El golpe del cartel no fue grave, pero el susto y la caída me dejaron magullada.
Un paramédico me atendió en una ambulancia.
"¿Sus familiares saben dónde está?" preguntó amablemente.
Negué con la cabeza. "¿Para qué?"
Él suspiró. "El joven De la Vega se fue con su prometida. Parecía muy preocupado por ella."
Claro. Sofía.
Me dieron el alta con algunas vendas y analgésicos.
Llegué a casa.
Mis padres y Alejandro estaban en el salón, mimando a Sofía.
"Pobrecita, qué susto te llevaste," decía mi madre, acariciando el cabello de Sofía.
"Esa Isa es un peligro," comentó mi padre. "Siempre causando problemas."
Alejandro sostenía la mano de Sofía. "No te preocupes, mi amor. Ya pasó."
Nadie me preguntó cómo estaba.
Me vieron entrar, cubierta de vendas.
Mi madre frunció el ceño. "¿Qué te pasó?"
"Un pequeño accidente," dije, mi voz plana.
"Procura no tener más," dijo mi padre con severidad. "Ya tenemos suficiente con los nervios de Sofía."
Alejandro ni siquiera me miró.
Subí a mi habitación.
Durante años, había sido sumisa. Había esperado una migaja de afecto.
Ya no.
La lucha por Alejandro había terminado. No porque él no me quisiera, sino porque yo ya no lo quería a él.
No a ese Alejandro cruel, manipulado, ciego a la verdad.
Mi nueva motivación era clara: liberarme. Encontrar mi propio valor.
Sanar.
Construir una vida en mis propios términos. Lejos de ellos.
Al día siguiente, Sofía entró en mi cuarto sin llamar.
"¿Todavía aquí?" preguntó, con una sonrisa burlona. "Pensé que ya estarías empacando para tu viaje a España."
Me encogí de hombros. "Pronto."
"Alejandro está cada día más enamorado de mí," continuó, examinando mis cosas con desdén. "Dice que soy su Lucero, su todo."
La miré con calma. "Qué bien por ti, Sofía."
Ella frunció el ceño, sorprendida por mi falta de reacción.
"¿No te importa?"
"No," dije con sinceridad. "Alejandro ya no me interesa. Puedes quedártelo."
Su rostro se contrajo de rabia. No esperaba eso.
"Mentirosa," siseó. "Sé que sigues obsesionada con él."
Sonreí levemente. "Piensa lo que quieras."
Salió de mi habitación dando un portazo.
Sentí una extraña paz. La decisión estaba tomada.





