La primera vez que Mateo de la Vega me vio, yo tenía hambre.
Llevaba dos días sin probar bocado, un viaje largo desde mi pueblo pesquero hasta la inmensa hacienda cafetalera.
Mi padre me había vendido.
O, como él prefirió llamarlo, me había entregado a un "buen destino".
Una curandera dijo que yo tenía un "aura sanadora". Que mi presencia bastaba para proteger al único heredero de los De la Vega, un niño enfermizo que se ahogaba con su propio aliento.
Mateo, de mi misma edad, me miró de arriba abajo. Yo era flaca, con la piel tostada por el sol y los pies descalzos. Él era pálido, envuelto en sábanas de lino, con una mirada de viejo en un cuerpo de niño.
"Tiene hambre", dijo la cocinera, ofreciéndome un pan.
Lo devoré.
Mateo hizo una mueca de asco.
"Es una parásita", le dijo a su madre. "Solo ha venido a comerse nuestra comida".
Esa fue su primera palabra para mí.
Durante diez años, viví para cuidarlo. Le preparaba tés de hierbas, le ponía paños fríos en la frente, le leía cuentos europeos que él adoraba y yo apenas entendía. Su salud mejoró. Mi juventud se fue gastando a su lado.
Un día, cumplidos ya los veinte, me sentí orgullosa. Había pasado la mañana entera preparando empanadas, tal como me enseñó mi madre. La masa era perfecta, el relleno jugoso. Se las llevé a su estudio, en una bandeja de plata que había pulido hasta sacarle brillo.
"Te traje algo", le dije, con una sonrisa que no me salía a menudo.
Él ni siquiera apartó la vista de su libro.
"¿Qué es esa porquería?", preguntó, arrugando la nariz.
"Empanadas. Son de mi pueblo".
Se levantó, tomó la bandeja y caminó hacia la ventana. Sin una palabra, la volcó. Las empanadas cayeron al patio, sobre el lodo.
"Esa comida de pobres no la tocan ni los perros de esta casa", dijo. "Ahora limpia ese desastre. Y no vuelvas a entrar a mi estudio sin permiso".
Miré las empanadas rotas en el suelo. Entendí que, para él, yo era igual que esa comida. Algo que se podía tirar sin pensarlo dos veces.





