Juego Suspendido,Contrato Cancelado

A Alejandro Vargas le gustaba que lo trataran como a un perro.

Y a mí, durante cinco años, me encantó ser su dueña.

Era nuestro juego, un secreto perverso que alimentaba una relación que nadie entendía.

Él, el magnate tecnológico de Monterrey, el hombre que aparecía en las portadas de las revistas de negocios, se arrodillaba a mis pies en la privacidad de nuestra casa.

Yo, Sofía Morales, la diseñadora de moda que salió de la nada, lo "adiestraba" .

Le enseñaba a obedecer, a esperar, a ganarse mi afecto con gestos de sumisión.

Y él gozaba de ese control que yo ejercía, un control que le era negado en su mundo de tiburones corporativos.

Para todos los demás, éramos la pareja poderosa, la unión perfecta de la belleza y el cerebro, del arte y la tecnología.

Nadie sabía que nuestra dinámica era la de un amo y su mascota.

Una mascota a la que yo creía tener perfectamente entrenada.

Esta noche, en la gala benéfica anual del Museo de Arte, todo iba a cambiar.

El aire estaba cargado con el perfume caro de las mujeres y el olor a poder de los hombres.

Yo llevaba un vestido diseñado por mí, un rojo sangre que se pegaba a mi cuerpo y que había hecho que Alejandro me mirara con esa hambre posesiva que tanto me gustaba.

El evento principal de la noche era la subasta.

Y la pieza estelar, un collar de esmeraldas que me robó el aliento en cuanto lo vi en el catálogo.

No eran unas esmeraldas cualquiera.

Eran las esmeraldas de mi abuela.

Una joya familiar que mi madre tuvo que vender cuando mi padre murió, dejándonos en la ruina.

Verlo allí, bajo las luces brillantes, fue como ver un fantasma de mi pasado, un símbolo de todo lo que habíamos perdido y todo lo que yo había luchado por recuperar.

Le susurré a Alejandro al oído, mi voz un murmullo apenas audible sobre la música.

"Ese collar… era de mi abuela."

Él me miró, sus ojos oscuros recorriendo mi cara, y luego posándose en el collar.

Una sonrisa lenta y calculadora se dibujó en sus labios.

"¿Ah, sí?"

Asentí, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.

Esto era más que una joya. Era mi historia. Era mi dignidad.

La subasta comenzó.

Las pujas subían rápidamente. Cien mil. Doscientos mil. Medio millón.

Yo contenía la respiración, sabiendo que estaba fuera de mi alcance.

Pero entonces, la voz de Alejandro resonó en el salón, clara y dominante.

"Un millón de pesos."

El silencio se apoderó de la sala. Nadie se atrevió a competir con Alejandro Vargas.

El martillo sonó.

"¡Vendido al señor Alejandro Vargas!"

Me giré hacia él, mis ojos llenos de lágrimas de gratitud.

Mi mano encontró la suya bajo la mesa, apretándola con fuerza.

Cinco años de esta extraña relación, de estos juegos de poder, y por primera vez sentí que todo había valido la pena.

Esto era. Este era el momento.

Era su forma de decirme que ya no era un juego. Que quería mi pasado, mi historia, que me quería a mí, completa.

Que finalmente, nuestra relación se iba a formalizar.

El director del museo le entregó la caja de terciopelo.

Alejandro se puso de pie, y el murmullo de la multitud se calmó, esperando su discurso.

Me miró directamente, y yo le sonreí, preparándome para levantarme, para unirme a él en el centro de todas las miradas.

"Esta noche" , comenzó Alejandro, su voz resonando con carisma, "he adquirido esta magnífica pieza no como una inversión, sino como un símbolo."

Mi corazón se hinchó de orgullo y amor.

"Un símbolo de un nuevo comienzo. Un símbolo de devoción."

Continuó, sin dejar de mirarme.

"Quiero entregar este collar a la mujer que ha capturado mi corazón, a mi verdadero amor."

