La Fuga de la Cenicienta

El día de mi supuesta graduación universitaria, el sol brillaba con fuerza, pero no lograba disipar el frío que sentía en los huesos, un frío que nacía de la indiferencia y el desprecio.

Por un terrible error, me había puesto el birrete y la toga que pertenecieron a la difunta madre de mi padrastro, la mujer a la que él había amado por encima de todo.

Don Alejandro, el magnate que me había acogido diez años atrás, me miró desde su asiento de honor, y sus ojos, siempre fríos, se llenaron de un desdén que me atravesó por completo.

"Una imitación barata", dijo con la voz lo suficientemente alta para que todos a nuestro alrededor lo oyeran, "indigna de tomar su lugar".

Sus palabras detuvieron la ceremonia en seco, el murmullo de la multitud se convirtió en un silencio incómodo y todas las miradas se clavaron en mí.

Sentí cómo el calor subía a mis mejillas, una humillación pública que era la culminación de una década de desprecios.

Isabella, mi hermanastra, a quien había cuidado como si fuera mi propia hija durante esos diez largos años, se levantó de su asiento y se acercó a mí, con el rostro contraído por el asco.

"¡Siempre supe que querías usurpar el lugar de mi madre!", me gritó, su voz infantil cargada de un veneno que no correspondía a su edad. "¡Nunca permitiré que una mujer tan calculadora como tú lo logre!".

Entonces, ante la mirada de todos, arrojó al fuego de una de las antorchas decorativas el diario que yo le había estado escribiendo durante medio año, un diario lleno de mis pensamientos, mis esperanzas y mi cariño por ella.

Las llamas devoraron las páginas en un instante, llevándose con ellas la última prueba de mi afecto.

No contenta con eso, empezó a golpearme con sus pequeñas manos en los brazos y el pecho.

La fuerza de una niña de diez años es poca, insignificante, pero cada uno de sus golpes resonaba en mi interior, rompiendo lo poco que quedaba de mi corazón.

La miré fijamente a los ojos, ignorando el dolor físico y el murmullo creciente de la gente.

"Mi deseo", le dije, pronunciando cada palabra con una calma desoladora, "nunca fue reemplazar a nadie, y mucho menos ser la favorita de nadie".

Sabía que mis palabras no significaban nada para ella, ni para Don Alejandro, solo eran aire vacío en medio del prejuicio que me rodeaba.

Solo quería escapar, huir de ese escenario, de esas miradas acusadoras, de esa familia que nunca me había considerado una más.

El sol seguía brillando, pero para mí, el mundo se había vuelto oscuro y opresivo.

Isabella no se detuvo, sus pequeños puños seguían cayendo sobre mí mientras sus preguntas se convertían en acusaciones.

"¿Entonces por qué la cuidabas? ¿Por qué siempre estabas a mi lado? ¿Por qué me escribías esas cosas horribles en ese diario?".

Su voz temblaba, no de miedo, sino de una ira profunda que yo había ayudado a sembrar sin darme cuenta, alimentada por las palabras de otros.

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