La Esclava Más Odiada Del Rey

Justo después de la visita del rey, Danika fue sacada de su jaula. Ella pudo vislumbrar lugares que no eran su fría y estéril celda, lo que la hizo sentir mejor.

Sin embargo, su corazón se aceleró al recordar la razón por la que la sacaron de ese lugar por primera vez en una semana.

Enseguida, la joven fue puesta en una tina para que las criadas la bañaran, tal como el rey instruyó. Era curioso que las sirvientas limpiaran a una esclava.

Aun así, no era sorprendente que el destino de la chica fuera la cama del rey.

No mucho después, ella ya estaba preparada. Tres criadas se estaban encargando de la joven. Una de ellas, la mayor llamada Baski, era la que estaba a cargo.

Ellas le soltaron el cabello y la peinaron, dejándole el pelo rizado y un poco desarreglado. La ropa que le pusieron hizo que Danika se apenara.

De hecho, bien podría estar desnuda, pues las prendas eran diminutas. Tenía una falda de cuero rojo que apenas la cubría, además, un top del mismo color y material que solo cubría sus pezones, deteniéndose justo por encima de su vientre.

Para terminar, le pusieron una bata larga por fuera, e incluso, le aplicaron fragancia.

"Terminamos", Baski anunció.

Enseguida, la joven se miró en el espejo y por unos instantes se vio a sí misma como quien solía ser, la princesa Danika.

"Puedes ir a la recamara del rey ahora, no es aconsejable hacerlo esperar", Baski comentó.

Por su lado, Danika no pronunció palabra. Con desespero, ella quería preguntarles a esas sirvientas sobre cómo trataba el rey a su gente. De hecho, ella no había visto a nadie más desde que la llevaron ese lugar.

¿También eran esclavas? ¿Acaso fueron vendidas como objetos sexuales? ¿Acaso eran compartidas entre las privilegiadas familias ricas de Salem?

Después de todo, eso era exactamente lo que hacía su propio padre. La joven estaba preocupada pero sabía que no tenía derecho a hacer tales preguntas, pues contaba con cosas más urgentes en las que pensar. Como el hecho de que el rey de Salem, quien la odia con cada fibra de su ser, estaba a punto de acostarse con ella.

No mucho después, la joven se paró al frente de la recamara de la hombre. Vacilante, vislumbró la puerta y llamó.

"Adelante". Esa cortante respuesta se escuchó desde el interior, y la profunda voz resonó en el interior de Danika.

Entonces, esta última abrió la puerta y entró. La luz iluminaba la habitación, lo que dejaba ver que la recamara estaba bañada en oro. Era una vista preciosa, pese a eso, la situación no favorecía el sentido de exploración y apreciación.

Ella solo podía contemplar al gran hombre que estaba allí. Nunca había visto a un tipo tan poderosos a sus treinta, así como lo era el rey Lucien.

Contemplándolo mientras él clavaba una pluma en la tinta de la mesa, retirándola para seguir escribiendo en el pergamino que tenía en frente, era difícil creer que ese hombre hubiera sido un esclavo alguna vez.

Pero así había sido. Durante diez largos años, él soportó torturas indescriptibles en manos del padre de Danika. Sin embargo, ahora ella lo pagaría.

Al fin, el rey levantó la cabeza para vislumbrarla. No apartó la pluma de su mano mientras lo hacía.

Él continuó examinándola, y sus ojos se arrastraron a través de su piel como manos, lo que hizo que Danika se estremeciera. Después de ojearla un buen rato, la expresión del hombre no cambió.

De hecho, el desprecio puro aún acompañaba sus rasgos. En ese momento, la joven se preguntaba si ese hombre alguna vez sabría sonreír.

Con cautela, el rey empujó su silla hacia atrás, sin quitarle la mirada de encima. "Quítate esa bata", ordenó el hombre.

De pronto, Danika vaciló.

Notándolo, los ojos del rey brillaron peligrosamente. Con una mirada calculadora, él se humedeció los labios.

