—Estás ebrio, Darío; ya escuchaste al de seguridad, o te comportas o nos sacan de aquí. Y no sé tú, pero lo que es mi entrepierna quiere quedarse un rato más —protestó Oscar.
—No me importa, quiero mi despedida de soltero y la quiero ahora.
Sabía muy bien que si seguía con aquel comportamiento acabarían echándolos del local de su propia madre. Y tendría que callar, a no ser que quisiera descubrir los negocios de la que se presentaba como una señora intachable. Tenía muy claro que al día siguiente sería un hombre casado. Ese hecho lo sentía como una soga en el cuello que se tensaba a cada minuto que iba transcurriendo. Y, aunque quisiera evitarlo, cada mujer que se acercaba y se sentaba en su regazo con coquetería, acababa por recordarle a la serpiente venenosa con la que tendría que desposarse.
—Hay mujeres muy bellas, escoge a una y disfruta. Ya te dijeron que la Mariposita tiene la noche cubierta, no puedes pretender llegar el primer día y ser el primero en la lista para los bailes privados.
Miró a Oscar con la necesidad de golpearlo a pesar de saber que tenía razón. Era consciente de que la mujer parecía ser la más solicitada, pero era su noche y no una cualquiera. Eran las pocas horas que le quedaban, la última sombra de vida antes de morir en agonía. Una vez que su destino se hiciese cierto, tendría que despertar cada mañana viendo el rostro de una arpía viciosa, la misma que poseía una lengua de doble filo capaz de asesinar con sus palabras. De ella llegaba a molestarte hasta la tonalidad del cabello rubio, uno que presumía ser natural, cuando a la vista estaba que era una mala decoloración. El pequeño cuerpo sin forma y los ojos rasgados, lo torturaban con solo imaginar tener que cumplir con el deber de marido. Cada vez que lo observaba, nunca sabía si estaba cerrando los ojos o lo miraba con gesto inquisitivo. No tenía nada en contra de las mujeres asiáticas, pero aquella era una que no soportaba. Aratani era y sería siempre su peor pesadilla.
Kazuki —su padre—, era uno de los socios de Roxana. Provenía de Japón y, por lo poco que lo había tratado, era un hombre narcisista y con una afición poco sana por controlar todo. Casi podía creer con total seguridad, que se trataba de un mafioso dedicado a los mismos negocios turbios que su progenitora. Parecía caer de la cama cada mañana vestido como un muñeco de pastel de boda, sin un ápice de sonrisa en el semblante y con un porte que destilaba amenaza. La primera vez que lo vio se percató de quien había ganado en la repartición genética, su adorada hija era tan odiosa como él.
—No quiero otra, la necesito a ella. Todas tienen esa mirada de: te voy hacer ver el cielo para después abrirte en canal, sacarte los órganos y hacerme un Bloody Mary con tu sangre.
Oscar dejó escapar una carcajada. Sería su mejor amigo, pero en aquellos momentos verlo reírse de su desgracia, le provocaba tomarlo del cabello y estamparle el rostro contra la mesa.
—Dices lo mismo de Aratani, ahora resulta que la ves en todas las mujeres. Me alegro que comiences a aceptar el destino y ames a tu futura esposa —se burló—. Aun no entiendo por qué te casas, ni por qué tu madre se empeña en joderte la vida. Igual, tu futura esposa, es una mujer que no cualquiera puede domar.
El tema de Roxana no era algo a lo que estuviera dispuesto a enfrentarse. De cierta manera amaba a su madre, pero ni su propio esposo se había quedado junto a ella. Era obsesiva, una líder nata. En su compañía cualquier hombre llegaba a sentirse castrado, siempre se las apañaba para tratar a las demás personas como marionetas. Por su culpa, cuando era pequeño, llegó a odiar a su padre con todas sus fuerzas.
