La bailarina de la mafia

A los veinticinco años Mariposa no había probado otra cama diferente a la de su habitación. Conocía cada parte de ella por la cantidad de veces que había tropezado con algún mueble. Había vivido bajo aquel techo desde su nacimiento. Roxana, su madre, tenía una persona encargada de ella la mayor parte del día. Susana, que siempre fue su niñera, se había desvivido cuidándola desde que tenía recuerdos. Debía tener unos cuarenta años, o eso era lo que la mujer siempre decía.

Lo único que conocía de su apariencia era lo que descubría trazando el camino de la fisonomía con sus manos. A veces la dejaba acariciarle el rostro, tocar con la yema de los dedos el contorno de la cara, mientras se enredaba en el cabello imaginando la longitud. Por los abrazos que se dieron conocía su silueta como si lograra visualizarla. A pesar de eso, lo único que tenía de la mujer que la cuidaba y, que a veces sentía que amaba más que a su propia madre, era una imagen difusa en su mente.

Nunca podría visualizar el mundo a su alrededor, pero ese hecho no le causaba tristeza. Era ciega desde su nacimiento y no podía extrañar lo que siempre le había sido negado. Su vida era aquella habitación y el recorrido de cada lugar del burdel donde vivía.

«Muchas veces pregunté qué significaba esa palabra. Según mi madre es un bar de espectáculos donde las mujeres hermosas brillan como estrellas cada noche. Ella siempre dice que soy la que ilumina la sala con mi presencia a pesar de mis defectos».

Una sonrisa se mostró en el rostro al recordar las únicas palabras amorosas que recibió de ella. Las mismas que repetía antes de salir a bailar. Siempre fue una niña curiosa; por algún motivo que nunca llegó a entender la mantenían alejada del mundo exterior. Su única compañía era Susana.

Fue al cumplir la mayoría de edad que comenzó con el trabajo nocturno. Roxana, como regalo por su decimoctavo cumpleaños, le obsequió una simple frase: «Debes comenzar a ser rentable, tu manutención todos estos años tiene un costo». Horas después, al caer la noche, su cuidadora la ayudó a vestirse con una ropa a la que no estaba acostumbrada. La falta de tela sobre el cuerpo la abrumó y comenzó a sentir miedo. Sin embargo, ese terror a lo desconocido no impidió dejarse pintar sobre el rostro las alas de una mariposa.

Recordaba el momento como si lo estuviese viviendo en ese instante.

—Su-Susi, ¿qué haces sobre mi cara? —intentó que no notara el temblor en su voz.

—Calla, niña, deja de quejarte. Es maquillaje, si vas a salir frente al público quiero que te veas como las más hermosa; como lo que eres, una mariposa con miedo a desplegar tus alas y volar con libertad.

Nunca entendió aquellas palabras, a veces sentía que la mujer que acompañaba sus días guardaba muchos secretos.

—Mariposa… como mi nombre, ¿por qué mi madre me llamaría así?

—Te llamó así porque eres igual de hermosa y frágil que una de ellas, porque su deseo fue que volaras lejos y tuvieses la vida que siempre soñó para ti. Por desgracia no era esta.

¿Cómo podría volar si ni siquiera podía ver? ¿Si su vida hasta unos años atrás había sido las cuatro paredes de su habitación? Una habitación que siempre se mantenía cerrada para no dañarse dándose golpes con cada mueble. Mariposa nunca se quejó, comprendía que esa vida era la adecuada para una niña como ella, una que nació defectuosa.

«¿Por qué mi madre no podría quererme como lo hace Susana? Creo que me detesta, desde que comencé a bailar parece cuidarme más. Me trae ropa y joyas para adornarme en las noches, quiere que me vea hermosa. Cuando me trata con cariño me hace sentir orgullosa de mí misma».

El ruido de la puerta al abrirse llamó su atención y provocó que escapara de los recuerdos. Dirigió el rostro hacia el sonido de los pasos como si lograra ver; no hacía falta preguntar quién era, el perfume de la cuidadora inundó cada lugar en sus fosas nasales.

—¡Hola, Susi!, ¿por qué tardaste tanto en llegar? —La sintió sentarse junto a ella y la suavidad de su tacto acarició su mejilla.

—Lo siento, estaba discutiendo algunas cosas con Roxana —el tono de su voz fue amargo.

—¿Discutiste con mi madre? —preguntó aun sabiendo lo evidente.

