonces ella, mi pequeña Hazel, quien solía escuchar mis canciones en la
noche, comer las galletas que le llevaba a escondidas luego de que apagaran las
luces, y jugar conmigo a “Ponle la joya a la corona” en nuestro patio trasero, se
da vuelta y entra corriendo a la casa.
–Solo necesita un poco de tiempo –dice mi madre después de unos minutos,
mientras me sirve té de crisantemo.
Pero si hay algo que no tengo, es tiempo.
Bebo un sorbo de té y hago mi mayor esfuerzo para evitar fruncir la cara. He
olvidado el sabor amargo y astringente; mis papilas gustativas están muy
acostumbradas al café y al jugo recién exprimido. La culpa se desliza hacia mi
estómago mientras trago.
Mi madre y yo estamos en la mesa de madera, sentadas en sillas que mi padre
construyó. La casa es más pequeña de lo que recuerdo. Tiene una sola
habitación para la cocina y el comedor. Hay un lavabo, un pequeño hornillo a
querosén y un mueble que funciona de mesa auxiliar y tiene un gabinete para
guardar platos y cubiertos. Hay un solo sillón, con el relleno a la vista en
distintas zonas, y una mecedora junto a la chimenea. Mi madre tejía en esa silla.
Me pregunto si aún lo hace.
–Hazel no se acuerda de mí –digo con tristeza.
–Sí que te recuerda –replica mi madre–. Solo… no como eres ahora. Es decir,
por todos los cielos, Violet, mírate.
Bajo la mirada. ¿De verdad me veo tan diferente? Mis brazos son más gruesos
que los de ella y mi piel tiene un tono rosado saludable.
–Tu rostro, cariño –ríe mi madre con dulzura.
Se me tensa la garganta.
–No… no he visto mi rostro por un tiempo.
–¿Te gustaría verlo ahora? –pregunta, y frunce los labios.
No puedo tragar. Mi mano se desliza dentro del bolsillo de mi bata y aprieto el anillo de mi padre.
–No –susurro. No sé por qué, pero el mero pensamiento de ver mi reflejo me
aterroriza. Observo las manos de mi madre que están dobladas sobre su falda:
están deformadas por la artritis y las venas azules sobresalen como si fueran ríos
de un mapa topográfico.
–¿Dónde está tu anillo? –le pregunto. Sus mejillas se tornan rosadas y se
encoge de hombros–. Madre –insisto–, ¿qué le sucedió a tu anillo?
–Lo vendí.
–¿Qué? ¿Por qué? –pregunto mientras siento cómo mis ojos sobresalen de sus
cuencas. Me observa con expresión desafiante.
–Necesitábamos el dinero.
–Pero… –niego con la cabeza, desconcertada–. ¿Y el salario?
A las familias de las sustitutas les dan un salario anual en compensación por la
pérdida de una hija.
Mi madre suspira.
–El salario no alcanza, Violet. ¿Por qué crees que Ochre tuvo que abandonar
la escuela? Mira mis manos; ya no puedo trabajar tanto como antes. ¿Quieres
que envíe a Hazel a las fábricas? ¿O a los huertos?
–Por supuesto que no.
No puedo creer que se atreva a sugerir eso. Hazel es demasiado joven para
resistir el trabajo inhumano en la Granja, apenas tiene algo de músculo. Y jamás
sobreviviría en el Humo. Me estremezco al pensar en ella operando alguna
maquinaria pesada, ahogándose con el polvo que satura el aire.
–Entonces no me juzgues por cómo mantengo a esta familia. Tu padre, que en
paz descanse, lo entendería. Solo es algo de oro –se pasa la mano por la frente–.
Solo es algo de oro –repite en un murmullo.
No sé por qué estoy tan molesta. Tiene razón, es solo un objeto. No es mi
padre.
Sujeto con fuerza su anillo por última vez, lo extraigo del bolsillo y lo apoyo
sobre la mesa.
