La Joya

Todo el centro de retención está en la plataforma para vernos partir.

La Puerta Sur posee su propia estación de tren, al igual que la Puerta

Norte, la Puerta Este y la Puerta Oeste. Somos la última parada en el Pantano;

los trenes no van más allá de los centros de retención. Las estaciones que

transportan a los trabajadores a los otros círculos de la ciudad están más

adelante, más cerca del muro que separa al Pantano de la Granja. Recuerdo que

caminé con mi padre hasta allí una vez cuando era niña, y me asusté ante la gran

máquina de vapor que tenía un silbido penetrante y una chimenea que escupía

nubes de humo blanco.

Es temprano en la mañana, justo después del amanecer, y muchas de las chicas

más jóvenes tienen los ojos somnolientos e intentan sofocar los bostezos, pero la

ceremonia es obligatoria. Recuerdo la primera a la que asistí: tenía frío, estaba

cansada y no conocía a ninguna de las jóvenes que iban a la Subasta. Solo

quería regresar a la cama.

Es extraño estar de pie de este lado de la plataforma. No sabremos cómo

estaremos vestidas hasta que lleguemos a las salas de preparación de la Casa de

Subastas, así que todas llevamos puesto lo mismo: un vestido recto color café

hasta la rodilla, con las iniciales que indican que somos las graduadas y nuestro

número de lote sobre el lado izquierdo.

Ahora soy oficialmente Lote 197. Violet Lasting ha desaparecido.

Un representante de la Joya está de pie detrás de un podio y da el discurso

habitual. Es un hombre robusto, tiene lentes con borde metálico y un chaleco de

brocado. Hay un anillo en su mano izquierda: tiene un rubí que parece una

cereza gorda y brillante, rodeado de diamantes pequeños. No puedo despegar los

ojos de él. Podría alimentar tres familias del Pantano por un año.

Tiene la voz suave y monótona, y el viento se lleva la mayoría de sus palabras

y las aleja. De todos modos no estoy escuchándolo, es prácticamente el mismo

discurso año tras año: hablan sobre lo noble que es la tradición de la sustitución,

lo esenciales que somos para la perpetuación

de la realeza, lo mucho que nos apreciarán los habitantes de

la ciudad.

No sé cómo será para el Banco y para la Joya, pero estoy bastante segura de

que al resto de la ciudad no puede importarle menos las sustitutas, excepto que

vivas en el Pantano y eso signifique perder a una hija. A ninguno de los círculos

más bajos (el Humo, la Granja y el Pantano) les permiten tener sustitutas. A

veces los padres intentan ocultar a sus hijas o sobornan a los médicos que les

hacen el análisis de sangre que indica que la sustitución es obligatoria para cada

niña del Pantano una vez que alcance la pubertad. No saben por qué solo las

chicas del círculo más pobre poseen la extraña mutación genética que provoca

los Augurios, pero la realeza no permitirá que ninguna escape del sistema. Si te

descubren intentando evitar el análisis, la sentencia es la muerte.

Me estremezco al recordar la primera ejecución pública que presencié. Fue

hace siete meses. Una chica fue atrapada luego de haberse escondido durante tres

años. La llevaron a la plaza ubicada frente a la entrada de la Puerta Sur: nos

pusieron detrás de las pantallas, transparentes de nuestro lado y opacas del otro,

para que la muchedumbre que se acercó no pudiera vernos. Busqué a mi madre

entre la multitud, pero no estaba allí. Lleva alrededor de una hora caminar

desde nuestra casa hasta la Puerta Sur. Además, probablemente quería mantener a Ochre y a Hazel alejados. Mis padres jamás asistieron a las ejecuciones

públicas; papá decía que eran “una atrocidad”. Pero recuerdo que a mí me daba

curiosidad y me preguntaba cómo eran.

Sin embargo, cuando presencié una… entendí lo que él quiso decir.

La chica era una salvaje: el cabello largo y negro enmarañado sobre el rostro,

enmarcado por unos ojos de un brillante, casi impactante, color azul. Había

algo feroz e indómito en su apariencia. Parecía apenas unos años mayor que yo.

No se resistió ni luchó contra los soldados que la sostenían. No lloró ni suplicó.

Se veía extrañamente pacífica. Cuando pusieron su cabeza sobre el tajo del

verdugo, juraría que sonrió. El magistrado le preguntó si tenía algunas últimas

palabras que decir.

