La esposa despreciada es el genio médico Oráculo

La luz de la mañana que se filtraba en la suite principal era gris e implacable. Cortaba a través de los huecos en las cortinas, golpeando a Don César directamente en los ojos.

Gimió, dándose la vuelta y enterrando la cara en la almohada. Le palpitaba la cabeza. El estrés de la noche anterior, la visita al hospital, las lágrimas de Rubí, la fecha límite de la fusión... todo pesaba en sus sienes.

Extendió la mano ciegamente hacia la mesita de noche. Esperaba el calor de una taza de cerámica. Eva siempre le traía café negro, exactamente a las 6:30 AM. Era parte de la maquinaria de su vida. El café aparecía, su ropa estaba preparada, su horario estaba sincronizado.

Su mano no golpeó nada más que aire fresco.

Don César frunció el ceño. Palpó la superficie. Vacía.

Abrió los ojos, entrecerrándolos contra la luz. Se sentó, la irritación estallando en su pecho.

#NAME?

Silencio.

El silencio era diferente esta mañana. No era la tranquilidad de un hogar bien ordenado. Era el vacío de la nada.

Sacó las piernas de la cama. Fue entonces cuando lo vio.

Sobre la almohada junto a él -la almohada en la que Eva solía dormir, acurrucada en una bola para ocupar el menor espacio posible- había una hoja de papel. Y encima del papel, brillando a la luz pálida, estaba su anillo de bodas.

Don César lo miró fijamente. Por un momento, su cerebro se negó a procesar los datos visuales. El anillo parecía alienígena allí sentado, separado de su dedo.

Extendió la mano y tomó el papel. El anillo rodó y golpeó el colchón con un golpe suave.

Disolución del Matrimonio.

Escaneó el documento. Sus ojos recorrieron la jerga legal. Ruptura irremediable. Renuncia de activos. Efecto inmediato.

Soltó una risa corta e incrédula. Tiró el papel de nuevo sobre la cama.

-Otra súplica de atención -murmuró a la habitación vacía.

Ella había estado de mal humor últimamente. Silenciosa. Retraída. Asumió que era por el aniversario. Sabía que se lo había perdido, pero seguramente ella entendía la gravedad de la condición de Rubí. Rubí era familia. Rubí era... frágil. Se suponía que Eva era la robusta. La que no necesitaba mantenimiento.

Se levantó y salió del dormitorio, ajustándose el cinturón de su bata de seda. Esperaba encontrarla en la cocina, quizás enfurruñada sobre la estufa, esperando a que él se disculpara para poder perdonarlo y servir el café.

-¡Eva! Deja este juego infantil -gritó mientras entraba en la sala de estar-. No tengo tiempo para dramas esta mañana.

La cocina estaba impoluta. Los mostradores estaban limpios. No había olor a café. Ni olor a tostadas. Los electrodomésticos estaban fríos.

Don César se detuvo en el centro de la habitación. Un destello de genuina inquietud chispeó en sus entrañas.

Entonces, la puerta de la Suite de Invitados se abrió.

Eva salió.

Don César parpadeó. Ella se veía... diferente.

Llevaba una gabardina ceñida a la cintura sobre ropa sencilla. Su cabello, generalmente en ese moño severo y desordenado, estaba suelto, aunque todavía sin peinar. Pero era su postura lo que lo desconcertó. No estaba encorvada. No se estaba encogiendo. Estaba de pie con la columna alargada, la barbilla levantada.

Sostenía una maleta, pero la dejó junto a la puerta de la habitación de invitados.

-¿Vas a algún lado? -preguntó Don César, su voz goteando condescendencia. Caminó hacia la isla de la cocina, apoyándose en ella para mostrar lo poco que le importaba-. El drama es innecesario, Eva. Guarda la maleta.

Eva caminó hacia el mostrador para servirse un vaso de agua. No lo miró.

-Firmé los papeles, César -dijo. Su voz era tranquila. Antinaturalmente tranquila-. Quiero salir.

Don César se rio. Fue un sonido áspero, como un ladrido.

-¿Salir? No tienes nada sin mí. Te das cuenta, ¿verdad? Eres de la familia solo de nombre. Tu padre, Ricardo Corazón, no te aceptará de vuelta. No tienes trabajo. Ni dinero. Ni apartamento.

Se apartó del mostrador y dio un paso hacia ella, usando su altura para intimidar. Se elevaba sobre ella, proyectando una sombra sobre su rostro.

-Eres un marcador de posición, Eva. No lo olvides. Existes en este mundo porque yo lo permito. Porque necesitaba una esposa en papel.

Eva finalmente lo miró. Detrás de los lentes gruesos de sus gafas, sus ojos eran oscuros e ilegibles. No había ira allí. Solo una vasta y vacía indiferencia.

-Y tú eres un necio ciego -dijo ella.

El insulto fue tan inesperado que Don César se congeló. Eva nunca lo insultaba. Eva nunca respondía.

#NAME?

-No soy un marcador de posición -dijo ella, con voz firme-. Y ciertamente no soy tuya. Ya no. Me quedaré en la suite de invitados hasta que los abogados finalicen los detalles. No tengo interés en hacer de esto un espectáculo público.

El temperamento de Don César se rompió. Extendió la mano y agarró la parte superior de su brazo. No fue un golpe, pero fue un agarre de propiedad. Una orden para quedarse.

-Discúlpate -gruñó-. Discúlpate y ve a hacer el maldito café.

La orden quedó suspendida en el aire.

Algo cambió en los ojos de Eva. La opacidad desapareció. Un destello de acero frío y duro la reemplazó.

No se apartó violentamente. No gritó. Simplemente miró su mano en su brazo como si fuera un trapo sucio.

Con un giro sutil, casi imperceptible de su muñeca -una técnica que requería años de entrenamiento- rompió su agarre. Fue sin esfuerzo.

Dio un paso atrás, alisándose la manga.

-No soy tu sirvienta, César -dijo. Su voz no tembló-. Y he terminado.

Don César se quedó allí, con la mano aún suspendida en el aire. Miró su propia palma, luego a ella. ¿Cómo había hecho eso? Ella era débil. Ella era torpe.

#NAME?

Eva no esperó a que terminara. Dio media vuelta, la gabardina girando alrededor de sus piernas.

Caminó hacia la puerta principal.

-¿A dónde vas? -exigió Don César, su autoridad resbalando.

#NAME?

Abrió la puerta y salió al pasillo. La puerta se cerró con un clic detrás de ella, dejando a Don César de pie en medio de su cocina perfecta y vacía, con una extraña frialdad instalándose en su pecho donde solía estar su certeza.

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