–Toma. Te lo devuelvo. De todos modos, no puedo quedármelo.
Hay algo en la mirada de mi madre mientras recoge el anillo, y entiendo
cuánto le costó vender el suyo.
–Gracias –susurra.
–¿Puedo quedarme con la bata de baño? –pregunto.
Se ríe, y los ojos le brillan llenos de lágrimas.
–Por supuesto. Ahora te queda muy bien.
–Probablemente la desechen. Pero me gustaría conservarla lo más que pueda.
Extiende el brazo y aprieta mi mano.
–Es tuya. Me sorprende que te permitan visitarnos en pijama.
–Podemos usar lo que queramos. Sobre todo hoy.
El silencio se apodera de la habitación y me aplasta como una almohada,
ahogando todo lo que quiero decir. Una mosca zumba en la ventana junto al
lavabo. Mi madre acaricia mi mano con el dedo, su expresión distante,
preocupada.
–Te cuidan bien allí, ¿verdad? –pregunta.
Me encojo de hombros y aparto la mirada. No tengo permitido hablar con ella
sobre la Puerta Sur.
–Violet, por favor –dice–. Por favor, dímelo. No puedes imaginar lo difícil que
ha sido. Para mí, para Hazel y Ochre. Primero tu padre y… mírate, has crecido
y… me lo perdí –una sola lágrima escapa y se desliza por su mejilla–. Me lo
perdí, mi niña. ¿Cómo se supone que viva con eso?
Se me hace un nudo en la garganta.
–No es tu culpa –respondo, con la vista fija en sus manos–. No tuviste otra
opción.
–No –murmura mi madre–. No la tuve. Pero de todos modos te perdí. Así que
por favor, dime que algo bueno ha salido de esto. Dime que tienes una vida
mejor.
Desearía poder decirle que sí. Desearía poder decirle la verdad sobre los tres
Augurios, los años de dolor, las pruebas interminables y las visitas médicas.
Desearía decirle cuánto la he extrañado, y que hay más ternura en su dedo
acariciando mi mano que en todas las cuidadoras juntas. Desearía poder decirle
cuánto me encanta tocar el violonchelo y lo buena que soy. Creo que estaría
orgullosa de mí si lo supiera. Creo que le gustaría escucharme tocar.
El nudo en mi garganta está tan hinchado que me sorprende que todavía
pueda respirar. Mi mente se traslada con velocidad al horrible día en el que los
soldados vinieron, un recuerdo tan viejo y enredado como un rompecabezas con
piezas perdidas. Me veo a mí misma llorando, gritando, rogándole a ella que no permita que me lleven. Los ojos de Hazel, abiertos y suplicantes, sus manos
pequeñas aferradas a mi vestido andrajoso. El destello frío del arma del soldado.
Y mi madre, presionando los labios contra mi frente, sus lágrimas empapando
mi cabello mientras decía: “Tienes que ir con ellos, Violet. Tienes que ir con
ellos”.
De pronto, hace demasiado calor en la habitación.
–Yo… necesito aire –digo con la voz entrecortada. Empujo mi silla y salgo
con paso torpe por la puerta de atrás.
El patio trasero no es más que un sector de tierra seca y césped amarillento.
Pero me siento mejor cuando una brisa fresca acaricia mi piel y hace crujir las
hojas del limonero que está en el centro del patio. El árbol que ni una sola vez
dio un limón. ¿Cómo era la canción que cantaba mi padre?
《Qué bonito el limonero,
Y qué dulce que es su flor.》
Era algún tipo de analogía sobre la naturaleza peligrosa del amor, pero lo
único que recuerdo pensar cuando la cantaba era las ganas que tenía de comer
un limón. Fue lo primero que probé cuando llegué a la Puerta Sur. Debido a mi
entusiasmo, mordí la cáscara y la acidez me sorprendió mucho.
–Te ves diferente.
