La Bailarina Despreciada Vuelve

"No voy a hacerlo, Ricardo," dije, mi voz era un hilo de acero. Estaba de pie en el vestidor, rodeada de tutús y zapatillas de ballet que ahora se sentían como una burla.

Ricardo me miró, la diversión desapareció de su rostro y fue reemplazada por una ira fría y controlada.

"¿Qué dijiste?"

"Dije que no seré la costurera de nadie," repetí, levantando la barbilla. "Soy una bailarina. La mejor de esta compañía."

Él se rio, pero esta vez fue un sonido feo y amenazante. Se acercó a mí en dos zancadas, su presencia llenando el pequeño espacio. Me agarró del brazo con una fuerza que me hizo jadear de dolor.

"Tú eres lo que yo digo que eres," siseó, su cara a centímetros de la mía. "Y ahora mismo, digo que eres una asistente inútil. Así que vas a tomar esa aguja y vas a empezar a trabajar, ¿entiendes?"

Intenté soltarme, pero su agarre era como un tornillo de banco. El dolor era intenso.

Fue entonces cuando Valentina entró en la habitación, sus ojos se abrieron con una falsa alarma.

"¡Ricardo, mi amor! ¿Qué pasa? ¿Por qué le gritas?"

Corrió hacia él y se puso a llorar suavemente, apoyando la cabeza en su pecho.

"Sofía me acaba de amenazar," sollozó. "Dijo que me arrepentiría de haberle quitado el papel. Dijo que se aseguraría de que yo nunca pudiera volver a bailar. Tengo tanto miedo."

Era una mentira descarada, una actuación digna de una actriz de telenovela barata. Pero Ricardo se la tragó entera. Su rostro se contorsionó de furia.

"¿Te atreviste a amenazarla?" rugió, soltándome el brazo solo para abofetearme con toda su fuerza.

Mi cabeza se sacudió hacia un lado, el sonido de la bofetada resonó en el pequeño cuarto. El sabor metálico de la sangre llenó mi boca. Me quedé mirándolo, aturdida por el dolor y la traición. El hombre que me había pedido matrimonio, que decía amarme, me había golpeado por la mentira de otra mujer.

"¡Aprenderás a respetar a tu superiora!" gritó. "¡Aprenderás cuál es tu lugar!"

Me agarró del pelo y me arrastró fuera del vestidor, a través de los pasillos del teatro. Los pocos miembros del personal que quedaban apartaron la vista, demasiado asustados para intervenir. El dolor en mi cuero cabelludo era insoportable, cada tirón era una nueva tortura. Me arrastró por unas escaleras polvorientas que bajaban a los sótanos del teatro, un lugar que rara vez se usaba.

El aire era húmedo y olía a moho. Me arrojó a una pequeña habitación vacía, con paredes de ladrillo desnudo y una única bombilla que colgaba del techo. Caí al suelo de cemento, mi cuerpo entero protestando por el maltrato.

La puerta se cerró con un golpe sordo, y el sonido de un cerrojo deslizándose me heló la sangre. Estaba encerrada.

Unos minutos después, la puerta se abrió de nuevo. Era Valentina, sola. Llevaba una pequeña linterna y una sonrisa triunfante.

"¿Te gusta tu nuevo camerino?" preguntó, su voz dulce y venenosa. "Creo que va más con tu nuevo estatus."

Se acercó y me pateó suavemente en el costado.

"¿Sabes? Ricardo estaba empezando a aburrirse de ti. Demasiado seria, demasiado dedicada a tu 'arte'," dijo, haciendo comillas en el aire. "Él necesita a alguien divertida, alguien con poder real en el mundo de hoy. Alguien como yo. Tú eres solo una reliquia del pasado, Sofía."

Me miró de arriba abajo con desdén.

"Él nunca te amó. Solo le gustaba la idea de tener a una bailarina principal como trofeo. Pero los trofeos se cambian por modelos más nuevos y brillantes."

Se arrodilló frente a mí, su rostro peligrosamente cerca.

"Voy a disfrutar cada segundo de tu caída," susurró.

De repente, gritó. Un grito agudo de dolor. Retrocedió rápidamente, sujetándose el brazo. Vi un rasguño largo y rojo en su piel, un rasguño que ella misma se acababa de hacer con una de las horquillas de su peinado.

"¡Ayuda! ¡Ricardo, me atacó! ¡Está loca!" gritó hacia la puerta.

La puerta se abrió de golpe y Ricardo entró corriendo. Vio el rasguño en el brazo de Valentina y luego me miró a mí, en el suelo. Su rostro se convirtió en una máscara de furia pura.

No tuve tiempo de reaccionar. Su pie se estrelló contra mis costillas.

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