Identidad Robada

Nací con un propósito claro: ser la donante de médula ósea para Sofía, mi hermana mayor.

Ella padecía una grave enfermedad sanguínea.

Desde ese momento, mi vida fue un eco de su existencia, un sacrificio silencioso.

Mi familia, los Montenegro, volcó toda su atención y recursos en Sofía.

Yo era invisible.

Tenía un talento: tocaba el cajón peruano con pasión. Amaba la música criolla.

Para mi familia, era una pérdida de tiempo.

"Isa, deja ese ruido," decía mi madre, Elena. "Sofía necesita descansar."

Mi padre, Carlos, asentía. "Concéntrate en cosas útiles."

Pero mi motivación inicial no era complacerlos.

Quería recuperar el amor de Alejandro de la Vega y demostrar la verdad sobre nuestra relación.

Él había perdido la vista temporalmente en un accidente.

Lo cuidé en secreto en la hacienda de su familia en Ica.

Me hice llamar "Lucero".

Le tocaba melodías únicas en el cajón. Le describía el mundo que él no podía ver.

Siempre llevaba un antiguo dije de huayruro. Alejandro lo tocaba entre sus dedos mientras escuchaba mi voz o la música.

Se enamoró de "Lucero".

Pero Sofía, con la complicidad de mis padres, usurpó mi identidad.

Cuando Alejandro recuperó la vista, Sofía era "Lucero".

Ahora, estaba comprometido con ella.

Yo sufría humillaciones constantes, maltrato psicológico. A veces, físico.

Mis padres me miraron. Estábamos en la sala.

"Isa," dijo mi madre, su voz tensa. "Alejandro y Sofía se van a casar pronto. Necesitamos que te comportes."

"Que no causes problemas," añadió mi padre.

Asentí, sorprendiéndolos. "¿Comportarme? Claro."

Ellos intercambiaron una mirada de alivio.

Mi mente voló al pasado, a Ica.

Alejandro, ciego y vulnerable en la hacienda.

Yo, "Lucero", mi voz y mi cajón eran su único consuelo.

"Lucero," susurraba, sus dedos en mi dije de huayruro. "Cuando recupere la vista, me casaré contigo."

Esa promesa se sentía como una brasa en mi pecho.

Sofía lo había descubierto todo. Mis visitas secretas.

El día que Alejandro despertó de la cirugía que le devolvió la vista, mis padres me dieron somníferos.

"Es para tus nervios, querida," dijo mi madre con una sonrisa falsa.

Cuando desperté, Sofía ya era "Lucero" para Alejandro.

Él, confundido pero confiando en la familia que lo había "acogido", la aceptó.

Intenté hablar. "Alejandro, soy yo, Lucero."

Él me miró con frialdad. "No sé quién eres. Deja de molestar a Sofía."

Sofía se aferraba a su brazo, mirándome con triunfo.

Mis padres me llamaron mentirosa, obsesiva.

Ahora, en la sala, mi madre suspiró. "Sabemos que es difícil para ti, Isa. Pero debes entender..."

"¿Entender qué?" la interrumpí. "¿Que mi vida no vale nada comparada con la de Sofía?"

"No digas eso," dijo mi padre, frunciendo el ceño.

"Es la verdad," afirmé.

La puerta se abrió y entró Alejandro, seguido de Sofía.

Él me miró con desdén. "¿Sigues con tus fantasías, Isabella?"

Sofía sonrió. "Déjala, Ale. Es inofensiva."

Sus palabras eran veneno.

Más tarde, mis padres me informaron de su decisión.

"Te irás a España," dijo mi padre. "Ya compramos el billete. Para que no molestes."

Destrozada.

Recibí un mensaje de Alejandro. "Necesito verte. Hotel de lujo, suite presidencial."

Una chispa de esperanza. ¿Quizás recordaba algo?

Fui.

La puerta de la suite estaba entreabierta.

Entré.

Alejandro estaba allí, sí. Con Sofía. En una situación íntima.

Me miró, una sonrisa cruel en sus labios. "Espero que ahora entiendas la realidad, Isabella."

Sofía se rió.

Salí corriendo, humillada, el corazón hecho pedazos.

Días después, en la fiesta de compromiso, intenté una última vez.

Me acerqué a Alejandro. "Alejandro, este dije..."

Saqué el huayruro.

Sofía gritó. "¡Ladrona! ¡Ese dije es mío! Alejandro me lo regaló."

Mi madre me abofeteó. "¡Desvergonzada!"

Mi padre me agarró del brazo. "¡Largo de aquí!"

El dije cayó al suelo, rompiéndose.

Alejandro me miró con absoluto desprecio. "Eres patética."

Unos días más, y ocurrió el "accidente".

Un cartel publicitario mal asegurado cayó en la calle, muy cerca de mí.

Alejandro estaba cerca. Me apartó bruscamente.

"¿No puedes ni caminar por la calle sin buscar atención?" me espetó, mientras Sofía corría hacia él, asustada.

Yo solo sentí el dolor en mi brazo por su empujón y la frialdad de su mirada.

Él la abrazó a ella, asegurándose de que estuviera bien. A mí, ni me miró.

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