Giro sobre mí misma. Hazel está sentada en una cubeta dada vuelta contra la
pared de la casa. Ni siquiera la vi.
–Eso es lo que dice mamá –respondo. Mi voz suena un poco áspera.
Me observa con atención por un momento. Sus ojos son sagaces e inteligentes.
Me sorprende otra vez lo parecida que es a nuestro padre.
–Dice que mañana irás a la Subasta –comenta Hazel–. Por ese motivo
permiten que nos visites.
Asiento.
–Lo llaman el Día de la Verdad. Es cuando… saldas cuentas con tu pasado
antes de comenzar tu futuro –no sé por qué lo dije. La frase que escuché cientos
de veces de la boca de las cuidadoras tiene un sabor amargo.
Hazel se pone de pie.
–¿Eso es lo que somos? ¿Una cuenta que saldar antes de que te vayas a vivir a
algún palacio de la Joya?
–No –respondo, aterrada–. No, por supuesto que no.
Forma puños con las manos y los presiona con fuerza, al igual que yo cuando
estoy enojada o herida.
–¿Entonces por qué estás aquí?
Niego con la cabeza, sorprendida.
–¿Por qué…? Hazel, estoy aquí porque los quiero. Porque te extrañé. Y a
mamá y a Ochre también. Los extraño todos los días.
–¿Entonces por qué no me escribiste? –grita Hazel, y se le quiebra la voz, al
igual que mi corazón–. Prometiste que lo harías. “Pase lo que pase”, dijiste.
¡Esperé todos los días recibir una carta y tú nunca, pero nunca, escribiste! ¡Ni
una sola vez!
Sus palabras me golpean el pecho como un puño. Pensé que se había olvidado
de esa promesa. Había sido tan evidente que me sería imposible escribirle una
vez que estuviese dentro del centro.
–Hazel, no pude. Nos lo prohíben.
–Apuesto a que ni siquiera lo intentaste –suelta–. Solo querías tener cosas
elegantes, ropa nueva, comida fresca y agua caliente. Por eso entraste allí, lo sé,
así que deja de mentir.
–Sí, me dan esas cosas. Pero ¿no crees que devolvería todo en un segundo si
eso me permitiera volver a vivir contigo? ¿Y arroparte por la noche y cantarte?
¿Y hacer pasteles de lodo cuando llueve, para luego tirárselos a Ochre cuando
esté distraído? –las imágenes aparecen sin detenerse y amenazan con
consumirme. La vida que podría haber tenido. Pobre, sí, pero feliz–. ¿De verdad
piensas que abandoné a mi familia por agua corriente y ropa? No tuve opción,
Hazel. No me dieron opción.
»Todos los años festejo tu cumpleaños –le digo. Corro el riesgo de encender el
transmisor, pero no me importa–. Hago que preparen un pastel de chocolate
con cobertura de vainilla, escriben tu nombre en él con glaseado verde y
encienden una vela; y mi amiga Raven y yo cantamos el “Feliz cumpleaños”.
Hacemos lo mismo para el hermano de Raven y para Ochre. Hazel parpadea.
–¿De verdad?
Una lágrima rueda por mi mejilla y aterriza en la comisura de mi boca.
–A veces, te hablo cuando apagan las luces. Te cuento bromas que he oído, o
historias sobre mis amigos y la vida en el centro. Todos los días te extraño, Hazel.
De pronto, acorta la distancia entre nosotras y me envuelve con los brazos. La
sujeto con fuerza mientras su frágil cuerpo huesudo tiembla por los sollozos. Más
lágrimas caen por mis mejillas y se pierden en su cabello.
–Pensé que no te importaba –su voz suena amortiguada contra mi bata–.
Pensé que me habías abandonado para siempre.
–No –susurro–. Siempre te querré, Hazel. Lo prometo.
