La puerta del salón se abrió y Miguel salió, con el ceño fruncido y una actitud protectora.
"¿Todo bien, Elena? ¿Este señor te está molestando?"
La palabra "señor" fue un golpe bajo. Miguel lo dijo con un desprecio que hizo que Ricardo apretara los puños.
"Este señor es mi esposo", espetó Ricardo. "Y esto no es de tu incumbencia".
"Claro que lo es si la estás agrediendo", respondió Miguel, colocándose entre Ricardo y Elena.
Un par de personas más se asomaron por la puerta, atraídas por las voces altas. Elena vio su oportunidad y la tomó. Sus ojos se llenaron de lágrimas falsas y su voz se quebró.
"¡Déjame en paz, Ricardo! ¡Por favor! ¡Siempre haces lo mismo! ¡Me sigues a todas partes, me controlas, no me dejas respirar!"
La gente que miraba empezó a murmurar. Vieron a un hombre humilde, con olor a comida y ropa de trabajo, gritándole a una mujer hermosa y bien vestida que lloraba desconsoladamente. La conclusión era obvia para ellos.
"¡Es un acosador!", gritó Elena. "¡Ayúdenme, por favor! ¡Llamen a la policía!"
Ricardo se quedó helado. ¿Acosador? ¿Él? El hombre que se partía la espalda todos los días por ella y por su hija. La acusación era tan absurda, tan venenosa, que lo dejó sin palabras.
"Elena, ¿qué estás diciendo? Soy tu esposo", logró decir, pero su voz sonaba débil, patética.
"¡No te me acerques!", chilló ella, retrocediendo y escondiéndose detrás de Miguel, quien ahora miraba a Ricardo con puro odio.
"Oye, amigo, mejor lárgate de aquí antes de que las cosas se pongan feas", amenazó Miguel.
El gerente del salón, un hombre robusto con un traje apretado, salió junto con un guardia de seguridad.
"¿Qué está pasando aquí? Señor, le voy a pedir que se retire. Está molestando a nuestros clientes".
"Pero yo soy el cliente", intentó explicar Ricardo. "Yo contraté este salón para la fiesta de mi..."
"¡Está mintiendo!", lo interrumpió Elena. "Vino a hostigarme. ¡Tengo miedo!"
La palabra "miedo" selló el destino de Ricardo. El guardia de seguridad lo tomó del brazo con fuerza.
"Vamos, señor. Acompáñeme a la salida. No queremos problemas".
Ricardo se resistió por un instante. Quería gritar, quería exponer la mentira, quería arrastrar a Elena de los pelos y obligarla a decir la verdad. Pero vio los rostros de los curiosos, juzgándolo, condenándolo. Vio la sonrisa triunfante en el rostro de Miguel. Y vio la frialdad en los ojos de Elena. Entendió que había perdido. Cualquier cosa que hiciera solo empeoraría la situación.
"Está bien. Suélteme. Me voy", dijo, derrotado.
El guardia lo escoltó hasta la puerta como si fuera un delincuente. Mientras caminaba por el largo pasillo, sentía las miradas clavadas en su espalda. La humillación era un sabor amargo en su boca. Al salir a la calle, el aire nocturno se sintió como una bofetada. Se quedó parado en la acera, temblando de rabia y de dolor. Su mundo se había derrumbado en menos de una hora.
El golpe final llegó al día siguiente. Recibió una llamada del gerente del salón.
"Señor Ricardo, lamento informarle que, debido al incidente de anoche, hemos decidido cancelar su reservación. No podemos arriesgarnos a tener ese tipo de comportamiento en nuestro establecimiento".
"Pero fue un malentendido...", suplicó Ricardo.
"Lo siento. La decisión es final. Le devolveremos su depósito".
Colgó. Ricardo se quedó con el teléfono en la mano, sintiendo un vacío enorme en el pecho. No solo había sido humillado, ahora también le habían quitado la fiesta de Sofía. ¿Qué le iba a decir a su hija?
Esa noche, no pudo dormir. Dio vueltas en la cama, la imagen de Elena bailando con Miguel repitiéndose en su mente una y otra vez. Cerca de la madrugada, escuchó la puerta principal abrirse. Era Elena.
Entró a la habitación de puntillas, como si no quisiera despertarlo. Ricardo se hizo el dormido, observándola por el rabillo del ojo. Ella dejó su bolso en una silla y se sentó en el borde de la cama.
"Ricardo... ¿estás despierto?", susurró.
Él no respondió.
Ella suspiró. Un suspiro largo y, al parecer, lleno de arrepentimiento.
"Mi amor, perdóname", dijo, su voz suave y melosa. "Fui una tonta. Me asusté, no supe cómo reaccionar. Miguel es solo un amigo, de verdad. Me sentí presionada y dije cosas que no sentía".
Se acercó y le acarició el cabello.
"La verdad es que mi mamá sí estaba mal, pero mejoró y quise darte una sorpresa. Preparar un baile para Sofía, algo especial. Pero todo salió mal. Por favor, perdóname. No quise humillarte así. Te amo, Ricardo. Eres el único hombre en mi vida".
Ricardo quería gritarle, quería llamarla mentirosa. Pero una parte de él, la parte que la había amado por más de quince años, quería creerle. Estaba cansado, herido y confundido. Las palabras de Elena eran como un bálsamo, una salida fácil al dolor.
Lentamente, se giró para mirarla. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, esta vez parecían sinceras.
"¿De verdad?", preguntó él, su voz apenas audible.
"De verdad, mi amor", dijo ella, inclinándose para besarlo. "Te lo compensaré. Arreglaremos lo del salón. Sofía tendrá su fiesta. Te lo prometo".
Ricardo, agotado emocionalmente, se aferró a esa promesa. Se aferró a la mujer que creía conocer. La abrazó y dejó que sus disculpas lavaran, temporalmente, la duda y la traición. En ese momento, decidió creerle. Fue el error más grande de su vida.





