La hija olvidada de la mafia ha vuelto

POV de Ariadna:

Desperté con el sonido de la música. Risas. El tintineo del cristal contra el cristal. Era un mundo lejano, una vida a la que ya no pertenecía.

Era el decimoctavo cumpleaños de Serafina.

Mi pierna era una columna de fuego, pero me negué a esconderme en las sombras que me habían asignado. Me obligué a ir al pequeño espejo agrietado, me eché agua fría en la cara y me recogí el pelo enmarañado. No sería un fantasma en mi propia casa.

Mi llegada al patio principal congeló la fiesta a media risa. El aire se espesó con una hostilidad tan palpable que podía saborearla. La sonrisa de mi madre vaciló, colapsando en una máscara de horror con los labios apretados. La expresión de mi padre simplemente se endureció en una de frío desdén. Lía, mi hermana menor, me fulminó con una furia abierta que se sintió como un puñetazo en el estómago.

Entonces Serafina, una visión en un vestido blanco que costaba más de lo que yo había visto en siete años, se deslizó hacia mí. Colocó una mano delicada en el brazo de Dante, sus ojos se abrieron en una teatral imitación de preocupación.

—Oh, Elara, viniste —murmuró, lo suficientemente alto para que todos la oyeran. Elara. Un nombre al que ya no respondía, un fantasma que insistían en ver. Volvió su rostro hacia Dante, su voz bajando a un susurro conspirador—. Por mi cumpleaños, mi Patrón, ¿podrías concederme un deseo? Protégeme de ella. Su presencia... es inquietante.

No sentí nada. Solo un vasto y frío vacío.

Me di la vuelta para irme, pero Serafina no había terminado. Cambió al antiguo dialecto de la familia, un lenguaje de secretos y poder, destinado a excluir e insultar.

—¿Ves cómo es? —la voz de Serafina era dulce, pero las palabras eran veneno—. Tan amargada. Tan malagradecida después de todo lo que Dante ha hecho por ella.

Mi madre se unió, su voz teñida de una familiar y cansada decepción.

—Siempre fue una niña difícil. Una mala hierba.

La voz de mi padre, la voz del Consejero, fue el golpe final.

—Trae vergüenza a este Cártel.

Lo que no sabían, lo que nadie sabía, era que había pasado mis siete años en el infierno dominando lenguas muertas. Era una forma de mantener mi mente aguda, una forma de descifrar los códigos de mis captores. El antiguo dialecto era uno de ellos. Entendí cada palabra venenosa.

—Estoy cansada —dije en español claro, mi voz plana. Les di la espalda.

—Bien —la voz de mi madre me siguió, de vuelta en el dialecto—. Su presencia apesta a desgracia.

Ese último insulto no aterrizó como un golpe, sino como una liberación. Una calma fría y absoluta se apoderó de mí. Este era el primer día de mi nueva libertad.

Nueve días.

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