Me alegra tanto tener este breve momento. Sin importar lo que pase después ni
lo que me depare el resultado de la Subasta, estoy agradecida de que, al menos,
pude compartir este último momento con mi hermana.
Esa noche, la cena es un pequeño pato asado que es puro hueso, patatas hervidas
y algunas arvejas mustias.
Me siento culpable al pensar en todas las cenas que he comido, en la infinita
variedad de los productos más frescos. Y mi familia trata a esta comida humilde
como si fuera un festín digno de la Electriz.
–Ochre trajo crema de la lechería–exclama Hazel, jalando mi manga–.
Podemos comer helado de postre.
–Qué delicioso –digo con una sonrisa antes de pasarle las patatas a mi
hermano–. ¿Así que trabajas en la lechería?
–La mayor parte del tiempo –responde Ochre, sirviéndose una gran porción
de patatas en el plato; mamá le quita el recipiente antes de que pueda servirse
más–. Me gusta trabajar con los animales. El capataz dice que en un año podría
empezar a aprender a arar la tierra –el pecho se le hincha un poco al decirlo–.
Mientras pueda seguir trabajando para la Casa de la Llama estaré feliz. Son
justos con los empleados, nos dan recesos largos para tomar agua, nos hacen
trabajar horas decentes y todo eso. ¿Te acuerdas de Sable Tersing? Trabaja para
la Casa de la Luz y parece que son horribles. Los capataces tienen látigos y no
temen usarlos, y te descuentan el sueldo si te encuentran fumando, o…
–¿Y qué hace Sable Tersing fumando? –pregunta mi madre. Ochre se
ruboriza.
–No me refería a Sable, solo que…
–Ochre, lo juro por la tumba de tu padre, si alguna vez te veo con un
cigarrillo…
–Madre –Ochre pone los ojos en blanco–, lo único que digo es que no es justo para los trabajadores no saber cómo los van a tratar en cada casa real. Debería
haber reglas fijas, y deberían permitirnos apelar al Exetor si no se cumplen.
–Sí, claro, porque estoy segura de que el Exetor no tiene nada mejor que hacer
que escuchar las quejas de unos adolescentes –dice mamá. Pero no puedo evitar
sonreír.
–Suenas igual que papá –le digo a Ochre. Se rasca la nuca, avergonzado, e
introduce unas patatas en su boca.
–Hacía algunas observaciones interesantes –comenta con la boca llena.
Hazel vuelve a jalarme la manga, exigiendo atención.
–Soy la mejor de mi clase en la escuela –dice con orgullo.
–Claro que sí –respondo–. Eres mi hermana, ¿o no?
Nuestra madre se ríe.
–Tú no te metiste ni en la mitad de problemas que ella. El año apenas acaba
de empezar y ya ha estado involucrada en dos peleas.
–¿Peleas? –frunzo el ceño mirando a mi hermana–. ¿Con quién te has peleado,
Hazel?
Ella le lanza una mirada asesina a mamá.
–Con nadie. Solo unos niños estúpidos.
–Sí, y si vuelve a suceder, tendrás que hacer quehaceres extra y no habrá
juegos por una semana –dice mamá con firmeza. Hazel hace un mohín mirando
el plato.
Los celos se retuercen en mi interior al escuchar la vida diaria de mi familia.
Hay tanto amor alrededor de la mesa que es tangible: algo real, latente, vivo.
Observo cómo discuten Ochre y Hazel, y cómo mamá los hace callar. Veo cómo
hubiera encajado aquí, cómo hubiera completado esta familia.
Me posee el deseo de asegurarme de que mi madre sepa que estaré bien.
Aunque ni yo misma lo crea, aunque sea una mentira. No quiero hacer nada que
ponga en peligro la felicidad en esta habitación.
–No tienen que preocuparse por mí –digo. Todos hacen silencio y me
observan; tal vez no debí decirlo tan abruptamente–. Es decir… –miro a mi
madre–. Estaré bien –apoya el tenedor. Me obligo a sonreír y ruego que mi
expresión parezca sincera–. Mañana viviré en la Joya. ¿No es emocionante?