«¿Qué niño no odiaría a un padre ausente? Uno del que solo conozco su rostro por una antigua foto que tiene junto a mi madre. Y no porque ella me la mostrara, lo único que sé de él es su nombre, y para mi continua desgracia me bautizaron con el mismo. Mi madre nunca se molestó en hablarme del hombre que provocó mi nacimiento, cada vez que intenté sacar algo en claro ella se marchaba». Por la falta de información siempre había idealizado al hombre que lo abandonó, cuando era un niño creía que aparecería en cualquier momento y lo llenaría de cariño. Pero al ponerle rostro y leer tras la fotografía el nombre de Darío y Roxana, algo se rompió en su interior. Era real, tanto como el parecido entre ambos. Y, a pesar de heredar sus genes, saberse abandonado lo hizo odiarlo. Incluso llegó a prometerse a sí mismo que al ser adulto lo buscaría y le haría pagar su ausencia. Por mucho tiempo su propio reflejo frente al espejo lo llegó a molestar.
Roxana nunca fue una madre amorosa, tampoco se desvivía en atenciones ni le dedicaba tiempo. Era la frialdad hecha humano, un tempano de hielo que cobró vida por algún hechizo. Sin embargo, en las contadas ocasiones que vio amor dibujado en su mirada, fue cuando le dedicó unas palabras que aborrecía: Eres igual a él. «¡Y vaya si lo soy!».
No podía quejarse de atractivo y buen porte. El tono tostado de su piel, y la penetrante mirada de ojos oscuros adornada con unas pestañas largas y curvilíneas, le habían abierto las puertas de muchos cielos femeninos. El cabello oscuro al que acompañaban un remolino indomable en la zona trasera de la cabeza, le daba a su despuntado estilo, el toque justo para hacerlo parecer travieso. Era más alto que la media y le gustaba tornear el cuerpo pasando varias horas en el gimnasio. Su apariencia había sido el recordatorio constante de una procedencia casi desconocida. Una que lo había molestado desde siempre, porque al crecer en ambientes selectos y carecer de figura paterna, tuvo que sufrir los incesantes comentarios sobre ser adoptado. Sus compañeros de escuela argumentaban que lo más probable era que proviniese de una familia humilde, una con una impetuosa necesidad por deshacerse de él. Y la cruel realidad era que no podía negar la evidencia, había que estar ciego para no ver que su madre y él, eran la luna y el sol. La procedencia de Roxana era rusa y, a pesar de ser una belleza, era una preciosidad inerte. No poseía calidez humana, la palidez de su piel podría provocar que la confundiesen con un cadáver.
«A veces pienso que mi padre la embarazó metiéndole un palo de hielo en el trasero».
Para su suerte, no le hacía falta ver el acta de nacimiento para cerciorarse de sus orígenes. A los veintiséis años tenía superada la infancia, o eso era lo que decía siempre para no aceptar lo mucho que le dolía su crecimiento junto a una madre de aquellas características y un padre casi fantasmal.
Eran las cinco de la mañana cuando se disponía a terminar el fondo de la última copa, observó a Oscar que se encontraba muy bien acompañado. Una de las bailarinas retozaba sobre él, no parecía incomodarla que su amigo sujetara uno de los pechos como si quisiera llevárselo a casa. Las actuaciones públicas cesaron y el local se había convertido en un centro de lujuria y descontrol. No importaba el lugar a donde dirigiera la vista, en cada rincón había hombres dedicados a sucumbir a los más bajos instintos. Parecían no tener pudor y sus acompañantes les seguían el juego con una sonrisa.
«¿Acaso están tan ebrios que no les importa exhibirse de esa forma?».
No tenía nada en contra de ellos, pero creía que había momentos que eran privados. Y el sexo en aquellas paredes parecía convertirse en algo sucio, vergonzoso y prohibido. Quizá por ese motivo se había dejado hechizar por la mujer que tenía el cielo en la mirada, bailaba ajena al público, absorta en los movimientos sin importarle los gritos que le proferían. Había conseguido averiguar un poco sobre ella invitando a algunas copas y socializando con la gente, pero no lograba creer del todo que alguien de sus características y trabajando en un lugar como aquel lograra mantenerse pura. Estaba casi seguro de que era una estrategia comercial de su madre. Un bulo para hacer soñar a los ingenuos y desesperados con una mujer así, provocando que reincidieran cada noche en busca de una ilusión con una diosa demasiado perfecta para codearse con los pecadores mortales.
