La Guardía de Infierno

El aire del Mictlán, el inframundo, era siempre frío, un frío que se metía en los huesos y recordaba a los espíritus que ya no pertenecían al mundo de los vivos, pero el portal de regreso estaba a punto de cerrarse, y el calor de la desesperación era mucho peor que cualquier helada.

El portal, una grieta de luz temblorosa que olía a cempasúchil y a tierra mojada, se encogía a cada segundo.

Era nuestra única oportunidad de volver a casa antes de que el sol del mundo de los vivos nos borrara para siempre.

"¡La Catrina, por favor! ¡Abre paso! ¡Nos vamos a desintegrar!", gritaba un alma en pena, su forma ya traslúcida.

Pero ella, mi novia, La Catrina, se paraba firme frente a la salida, con sus brazos extendidos, bloqueando el camino.

Su hermoso rostro, pintado con la elegancia de la muerte, estaba tenso por la espera.

"No. Él vendrá. Le prometí que lo esperaría".

Su primer amor, El Charro. Siempre El Charro.

El tiempo se agotaba. Vi cómo los bordes de mi propio cuerpo empezaban a deshilacharse, volviéndose humo.

Si no cruzábamos ya, quedaríamos atrapados aquí, en el mundo de los vivos, condenados a desaparecer con el amanecer.

La amaba, o al menos, amaba el recuerdo de lo que fuimos. Pero mi instinto de supervivencia era más fuerte.

Me moví rápido, sin pensarlo dos veces.

Mi mano se cerró en un puño y la golpeé en la nuca.

Fue un golpe seco, preciso.

La Catrina se desplomó en el suelo, inconsciente, su elegante sombrero rodando por el polvo.

Sin dudarlo, la arrastré conmigo y me lancé a través del portal justo cuando se cerraba en un susurro.

Caímos en la tierra familiar y fría del Mictlán.

Detrás de nosotros, en el mundo de los vivos, vi la figura de El Charro desvanecerse como el rocío con los primeros rayos del sol.

Nunca lo logró.

Los años que siguieron en el inframundo fueron extrañamente pacíficos.

La Catrina despertó, furiosa al principio, pero con el tiempo, pareció aceptar su destino.

O eso creí yo.

Vivimos juntos en mi mansión del inframundo, cultivando nuestros poderes, fortaleciendo nuestras almas.

Yo estaba en la cúspide de mi poder, a punto de ascender, de convertirme en un Cacique del Inframundo, un líder entre los espíritus.

La ceremonia era grandiosa, el aire vibraba con energía.

Estaba arrodillado, listo para recibir la bendición final.

Fue entonces cuando sentí el primer ataque.

No era un enemigo externo.

Eran Almas en Pena, innumerables, con los ojos vacíos y llenos de odio, abalanzándose sobre mí.

Y en medio de ellos, dirigiendo el ataque, estaba ella.

La Catrina.

Su rostro ya no tenía la dulzura que una vez amé, solo un odio puro y retorcido.

"¡Si no hubieras sido tan egoísta, El Charro no se habría desvanecido! ¡Tú lo mataste!", gritó, su voz cortando el aire como un cuchillo de obsidiana.

"¡Ahora ve y acompáñalo en su perdición!".

Sentí cómo mi alma era desgarrada, reducida a un simple hilo de luz, a punto de extinguirse.

El dolor era absoluto. La traición, aún peor.

Mientras mi conciencia se desvanecía, mi último pensamiento fue de una furia tan intensa que quemó más que cualquier fuego del infierno.

Y entonces, desperté.

El mismo olor a cempasúchil y tierra mojada.

El mismo portal tembloroso.

Las mismas Almas en Pena gritando desesperadas.

Y frente a mí, La Catrina, bloqueando el paso, con la misma expresión terca en su rostro.

"No. Él vendrá. Le prometí que lo esperaría".

Había vuelto.

Había vuelto al día en que todo se fue al diablo.

Pero esta vez, no habría un golpe rápido e inconsciencia.

No habría un escape de último segundo.

Esta vez, los iba a destruir. A los dos.

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