—No, cariño. Solo tuvimos algunas diferencias, ya sabes que no pensamos igual.

—No me mientas, te conozco, estás molesta. —La escuchó reír, tocó los labios y se encontró con la comisura arqueada.

—Ya eres una mujer adulta y no puedo engañarte, eres muy inteligente. —El sonido de un suspiro frustrado le indicó que sus teorías eran ciertas.

—Mentir es algo muy feo; me enseñaste que la mentira solo traía graves consecuencias, ¿por qué lo haces tú? —La habitación se embriagó con el silencio y buscó la mano de la cuidadora para sujetarla entre las suyas.

—A veces no queda otro remedio que engañar por supervivencia propia, otras por la de las personas que amas, o tan solo por no dañar. Quiero pensar que no todas las mentiras son igual de malas; las hay piadosas, mi pequeña.

Mariposa negó con la cabeza.

—Deja de intentar confundirme, ¿son malas o no? —reprochó, molesta.

—Bueno… quizá solo son malas si te descubren. —Susana comenzó a reír, siempre intentaba bromear con ella—. Ahora vamos a arreglarte, hoy tu trabajo se alargará un poco más.

—¡¿De verdad?! —gritó eufórica y a la vez confundida por el tono de voz que usó su acompañante.

—Mari, eres tan inocente. Roxi quiere que, al terminar tu show sobre el escenario, la Mariposa virgen continúe bailando en las salas privadas. ¿Comprendes lo que eso significa? Tranquila, nadie podrá tocarte. Son cuartos acristalados donde los hombres entran a mirar de una forma más íntima.

La voz melosa de Susana daba a entender que quería tranquilizarla, a pesar de que no se escuchó creíble.

—¿Por qué habría de estar nerviosa? —Esbozó una sonrisa y se olvidó de sus malos pensamientos—. Estoy emocionada, me encanta bailar y saber que hay personas que me ven, aunque yo no pueda hacerlo. Además, me aburro mucho, siempre estoy encerrada en la habitación.

—Hay tanta vida ahí fuera, tanto que no conoces —de nuevo la voz de Susana se tornó apagada y con un aire de tristeza.

«¿Por qué me dice eso? Sabe que mi lugar es aquí, siempre insiste en mencionarme la libertad, ¿por qué querría salir a un mundo donde piensan que no valgo nada? Mi madre lo repite una y otra vez, este es mi hogar y aquí nadie me hará daño. Susi dice que me ama, pero a veces siento que no quiere verme feliz».

Se dejó vestir con la ropa que escogió para ella y se mantuvo en silencio mientras peinaban su cabello y la maquillaban como cada noche. Una vez que estuvo lista se despidió de su acompañante con un beso en la mejilla y salió con cuidado. A verla marchar nadie podría intuir que era invidente. Se movía con gracia y una elegancia digna de una reina, mientras todo estuviese colocado en el lugar de siempre no tropezaría.

Unos minutos después llegó al escenario, se detuvo junto a la cortina y la voz de un compañero de trabajo llamó su atención.

—Mariposa, ¿estás lista? Bueno qué más da. Sales en cinco minutos, mueve ese culito, preciosa. —El hombre palmeó su trasero con demasiada confianza.

Se ruborizó ante el contacto y se quedó rígida por unos segundos. Mario era una contratación reciente, los empleados más antiguos sabían que debían evitarla. Cada vez que intentaba tener una conversación siempre huían. Unos años atrás escuchó a una mujer decir que, su madre, les tenía prohibido socializar con ella. Fue la primera vez que se enfrentó a Roxana, le gustaba sentirse protegida, pero deseaba tener amigas. Como por arte de un hechizo aquella joven se desvaneció, nunca volvió a saber de ella. El sexto sentido le gritaba que era más seguro mantenerse en silencio y que, tras todo lo que la rodeaba, se tejía una tela de araña demasiado enredada en mentiras.

La música comenzó a sonar, el telón se abrió frente a ella y provocó una brisa en el rostro; esbozó su mejor sonrisa y se adentró en el escenario.

*******

Darío se encontraba acompañado de su amigo Oscar, el mismo que no había dejado de recordarle que al día siguiente sería su boda. Si había salido era porque no quería pensarlo.

—Darío, ¿puedes darte prisa? Vamos a celebrar tu despedida por todo lo alto. —Bajó del auto y observó el lugar donde lo había llevado su mejor amigo.