Quizás el alcohol comenzaba a hacer estragos además de en el sentido del equilibrio, en sus pensamientos. Pero cuanto más observaba los carteles de esa mujer, más sentía un magnetismo hacia ella que le provocaba hacer cualquier locura con tal de obtener unas migajas de su atención, así fuese una mirada.
Aun en su deplorable estado conocía el lugar, podía ser por suerte u obra divina, pero consiguió pasar desapercibido ante los miembros de seguridad y se las ingenió para adentrarse tras el escenario. Esperaba que Roxana no se encontrara allí, si lo veía pondría el grito en el cielo. Se ganaría un sermón y le echaría en cara lo descuidado que era con su futura esposa. Le parecía escucharla decirle que debería estar acostado en la cama y no ebrio a unas horas de unir su vida a la arpía.
Sacudió la cabeza intentando que la imagen de Aratani desapareciera. Miró a ambos lados con disimulo y se adentró en el pasillo. Aquel era muy distinto al que daba a las habitaciones que pagaban los clientes por compañía más privada. Por el aspecto parecía ser el lugar destinado para el personal que trabajaba allí. El único techo que, según Roxana, les cedía de forma amable ya que no tenían otro lugar a donde ir.
«Puede que sí tuviesen alguno antes de ir a parar a este antro, quizá no trabajen aquí por voluntad propia». Aquella idea siempre le había rondado la mente, cuando alcanzó la madurez pudo ver a su madre desde un punto de vista más objetivo, pero no era capaz de hacer algo en su contra.
Una mujer habló a su lado, el tono de su voz irradiaba sensualidad y eso lo hizo detenerse.
—¿Qué haces aquí, guapo?
El humo de un cigarro se paseó por su rostro. Entrecerró los ojos por unos momentos, mientras los oídos se impregnaban por la estridente voz de la fémina que se encontraba parada frente a él. La miró recorriendo cada una de las curvas que exponía, deteniéndose en las partes más femeninas. Estaba ebrio y no había tenido la necesidad en su vida de acudir a esos servicios, pero no era ciego. La escasa tela no le pasó desapercibida, así que sonrió con coquetería.
—¿Te han dicho alguna vez lo bonita que eres? —las palabras se deslizaron con seguridad a pesar del estado en que se encontraba.
—A diario. —Torció los labios en una sonrisa burlona—. Si quieres algo de las chicas debes concertarlo fuera, este lugar no es para clientes.
Exhaló el aire molesto, era más difícil llegar a esa pequeña Mariposa que al mismo presidente.
—Quiero un baile privado. —Paseó el dedo índice por el hombro desnudo de la joven sin dejar de mirarla a los ojos.
—Si quieres, mi turno acaba de terminar, pero por hacer horas extras te va a salir caro.
La mujer tenía belleza y, tras pensar en el rostro de la que sería su esposa necesitaba algo que lo hiciera olvidar, así fuese por unos minutos.
—Puedo pagarte, linda. —Rozó con la lengua el labio inferior como si saboreara lo que la joven podía ofrecerle—. Si supieras quien soy, lo harías gratis.
En cuanto recobró el sentido común quiso golpearse por decir aquellas palabras. La chica lo miró con desconfianza, pero le indicó que la siguiera. Caminaron tomando una desviación y conforme más se alejaban los ruidos del bar se perdían en la lejanía.
—Ven, pasa por aquí; si los de seguridad te ven entrando a la zona de clientes por el área del personal te sacarán a patadas. No queremos eso, ¿verdad? —Le guiñó un ojo y colocó la mano sobre la espalda desnuda antes de contestar.
—Puedes apostar que no.