Sentí que el mundo entero se detenía. Este era el momento que había esperado durante cinco largos años.

Pero entonces, su mirada se desvió.

Pasó por encima de mi cabeza y se posó en alguien que estaba detrás de mí.

Lentamente, me giré.

Allí, de pie, con una expresión de inocencia ensayada, estaba su joven asistente, Camila Rojas.

Una chica de veintipocos años, con una cara fresca y unos ojos que brillaban con ambición.

Alejandro caminó hacia ella, pasando a mi lado sin siquiera mirarme.

Abrió la caja de terciopelo, sacó el collar de mi abuela y, ante la mirada atónita de toda la alta sociedad de Monterrey, se lo colocó en el cuello a Camila.

Las esmeraldas, que habían pertenecido a mi familia por generaciones, brillaban sobre la piel joven de otra mujer.

El aplauso estalló, pero para mí sonaba como un estruendo lejano y sordo.

Mi mundo se había hecho añicos.

La humillación era un veneno que se extendía por mis venas, helándome la sangre.

No solo me había descartado, lo había hecho públicamente, usando el símbolo más sagrado de mi pasado para coronar a mi reemplazo.

Camila lo abrazó, susurrándole algo al oído, y luego me lanzó una mirada fugaz, una mezcla de triunfo y falsa compasión.

Alejandro finalmente se acercó a mí, su rostro una máscara de fría indiferencia.

"Sofía" , dijo en voz baja, como si estuviera reprendiendo a un niño. "No hagas una escena."

Lo miré, y por primera vez en cinco años, no vi al hombre que amaba, ni a la mascota que adiestraba.

Vi a un monstruo.

"¿Una escena?" , repetí, mi voz temblorosa de rabia contenida.

"Camila y yo nos vamos a casar" , soltó, sin rodeos. "Pensé que lo entenderías. Pero no te preocupes, nuestro acuerdo puede continuar. No tienes que irte a ninguna parte."

Su propuesta me golpeó con la fuerza de una bofetada.

Quería que fuera su amante. La otra. La mujer en la sombra, mientras él construía una vida respetable con una versión más joven y dócil de mí.

Una risa amarga escapó de mis labios.

"¿Tu acuerdo?" , dije, saboreando cada palabra con desprecio. "¿Crees que soy un contrato que puedes renovar?"

Su rostro se endureció.

"No seas dramática, Sofía. Esto es lo mejor para todos."

"¿Lo mejor?" , repetí, levantando la voz, atrayendo las miradas curiosas de los que estaban cerca. "Me acabas de humillar frente a toda esta gente, usando la joya de mi abuela para pedirle matrimonio a tu asistente, ¿y esperas que acepte ser tu perra faldera a tiempo parcial?"

Su expresión se crispó. Odiaba que usara esa palabra en público.

"Baja la voz."

"No" , dije, mirándolo fijamente, sintiendo cómo una nueva fuerza nacía de las cenizas de mi corazón roto. "Se acabó, Alejandro. Se acabaron los juegos. Se acabó el adiestramiento."

Me incliné hacia él, mi voz un siseo venenoso.

"Puedes quedarte con tu nueva mascota. Pero te advierto, a esta parece que le gusta morder la mano que le da de comer."

Me di la vuelta, con la espalda recta y la cabeza en alto.

Cada paso para alejarme de él era un infierno, pero también era el primer paso hacia mi libertad.

Mientras caminaba hacia la salida, escuché su voz detrás de mí, llena de una ira que no lograba ocultar su sorpresa.

"¡Sofía! ¡Volverás! ¡Siempre lo haces!"

No me detuve.

No me giré.

Sabía que si lo hacía, me derrumbaría.

Pero también sabía, con una certeza absoluta, que Alejandro Vargas se equivocaba.

Esta vez, no iba a volver.

Iba a recuperar mi vida, mi dignidad y todo lo que él me había quitado.

Y me aseguraría de que se arrepintiera del día en que decidió que yo era un objeto que podía ser descartado.

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