–Así comienza –dijo–. No tengo miedo –su rostro se entristeció, y añadió–:

Díganle a Cobalt que lo amo.

Luego la decapitaron.

Me obligué a mirar, a mantener los ojos sobre el cuerpo mutilado y a no

encogerme y alejar la mirada como Lily y varias otras chicas. Pensé que merecía

que alguien fuera tan valiente como ella, como si hacerlo validara de alguna

forma su vida y su muerte. Es probable que haya sido una idea estúpida, ya que

tuve pesadillas por una semana, pero aún me alegra haberlo hecho.

Cada vez que pienso en ella, me pregunto quién habrá sido Cobalt. Me

pregunto si alguna vez él supo que fue la última persona en la que ella pensó

antes de morir.

Vuelvo a enfocar mi atención en el representante de la Joya, que termina el

discurso y limpia sus lentes con un pañuelo de seda.

Este año, solo hay veintidós sustitutas de la Puerta Sur que irán a la Subasta.

La mayoría proviene de la Puerta Norte y la Puerta Oeste. Nuestro tren posee

una máquina a vapor color ciruela y tiene solo tres vagones; es mucho más

pequeño y acogedor que el tren que mi padre tomaba para ir al trabajo.

Nuestro médico de cabecera, el doctor Steele, estrecha la mano gorda del

hombre y luego se da vuelta para hablarnos.

Todo lo que respecta al doctor Steele es largo y gris: su barbilla, nariz y brazos

largos; cabello, cejas y ojos grises. Incluso su piel posee un tinte grisáceo. Lily me

comentó una vez que escuchó que es adicto a los narcóticos, lo que le quitó su

coloración natural.

–Y ahora, señoritas –dice el doctor Steele con voz frágil y susurrante–, es hora

de partir.

Mueve una mano de dedos largos y las puertas de la máquina a vapor se abren

con un fuerte sonido sibilante. Las sustitutas comienzan a ocupar los vagones.

Giro hacia atrás y veo a Mercy enjugándose las lágrimas y a Patience de pie, más

serena que nunca. Miro los barrotes en forma de rosa de las ventanas de los

dormitorios, del mismo rosado pálido que las piedras del centro de retención.

Observo los rostros de las otras sustitutas, las chicas que regresarán al centro una

vez que este tren se vaya y que nunca más volverán a pensar en nosotras. Mis

ojos se posan en una niña de doce años con ojos cafés hinchados. Es muy

delgada y es evidente que está malnutrida; debe ser nueva. Nuestras miradas se

encuentran, y ella cruza los dedos de su mano derecha y los presiona sobre su

corazón.

Subo al vagón y las puertas se cierran detrás de mí.

Los vagones están tan desprovistos de personalidad como nuestras habitaciones

en la Puerta Sur.

Cortinas color púrpura cubren las ventanas y un asiento largo delinea las

paredes del espacio rectangular, con una fila de cojines color ciruela. En este

vagón somos solo siete, y por un momento, nos quedamos de pie, incómodas, en

el compartimento escaso, sin estar seguras de qué hacer.

Luego el tren se sacude hacia adelante y nos separamos. Raven, Lily y yo nos

sentamos en una esquina. Raven corre las cortinas.

–¿Nos permiten abrirlas? –pregunta Lily en voz baja.

–¿Qué harán? –responde Raven–. ¿Dispararnos?

Lily se muerde el labio.

El viaje hasta la Joya dura dos horas. Es abrumador cuán rápido la certeza en

mi vida disminuye. Estoy segura de que este tren nos llevará a través de la

Granja, del Humo y del Banco, hasta la Casa de Subastas en la Joya. Estoy

segura de que iré a una sala de preparación, luego a una sala de espera y luego a

la Subasta. Y eso es todo. Eso es todo lo que me queda. Lo desconocido se

extiende ante mí como una vasta hoja de papel.

Miro por la ventana y veo las casas de ladrillos de lodo que centellean mientras

el tren avanza, y su color oscuro contrasta contra el gris pálido del cielo.

–No hay mucho que ver, ¿no? –dice Raven.

Me quito los zapatos con los talones y me siento sobre las piernas.

–No –susurro–. Pero es nuestro hogar.

Raven ríe.