Percatándose de la escena, Danika obligó a sus manos a moverse, para quitarse la bata de su cuerpo, y revelarlo ante el rey.

Los ojos del rey nunca dejaron de posarse en la cara de Danika. "Vamos a aclarar una cosa, esclava. La próxima vez que me dirija a ti y no respondas bien, voy a sacar un látigo y marcaré tu espalda con veinte golpes. ¿Lo entiendes?".

Los ojos de Danika reflejaron su tormento. Sin embargo, ella lo escondió de inmediato para que él no se percatara de lo afectada que estaba.

"Sí... Amo", ella espetó, un poco desafiante. Esa palabra que retrataba sumisión era en realidad su canto de rebelión pura de la chica.

Si el rey lo notó, no mencionó nada al respecto. El hombre tan solo se levantó y, poco a poco, rodeó la mesa, se apoyó contra ella, y entonces, inmovilizó a la mujer con su fría mirada.

"Desnúdate". No expresó nada más que eso, fue una orden clara.

Por su parte, la rebelión que llenó el corazón de la joven se desvaneció con esa simple orden. "Por favor, no...", ella susurró de manera impulsiva. De hecho, ella sabía que ya había cometido un error.

Como un tigre a su presa, Lucien se acercó más a ella, la intimidó tanto que ella no intentó alejarse.

El rey tiró de su cabello con tanta fuerza que su cabeza se echó hacia atrás, lo que hizo que ella se mordiera los labios para evitar gritar de dolor.

El remordimiento del hombre estaba marcado en sus ojos, y se trataba de un odio tan crudo que la heló. "Si no te desnudas, tendré que llamar a los guardias para que te ayuden".

Tras escuchar eso, la joven se llevó las manos al cuello de la bata y empezó a desatar las cuerdas que sujetaban la ropa.

Ya sin ropa, ella dejó que la bata cayera al suelo.

Ya que sus manos temblaban, las apretó en puños para disimularlo. Danika no le iba a dar la satisfacción de verla derrotada.

Esa noche, ella perdería su virginidad de la forma más cruel, y en manos del hombre más frío que hubiera conocido.

No obstante, no abandonaría su dignidad. Enseguida, la mujer levantó la barbilla para esperar su próxima orden.

"Sube a la cama, y ponte boca abajo. Abre bien las piernas". Mientras él hablaba, no había ninguna expresión en sus ojos, solo odio puro.

Enseguida, ella se subió a la cama, presionó la cara contra la almohada y abrió las piernas. Mientras sus brazos temblaba, cerró los ojos y esperó lo inevitable.

Siendo optimista, trató de concentrarse en el hecho de que esa era la primera cama blanda en la que se acostaba, en mucho tiempo. La mujer dejó que la comodidad del lecho la hiciera olvidar lo que estaba pasando.

De repente, ella escuchó cómo la ropa caía, y el sonido de una cremallera al abrirse. Instantes después, sintió que él se acercaba detrás de ella.

El rey la agarró por las caderas, al tiempo que sus dedos mordían su carne y su miembro forzaba su apertura. Enseguida, los ojos de la joven se abrieron ante la sensación del pene en su cuerpo.

Danika no era ajena a la anatomía de un hombre, había visto muchos esclavos desnudos antes, pese a eso, nunca pensó que uno pudiera ser tan grande como el que estaba presionando en su cuerpo.

El hombre parecía haber encontrado lo que buscaba, pues gruñó de aprobación.

Mientras él ajustaba las rodillas en la cama, el pequeño placer que ella sentía desapareció cuando él se retiró y comenzó a empujar más profundo.

La mujer aspiró sobresaltada cuando sus breves embestidas se volvían cada vez más dolorosas, entonces, ella contuvo la respiración, esperando que todo acabara.

Ya cansado, él la sostuvo por las caderas y cuando se echó hacia atrás y luego empujó hacia adelante con más fuerza, sintió tocar el fondo dentro de ella.

Por su parte, Danika quedó con la mente en blanco.

Ya no le quedaba nada más que esperar, y tratar de recuperarse.

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