Seguro ahí van a cuidar muy bien de mí –los ojos de Hazel se abren de par en
par–. Pero deben saber… es decir... de verdad, cuánto los quiero. A todos –la voz me tiembla y bebo un sorbo de agua. Los ojos de mi madre están llenos de
lágrimas y presiona la mano contra su boca–. Si hubiera alguna forma de
quedarme con ustedes, lo haría. Estoy… estoy muy orgullosa de ser parte de esta
familia. Quiero que lo sepan, de verdad.
Sus ojos me penetran, y de pronto ya no puedo seguir mirándolos. El fuego se
extingue en la chimenea y me pongo de pie.
–El fuego se está apagando –digo, incómoda–. Traeré más leña.
Salgo de prisa por la puerta trasera y tomo una bocanada del frío aire
nocturno; las manos me tiemblan.
No llores, me digo a mí misma. Si lo hago, verán cuán asustada estoy. No puedo
permitir que lo vean. Deben pensar que seré feliz.
Me recuesto sobre la pared de la casa y contemplo el cielo nocturno; las
estrellas resplandecen. Al menos, sin importar dónde termine, estaré bajo el
mismo cielo. Hazel y yo siempre veremos las mismas estrellas.
Cuando giro hacia la pila de leña, mi mirada se posa en el limonero, plateado
bajo la luz de la luna, y se me ocurre una idea.
El tercer Augurio: Crecimiento.
Me acerco a él a paso rápido y deslizo la mano sobre su corteza familiar.
Dolerá, pero no me importa. Por una vez, el dolor valdrá la pena. Y sé que
puedo lograrlo: soy la mejor alumna del tercer Augurio en la Puerta Sur.
Encuentro un nudo pequeño en una de las ramas y presiono mi mano contra él
mientras repito las palabras en mi cabeza.
*Una vez para verlo como es. Dos, para verlo en tu mente. Tres, para que obedezca tu voluntad.*
Imagino lo que quiero en mi mente; el calor brota del centro de mi palma al
mismo tiempo que el dolor comienza en la base de la nuca. Puedo sentir la vida
del árbol, algo inquieto y titilante, y jalo de ella, como si fueran las cuerdas de
una marioneta, sacándola. Un bulto pequeño se forma en mi palma y una hoja
verde asoma entre mis dedos. El árbol se resiste un poco y doy un grito ahogado
mientras siento cómo un fuego consume mi columna, y parece que están
clavándome agujas en el cerebro; arqueo la espalda y la cabeza me da vueltas,
pero he experimentado dolores peores en mis cuatro años en la Puerta Sur, y
estoy decidida a lograrlo. Me obligo a concentrarme, mordiendo mi labio con
fuerza para evitar gritar, y saco los hilos de vida uno por uno, como el tejido de
una telaraña, manipulándolos, dándoles forma, y el bulto se agranda hasta que calza cómodamente dentro de mi mano.
Un limón.
Lo suelto, y mis rodillas ceden; las palmas golpean el suelo y permanezco
doblada, jadeando. Algunas gotas de sangre salpican la tierra y me limpio la
nariz con el reverso de la mano. Apoyo la frente sobre el árbol y cuento hacia
atrás desde diez, tal como nos enseñó Patience, y de a poco el dolor disminuye,
hasta que lo único que queda es una leve puntada detrás de mi oreja derecha.
Temblando, me pongo de pie.
El limón es perfecto: su piel es de un amarillo vibrante, y su cuerpo redondo
cuelga de la rama. A Hazel le encantará.
Aún siento la vida del árbol dentro de mí, y sé que también le di una parte mía
a él. Este árbol ya no será estéril.
Me alejo, tomo algo de leña de la pila y regreso adentro para reunirme con mi
familia.