–Eres tan sentimental.

Hace una buena actuación, pero yo la conozco demasiado bien. Extrañará el

Pantano.

–¿Cómo estuvo tu Día de la Verdad?

Se encoge de hombros, pero su boca se tensa.

–Ah, bien, ya sabes… mi madre estaba fuera de sí de alegría por lo saludable

que me encontraba, lo mucho que había crecido y lo entusiasmada que debía estar

por ver la Joya. Como si estuviera yéndome de vacaciones o algo así. ¿El tuyo?

–¿Y qué hay de Crow? –pregunto. Es el hermano mellizo de Raven.

Quita su cabello de atrás de la oreja para permitir que caiga y cubra su rostro.

–Apenas me habló –susurra–. Pensé… es decir, no… –se encoge de hombros

de nuevo–. Supongo que no sabe cómo hablar con una sustituta.

Intento recordar lo que creí que sabía sobre las sustitutas, antes de descubrir

que era una. Me acuerdo que pensaba que eran algo diferente, especiales. Lo que

menos me siento ahora es especial.

En ese momento, Lily comienza a cantar. Su mano pequeña toma la mía y los

ojos le brillan mientras observa cómo dejamos el Pantano atrás. Su voz es dulce

y comienza a cantar una canción tradicional de nuestro círculo, una que todas

sabemos.

《Vengan doncellas dulces y bellas,

Y escuchen con atención cómo cortejar a un joven señor…》

Dos muchachas se unen al canto. Raven pone los ojos en blanco.

–No es una canción adecuada para este momento, ¿no te parece? –murmura.

–No –respondo con tranquilidad–. Tienes razón –la mayoría de las canciones

del Pantano son sobre muchachas que mueren jóvenes o son rechazadas por sus

amantes, no se aplican mucho a nosotras–. Pero, de todos modos, es agradable

escucharla.

《Ah, el amor es sublime, el amor es glorioso,

El amor es hermoso mientras es novedoso

Pero el amor envejece y se vuelve frío,

Y se desvanece como el rocío.》

Un silencio profundo le sigue a la canción y lo interrumpe solo el bombeo de

las ruedas debajo de nosotras. Luego Lily ríe con un sonido que es mezcla de

llanto y risa, y aprieta mi mano, y me doy cuenta que probablemente jamás

volveré a oír una canción del Pantano otra vez.

El tren reduce la velocidad y escucho cómo las enormes puertas de hierro hacen

un chirrido y rechinan mientras se introducen dentro del muro que separa la

Granja del Pantano. He leído sobre la Granja, por supuesto, aprendemos sobre

todos los círculos en la clase de Historia; pero verla es algo completamente

diferente.

Lo primero que llama mi atención son los colores. No sabía que existieran

tantos matices de verde en la naturaleza. Y no solo verde, sino también rojos,

amarillos pálidos, naranjas brillantes y rosados vibrantes.

Pienso en Ochre: ahora debe estar en una de las lecherías. Espero que pueda

continuar trabajando para la Casa de la Llama. Odio pensar en que mantenga a

nuestra familia por sí solo.

Otra maravilla de la Granja es el paisaje. En el Pantano, todo es llano; aquí, el

suelo parece ondeado. El tren atraviesa un puente dando resoplidos, donde un

río separa dos colinas. En las laderas, parras enredadas están en hileras

ordenadas, sobre palos y trozos de cable. Recuerdo que esto se llama viñedo,

donde se cultivan las uvas para hacer vino. He probado vino un par de veces, las

cuidadoras nos permiten beber un vaso en nuestro cumpleaños y en la

celebración de la Noche Eterna.

–Es tan grande –dice Raven.

Tiene razón. La Granja parece extenderse más y más, y por poco me olvido

que existe el Pantano, la Joya o la Subasta. Casi puedo pretender que no existe

nada más que esta infinita extensión de naturaleza.

En cuanto atravesamos las puertas de hierro que separan la Granja del Humo, la

luz se vuelve tenue, como si le hubieran bajado el brillo al sol.

El tren avanza con lentitud por un camino elevado que atraviesa un laberinto

de monstruosas fábricas de hierro fundido. Dominan la vista sobre las calles y sus

chimeneas escupen humo de diversos colores: gris oscuro, violeta verdoso, rojo opaco. Las calles están abarrotadas de personas con el rostro demacrado y la

espalda encorvada. Veo mujeres y niños mezclados entre los hombres. Un silbato

estridente suena, y la multitud se reduce mientras los trabajadores desaparecen

dentro de las fábricas.

