La Guardía de Infierno

El pánico se apoderó de los espíritus atrapados.

El sol estaba a punto de salir en el mundo de los vivos, y su luz era veneno para nosotros.

Podía sentir cómo mi propia esencia se debilitaba, como si una mano invisible me estuviera deshaciendo grano a grano.

"¡Catrina, maldita seas! ¡Nos vas a matar a todos!", aulló un espíritu anciano, cuya barba fantasmal ya se había desvanecido por completo.

"¡Tu egoísmo nos condenará!".

La multitud de almas se agitaba, un mar de desesperación y rabia.

Empujaban, intentando abrirse paso, pero La Catrina era un muro infranqueable.

La miré.

Esta vez, no vi a la mujer que amé.

Vi a la traidora que me había destrozado el alma.

Vi a la mujer que, en otra vida, me había gritado que acompañara a su amado en la perdición.

La Catrina ni siquiera se inmutó ante los gritos.

Su mirada estaba fija en el horizonte, buscando la silueta de su Charro.

"Silencio", dijo con una voz fría y autoritaria, una voz que no toleraba réplicas. "Él vale más que todos ustedes juntos. Esperaremos".

La arrogancia en su voz era tan espesa que se podía palpar.

Un espíritu joven y temerario intentó pasar corriendo a su lado.

Fue un error fatal.

La Catrina se movió con una velocidad antinatural.

Sus manos se encendieron con un fuego etéreo, un fuego fantasmal de color azul pálido que no quemaba la carne, sino el alma.

La Danza de Fuego. Un poder ancestral que pocos dominaban.

Lanzó una llamarada que envolvió al joven espíritu.

Él no gritó. Simplemente se deshizo en un chillido silencioso, su esencia consumida por las llamas azules hasta que no quedó nada más que un eco de su existencia.

El silencio que siguió fue total, pesado, lleno de terror.

Nadie más se atrevió a moverse.

Ahora todos sabían que La Catrina no bromeaba. Estaba dispuesta a destruir a quien se interpusiera en su espera.

Era mi momento de actuar.

Caminé lentamente hacia ella, mi rostro mostrando una falsa expresión de apoyo y comprensión.

Me paré a su lado, dándole la espalda a las demás almas.

"Catrina", dije en voz baja, asegurándome de que solo ella me oyera. "Haces bien. El amor verdadero requiere sacrificios".

Ella me miró, sorprendida por mi apoyo.

"No dejes que estos cobardes te presionen", continué, mi voz era miel envenenada. "Esperaremos juntos. Yo te cubriré la espalda".

Luego me volví hacia las almas aterrorizadas.

"¡Escuchen todos!", grité, mi voz resonando con una autoridad que no sabían que poseía. "La Catrina tiene razón. La lealtad es una virtud. Esperaremos a El Charro. Aquellos que confíen en ella, serán recompensados. Aquellos que duden... ya han visto el precio".

Mi discurso fue una daga de doble filo.

Para La Catrina, eran palabras de apoyo que alimentaban su ego.

Para las demás almas, era una sentencia de muerte firmada por mí.

Vi la desesperanza absoluta en sus rostros.

Cualquier pequeña llama de rebelión que quedaba, se extinguió.

Estaban atrapados entre la luz del sol que los borraría y una guardiana loca dispuesta a incinerarlos.

La Catrina me dedicó una pequeña sonrisa de suficiencia, un gesto de aprobación.

"Sabía que entenderías, Indio".

Oh, yo entendía perfectamente.

Entendía que su arrogancia y su ceguera serían sus verdugos.

Y yo, con mucho gusto, sería quien afilaría el hacha.

La Catrina, ahora segura de que nadie más la desafiaría, se cruzó de brazos.

Levantó la barbilla con un aire de desprecio absoluto, mirando por encima de las cabezas de los espíritus temblorosos como si fueran insectos.

Su postura gritaba victoria, su confianza era un insulto a la agonía que nos rodeaba a todos.

Perfecto.

Todo iba según el plan.

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