La Fuga de la Cenicienta

Isabella se detuvo, con la respiración agitada, y trató de parecer tranquila, pero el ligero temblor en sus ojos la delataba.

"No intentes explicarte", dijo con una madurez forzada. "¿Crees que soy tonta? Sé exactamente lo que hiciste".

No respondí, no tenía sentido. Cualquier palabra que dijera sería usada en mi contra.

Me limité a mirarla, y en mi silencio, ella pareció encontrar la confirmación de su victoria.

"Está bien", dije finalmente, con una voz tan baja que apenas fue un susurro. "Lograste lo que querías".

Mi mente retrocedió unas horas, a esa misma mañana.

Isabella había entrado a mi habitación con una sonrisa inocente, sosteniendo la toga y el birrete. "Sofía, mira, te traje tu ropa para la graduación", me había dicho.

Confié en ella, como siempre.

No me di cuenta de que la tela tenía un olor extraño, ni de que el color era ligeramente diferente.

Ella había teñido sutilmente la toga de su madre y la había cambiado por la mía, sabiendo perfectamente el escándalo que se armaría.

Había sido un plan meticulosamente ejecutado por una niña de diez años, un plan para humillarme y destruirme frente a la única persona cuya aprobación anhelaba: su padre.

Don Alejandro se acercó, su sombra cubriéndome por completo. Su voz era un trueno contenido.

"Sofía, ¿qué significa esto?".

No me miraba a mí, sino a Isabella, que se había refugiado detrás de él, temblando como una hoja.

"Ella... ella tomó la ropa de mamá", sollozó Isabella. "Dijo que quería parecerse a ella para que tú la quisieras más".

La mentira era tan burda, tan cruel, que me dejó sin aliento.

Don Alejandro me dirigió una mirada gélida.

"Creí que habías entendido cuál era tu lugar en esta casa", dijo, su voz desprovista de cualquier emoción. "Veo que me equivoqué. Tu ambición no tiene límites".

En ese momento, cualquier fantasía que pudiera haber albergado sobre ser aceptada, sobre encontrar un hogar, se hizo añicos.

Diez años de servicio, de sacrificio, de amor no correspondido, se redujeron a cenizas junto con mi diario.

"Sí", dije, mi voz ahora firme y clara, encontrando una extraña fuerza en la devastación total. "Isabella ha logrado su objetivo".

Aparté suavemente su mano de mi brazo, un gesto simple que se sintió como una declaración de independencia.

El hielo que había estado tratando de calentar durante una década no se había derretido, simplemente se había convertido en agua helada que ahora corría por mis venas.

Isabella, sintiéndose victoriosa, asomó la cabeza desde detrás de su padre.

"¡No es suficiente!", gritó, su ira renovada. "¡No quiero volver a verte! ¡Quiero que te vayas de esta casa para siempre!".

Exigía mi exilio, mi desaparición total, como si yo fuera una mancha que debía ser borrada.

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