Mi corazón se acelera al darme cuenta de que solo queda un círculo más

después de este. ¿Cuánto falta para que lleguemos a la Joya? ¿Cuántos minutos

de libertad me quedan?

–Aaaah –suspira Lily cuando ingresamos en el Banco–. Es tan lindo.

La luz del sol vuelve a su brillante color amarillo sedoso y por poco debo

cubrirme los ojos, dado que resplandece contra el frente de las tiendas que

delinean calles pavimentadas con piedras pálidas. Las ventanas redondeadas con

persianas plateadas y los carteles decorados grabados en oro son comunes aquí.

Ordenadas filas de árboles con troncos delgados y copas podadas en perfecta

forma de esferas verdes delinean los senderos, y hay carruajes eléctricos por

doquier. Hombres con bombines y pulcros trajes planchados acompañan a

mujeres que usan vestidos hechos de sedas y satines coloridos.

–Parece que Patience tenía razón –digo–. Las mujeres no usan pantalones

aquí.

Raven masculla algo ininteligible.

–¿No es adorable? –Lily apoya la cabeza contra el vidrio–. Piénsenlo: el

Exetor debe haber conocido a la Electriz en una de esas tiendas.

Raven niega con la cabeza lentamente.

–Es una locura. Todo esto… es decir… hemos visto fotografías, pero… tienen

tanto dinero.

–Y aún no hemos visto la Joya –susurro.

–De acuerdo, muchachas, tranquilas –dice al ingresar una cuidadora mayor

llamada Charity, seguida del doctor Steele. Sujeta una bandeja de plata con

pastillas de distintos colores ordenadas en filas pequeñas. Miro a Raven.

–¿Para qué son las pastillas? –susurro, pero ella solo se encoge de hombros.

–Cierren las cortinas, por favor –ordena Charity. Lily obedece con rapidez,

pero veo cómo otras chicas intercambian miradas nerviosas mientras las cierran.

La pálida luz púrpura que hay en el vagón parece un mal presagio.

–Calma, calma, no estén tan preocupadas –dice el doctor Steele. Su voz es

monótona y para nada reconfortante–. Es solo un poco de medicación para relajarlas antes del gran evento. Por favor, permanezcan sentadas.

Mi corazón late con fuerza contra mi pecho y tomo la mano de Raven. El

médico se desplaza con calma por la habitación. Las pastillas están clasificadas

por número de lote y cada chica saca la lengua mientras el doctor Steele coloca

el medicamento en sus bocas con un pequeño par de pinzas plateadas. Algunas

chicas tosen, otras se lamen los labios con expresión de amargura, pero, más allá

de eso, nada dramático sucede.

Llega el turno de Raven.

–192 –llama el médico, sosteniendo una pastilla celeste. Raven levanta la vista

y lo observa con sus profundos ojos negros y, por un segundo, pienso que se

negará a tomarla. Luego abre la boca y él coloca la pastilla sobre su lengua. Ella

continúa mirándolo, y no manifiesta ninguna reacción ante el medicamento. Es

el único acto de rebeldía que le queda.

El doctor Steele ni siquiera lo nota.

–197 –me dice. Abro la boca y suelta una pastilla violeta sobre mi lengua. Pica

y tiene sabor ácido, y me recuerda a aquella vez en la que mordí el limón. En un

segundo, se ha disuelto. Paso la lengua por los dientes y trago. La pastilla deja

una sensación de cosquilleo al desaparecer.

El médico asiente con la cabeza.

–Gracias, señoritas.

Charity se apresura a seguirlo cuando él abandona el vagón.

–¿Qué fue eso? –pregunta Raven.

–Lo que sea que haya sido, no tuvo muy buen sabor –murmuro–. Por un

segundo pensé que no tragarías la tuya.

–Yo también –dice Raven–, pero no hubiera tenido sentido negarme, ¿verdad?

Es decir, es probable que ellos solo hubieran…

Pero lo que sea que Raven creía que ellos hubieran hecho, nunca lo escucho,

porque, de pronto, la inconsciencia me envuelve y el mundo se torna negro.

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