«¡Maldita sea! Celebrar mi despedida de soltero en uno de los negocios de mi madre, ¿qué otra cosa podría ser peor?».

No era ajeno al modo de vida de su progenitora. Se mantenía al margen de todo lo ilegal que ella hacía esperando que, si algún día los asuntos turbios en los que se veía envuelta explotaban en su rostro, no se viera afectado. Ambos tenían una relación de amor odio algo especial. Le agradecía todos los lujos en los que había sido criado; la educación que le dio, pero obligarlo a casarse con alguien a quien detestaba solo por un acuerdo de negocios… era llegar demasiado lejos.

Tener que vivir atado a una mujer no era algo que se hubiera planteado tan pronto, pero vivir atado a una que odiaba y que no le provocaba ni la más mínima atracción, lo tenía al borde del colapso nervioso. Su madre no aceptaba un «no» como respuesta y para colmo sabía convencerlo. Que lo amenazara con dejarlo en la indigencia fue muy eficaz, tanto como para provocar que se arrodillara ante la arpía y le propusiera matrimonio. Era irónico que su amigo lo trajera a aquel lugar a vivir la última noche de soltería, o como él lo llamaba: «La noche antes de tu muerte».

Nadie sabía de los negocios sucios de su madre, solía mantenerlos ocultos bajo otros legales que no daban muchos beneficios. Por eso se abstenía de contar a sus conocidos que la mujer que lo trajo al mundo era una proxeneta.

Estaba casi seguro de que en los locales trabajaban personas que no se prostituían por amor al arte. Muchas veces se planteó que ella fuera una de las jefas de las redes de corrupción de trata de blancas, pero tampoco hizo nada por salir de dudas. Era su última noche de felicidad antes de firmar el contrato que lo llevaría preso con una mujer. Se iba a divertir sin pensar en el lugar en el que se encontraba. Quizá podría desfogar sus ganas con alguna de las prostitutas. Sabía que la dueña solo buscaba lo mejor para los clientes.

Se adentró al local junto a Oscar, mientras agradecía haber sido siempre prudente y no haberse rozado por allí más que en un par de ocasiones, así los empleados no lo reconocerían como el hijo de la jefa.

Una fina tela roja dividía el paso desde el pasillo oscuro, al lugar de donde provenían los incesantes ruidos. La música sonaba impidiendo cualquier conversación calmada, a lo que había que agregar los silbidos de los hombres y algunos gritos obscenos. Al pasar la cortina, un pasillo en forma de L trazaba el camino al interior. El escenario se encontraba a su derecha y ardía en deseos por verlo. Sin embargo, un detalle llamó su atención; frente a él se divisaba un cartel con una preciosa chica de tez blanca. Poseía un cabello tan oscuro que parecía engullir las partículas de luz y le caía en ondas azabaches hasta la cintura. Unos intensos ojos azules tan claros que parecían irreales, se difuminaban tras el maquillaje de una mariposa. La mujer de la pintura era poseedora de unos labios carnosos, rojos como la fruta prohibida del paraíso. Tan solo con divisarlos se le antojaba morderlos sin dejar nada de ellos. Tenía una figura esbelta, pero a la vez cargada de unas llamativas curvas que lo dejó embelesado. Oscar tiró de su brazo y lo obligó a seguir el camino.

—La llaman la Mariposa virgen, es la atracción de lugar. Dicen que nunca la tocó un hombre, pero lo dudo mucho. La vi bailar y tal como se mueve esa mujer es un pecado.

—Pecado…—repitió la palabra con una sonrisa—. No me importaría caer en todas sus tentaciones.

Oscar comenzó a reír de una forma perversa. Por la mirada que tenía podía percatarse de que su amigo deseaba perderse entre los brazos de una, o varias de las mujeres que frecuentaban el club.

—Entonces muévete, el espectáculo ya comenzó.

Lo siguió sin poner objeciones, él tenía las mismas ganas de divertirse y olvidar la tragedia que viviría al día siguiente. Al cruzar la esquina llegó a su visión el escenario y, sobre él, el argumento de todas sus fantasías contorsionando el cuerpo con una pasmosa habilidad. La miró, y no pudo hacer más que olvidar todo a su alrededor. Aquella mujer se fundía con la música, y bailaba de tal modo que podía subyugar a quien se atreviese a obtener uno solo de sus favores. Casi como si se tratara de una diosa entre mortales.

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