La noticia me llegó por boca de Rosa, una de las sirvientas más viejas de la casa.
Llegó a mi pequeño cuarto junto a la cocina, con los ojos llenos de una mezcla de lástima e indignación.
"Elena, tienes que saberlo".
Su voz era un susurro asustado.
"El joven Mateo... te ha perdido".
No entendí. "¿Perdido? ¿Cómo que me ha perdido?".
Rosa se retorcía las manos en el delantal.
"Estaba jugando a las cartas con sus amigos. Llegó ese artesano, el que hace las guitarras... Javier. El joven Mateo siempre lo ha despreciado. Quería humillarlo".
Se detuvo, tragando saliva.
"Lo retó a una partida. Y como el artesano no tenía dinero, el joven Mateo se rio y dijo... dijo que apostaría algo que no le costó nada".
Sentí un frío que no era del suelo de piedra.
"Te apostó a ti, niña. Y perdió. Te vendió por dos pesos".
Me quedé quieta. No hubo lágrimas. No hubo gritos. Era como si una parte de mí ya lo esperara. Después de lo de las empanadas, después de diez años de desprecios, esto era solo el final lógico.
"¿Dos pesos?", pregunté. Mi voz sonó extrañamente calmada.
Rosa asintió, horrorizada. "Dijo que era más de lo que valías".
Me levanté de la cama. Abrí el pequeño baúl de madera que guardaba al pie. Dentro había pocas cosas. Un velo blanco, bordado por mi madre antes de que yo viniera aquí. Una manta de lana gruesa, que yo misma había tejido en las largas noches de vigilia junto a la cama de Mateo. Y una pequeña cruz de madera, el único recuerdo de mi padre.
Metí las tres cosas en un saco de tela.
"¿Qué haces, Elena?", preguntó Rosa, con la voz rota. "¿A dónde vas a ir?".
"Me vendieron una vez", dije, mientras me ataba el saco al hombro. "No necesito que me lo digan dos veces. Voy a buscar a mi nuevo dueño".
No había duda en mi voz. No había miedo. Solo un vacío inmenso y una certeza absoluta. Mi vida en la hacienda De la Vega había terminado.





