El olor a pastor y cilantro se aferraba a la ropa de Ricardo como una segunda piel, un perfume de trabajo y honestidad. Llevaba todo el día en la taquería, "El Buen Sazón", volteando carne en el trompo, picando cebolla y sirviendo órdenes con una sonrisa.
Pero hoy, el cansancio no le pesaba, porque toda esa chinga tenía un propósito: la fiesta de quince años sorpresa para su hija, Sofía. Estaba a solo una semana.
Ya había pagado la mayor parte de las cosas: el vestido, la música, la comida de su propia taquería que a Sofía tanto le gustaba. Solo faltaba liquidar el salón, un lugar elegante en el centro de la Ciudad de México que se salía de su presupuesto, pero su esposa, Elena, había insistido.
"Nuestra hija se lo merece, Ricardo. Solo se cumplen quince una vez", le había dicho.
Elena. Justo ahora, se suponía que estaba en Guadalajara, cuidando a su mamá que, según ella, había recaído de su enfermedad. Ricardo se había preocupado, le ofreció ir con ella, pero Elena se negó.
"No, mi amor, quédate a cuidar de Sofía y de la taquería. Yo puedo sola. Además, así terminas de arreglar lo de la fiesta".
Así que Ricardo, confiando en su esposa, se quedó. Esa tarde, después de cerrar el negocio, fue al salón de baile "La Noche Dorada" para pagar el último adelanto. El lugar era impresionante, con candelabros de cristal y pisos de mármol que brillaban tanto que podía ver su reflejo. Mientras esperaba al gerente, un murmullo de admiración lo atrajo hacia el salón principal.
Una pareja bailaba un tango en el centro de la pista. Se movían con una pasión que dejaba a todos sin aliento. El hombre, alto y con un traje caro, la guiaba con una seguridad arrogante. La mujer, con un vestido rojo ajustado que parecía pintado sobre su cuerpo, se entregaba al baile, sus piernas dibujando ochos perfectos en el suelo. La música era intensa, dramática, y ellos eran el centro de todo.
Ricardo se acercó un poco más, curioso. Y entonces, su corazón se detuvo.
La mujer del vestido rojo era Elena.
Su esposa. La que debía estar a cientos de kilómetros de distancia, al lado de su madre enferma.
Ricardo se quedó paralizado, el aire se le escapó de los pulmones. No podía ser. Debía ser una confusión, alguien que se le parecía mucho. Pero no, era ella. Reconocía la forma en que echaba la cabeza hacia atrás al reír, el lunar junto a su labio izquierdo.
Y el hombre... el hombre no era un desconocido. Era Miguel, el exnovio de Elena, de quien ella siempre hablaba con un dejo de nostalgia y resentimiento.
"¡Qué pareja! Son pura fuego, ¿no crees?", comentó un hombre a su lado, sin quitarles los ojos de encima. "Dicen que son los mejores bailarines de tango de la ciudad".
La voz del hombre era un zumbido lejano para Ricardo. Su mente trabajaba a toda velocidad, tratando de encontrar una explicación lógica, una razón que no le destrozara el mundo. Tal vez era una sorpresa para él, tal vez estaban practicando para la fiesta de Sofía.
Pero la forma en que se miraban, la manera en que la mano de Miguel se aferraba a la parte baja de la espalda de Elena, no era la de un simple instructor de baile. Era la mirada de un amante.
El tango terminó. La pareja se quedó abrazada un segundo más de lo necesario, mientras los pocos presentes aplaudían. Ricardo sintió que la sangre le hervía. Caminó hacia ellos, cada paso resonando en el mármol como un martillazo.
"Elena".
Su voz sonó ronca, extraña.
Elena se giró y su sonrisa se congeló. El color desapareció de su rostro.
"Ricardo... ¿qué... qué haces aquí?"
Miguel la soltó y se puso a su lado, mirando a Ricardo con una mezcla de sorpresa y desafío.
"Vine a pagar el resto del salón", dijo Ricardo, su voz temblando de una ira que apenas podía contener. "¿Y tú? ¿Qué haces tú aquí? Se supone que estás en Guadalajara".
Elena se recuperó rápidamente. Forzó una risa nerviosa y tomó a Ricardo del brazo, intentando alejarlo.
"Mi amor, qué coincidencia. Mi mamá mejoró de repente, así que decidí volver para darte una sorpresa y de paso, checar los últimos detalles del salón. No quería molestarte en la taquería".
Miró a Miguel.
"Ricardo, él es Miguel, el coreógrafo. Nos está ayudando a montar un baile sorpresa para Sofía".
Miguel extendió la mano, con una sonrisa falsa en los labios.
"Mucho gusto. Elena me ha hablado mucho de ti".
Ricardo no le tomó la mano. Miró fijamente a Elena.
"Un baile sorpresa. Claro".
La excusa era tan débil, tan insultante. Pero estaban en público. Hacer una escena solo lo humillaría a él. Se tragó la rabia, el dolor, la confusión.
"Tenemos que hablar. En privado".
Elena asintió, su rostro era una máscara de inocencia. "Claro que sí, mi amor. Vamos afuera".
Ricardo la siguió, sintiendo la mirada burlona de Miguel en su nuca. Al salir al aire frío de la noche, la mentira de Elena se sentía aún más sofocante.
"¿Me vas a decir la verdad?", preguntó Ricardo, su voz apenas un susurro. "¿Qué demonios está pasando, Elena?"
Elena cruzó los brazos, su actitud cambiando por completo. La esposa preocupada desapareció, reemplazada por una mujer fría y a la defensiva.
"¿La verdad? La verdad es que no puedo más, Ricardo. No puedo más con tu desconfianza, con tus celos. ¿No puedo tener un amigo? ¿No puedo hacer algo por mí misma sin que pienses lo peor?"
Ricardo no podía creer lo que escuchaba. Ella le daba la vuelta a todo, lo hacía ver como el culpable.
"¿Desconfianza? ¡Me dijiste que tu madre estaba enferma! ¡Te mentiste, Elena! ¡Estás aquí, bailando pegadita con tu exnovio!"
"¡Miguel solo me está ayudando! ¡Tú nunca quieres hacer nada divertido, siempre estás metido en esa taquería grasienta! ¡Yo también tengo derecho a vivir, a sentirme bonita, a bailar!"
La discusión subió de tono. La confusión de Ricardo se convirtió en una certeza dolorosa. Ella no solo le estaba mintiendo. Se estaba burlando de él.