Caminó tras ella observando el cabello rojizo, luchando contra el deseo de enredar uno de los dedos en las hebras y arrancarle la peluca. «Debo decirle a mi madre que les compre algo más natural, me dan ganas de hacerme un plumero con su cabello».
Pasaron por varias habitaciones que se encontraban ocupadas, el tono bermellón de las paredes del pasillo junto a algunos cuadros con pinturas obscenas, recargaban la casi inexistente decoración. Era la segunda vez que pasaba por ese espacio, las pocas veces que había entrado al club siempre fue directo al despacho de su madre. Recordó que una de las veces se perdió terminando en ese mismo lugar, pero lo sacaron sin darle tiempo a ver nada.
—¡Ay, cuidado! —su acompañante gritó cuando chocó con ella por encontrarse distraído.
—Lo siento, ¿te hice daño? —La vio negar con la cabeza.
—Espero que ahí dentro se te quite lo despistado. —Sonrió de un modo que le pareció falso y bajó el tono a un susurro—. Tampoco habrá diferencia, siempre me toca fingir los orgasmos.
—¡¿Cómo?! —preguntó molesto.
—Nada, que aquí hay una habitación vacía.
Había escuchado con claridad cada palabra, y cuanto más tiempo pasaba en su compañía, se percataba con más rapidez de que se había dejado seducir por la escasa vestimenta. Si pasaba las últimas horas de libertad con ella, sería otra mentira en su vida. La usaría para satisfacción personal aun sabiendo que ella, solo querría terminar cuanto antes y que le pagara. Esa mujer era justo de lo que había estado huyendo toda la noche.
Comenzaba a dudar de los motivos que lo habían llevado allí y odiaba a su amigo por convencerlo. No encontraría la salvación en esas paredes y menos el amor de su vida. Además, si lo encontraba tan solo le serviría para sufrir. Deseaba poder encauzar el camino con una muchacha que lo viese con cariño, pero ese pensamiento solo lo torturaba. Su propia madre le había negado ese derecho. Aún era joven para atarse de ese modo a otra persona, no estaba preparado para el matrimonio, ni siquiera había vivido un enamoramiento real. Quizá tuvo algún capricho adolescente, pero nada tan fuerte como para dar todo por otra persona.
La mano de la pelirroja sujetó su brazo indicándole que pasara, pero tan solo con sentir el roce se quedó estático. Un par de puertas a la derecha de donde se encontraba, una chica salió palpando el muro. Sonrió al pensar que no solo los clientes bebían de más, la pequeña de cabello oscuro parecía no saber ni por donde caminaba. La vio seguir en línea recta hasta chocar con la pared que tenía frente a ella, se tambaleó mareada y cayó sentada en el suelo con torpeza. La risa exagerada de su acompañante resonó a su espalda, al parecer le resultaba en extremo gracioso el incidente.
Eso le hizo sentir molesto, se suponía que eran compañeras de trabajo y, sin embargo, en vez de ayudarla se regocijaba. Sin dirigirle la mirada caminó todo lo seguro que su estado le permitía, y se acercó a la joven que no parecía tener intención de levantarse. Había flexionado las piernas y ocultaba el rostro entre las rodillas. En el momento que estuvo frente a ella se agachó para quedar a su altura, y sin pararse a pensar en lo que hacía, paseó la mano por el cabello y lo acarició enredándose en su suavidad.
La joven se tensó, alzó el rostro como si buscara la procedencia de la caricia; se encontraba frente a ella, pero parecía como si no pudiese verlo. Nervioso tiró del cabello que tenía enredado entre los dedos y ella dirigió el rostro hacia la mano dejando al descubierto su fisionomía.
Al descubrir el trabajado maquillaje formando una mariposa sobre la piel, comenzó a sonreír con el corazón acelerado. La diosa seguía siendo hermosa al verla tan cercana, pero ya no parecía tal regia e invulnerable, más bien todo lo contrario. Y eso no hizo más que aumentar el deseo que sintió nada más verla, incluso a tal punto de quedarse mudo.





