Guerra de princesas

—¡Ataquen! —gritó mientras extendía su espada hacia el frente, rodeada de chispas y cenizas. Con su largo cabello envuelto en una trenza que se movía de un lado a otro, dando a entender sus bruscos movimientos. Mechones jugueteaban rebeldes sobre su frente, quedando algunas hebras pegadas a su piel, gracias al sudor que de esta emanaba.

Su delicada y simple armadura se ceñía a su cuerpo a la perfección, mostrando una atractiva figura femenina. Manchada de sangre y ceniza y, sin siquiera reparar en ello, Darah saltó por encima de sus soldados quienes ya habían obedecido su orden y corrían tirando gritos de ataques, con sus armas blancas apuntando a sus enemigos.

Disparos, flechas, explosiones, sangre, sudor y gritos de odio, o, en su defecto, alaridos de dolor protagonizaban aquella ardua batalla.

—¡¡Están retrocediendo!! —Un soldado robusto y de larga barba avisó a su equipo. Esas palabras motivaron a los guerreros, quienes atacaban con más ánimo y vehemencia. Por su parte, Darah se lanzó por los aires con un único objetivo: matar al general Badal. Él era el causante de todas esas pequeñas guerras en las afueras de Andaluz, gracias a su codicia y ambición. En vez de enfocarse en aprovechar los recursos de sus territorios, aquel hombre se empecinaba en conquistar comunidades y hasta otros reinos.

—¡Darah, cuidado! —Su amigo vociferó al ver a aquel misil con luz azul ir en dirección a ella.

La joven guerrera giró sobre su eje, pateando aquella extraña y ovalada arma en contra del ejército enemigo; al instante, una gran explosión cegó la vida de casi todos ellos. Pese a que sus hombres estaban acostumbrados a las hazañas de aquella intrépida mujer, no podían evitar estar impresionados ante su forma fría y arriesgada de actuar.

Con la mayoría de sus enemigos caídos y la retirada de los pocos que quedaban, aquellos hombres ya saboreaban la victoria y hasta dejaron de esforzarse; sin embargo, la osada y terca princesa no abandonó la batalla y ellos sabían que no dejaría ir a aquel hombre con vida.

Darah avanzó en dirección al general, quien buscaba la forma de escapar dado que era obvia su derrota. Cuando estuvo cerca de llegar a él, un grupo de guerreros la enfrentaron para evitar que lograse su objetivo. Ella sonrió de forma juguetona mientras revisaba el filo de su espada. Según se dice, aquella arma era diez veces más filosa que las espadas más poderosas de los guerreros más temidos. A simple vista, era un arma simple y muy delgada, nada pesada y sin apariencia temerosa, exactamente como quien la portaba.

—¡Perra! ¡No llegarás a nuestro general! —Uno de los guerreros enemigos que, formaban un escudo humano para evitar el acercamiento, espetó de forma despectiva.

Ella se limitó a mirarlo mientras mostraba una sonrisa descarada. Antes de ellos poder reaccionar, aquel insolente yacía en el suelo con el estómago cortado, bañado en su propia sangre. El espanto y la incredulidad se mostraban en los rostros de sus contrincantes, quienes rodeaban a su señor a la expectativa.

Un silbido sutil, hebras de cabello que caían sobre el rostro angelical de aquella chica, que, movidas por un pequeño viento era la evidencia de un ataque sigiloso, tan rápido que fue difícil de ser percibido. En cuestión de segundos, todos los soldados que protegían a aquel general, yacían muertos en el suelo.

—¡Esos estúpidos! —El general dijo entre risas—. Ellos no sabían con quién se estaban enfrentando, merecían morir por ingenuos. Debe saber, princesa, que yo no soy un simple soldado y que solo permití que me rodearan para que usted pudiera calentar. ¿No creerá que le temo?

La mirada de odio que ella le atinó provocó un poco de temblor en el hombre. La joven miró su espada ensangrentada con malicia, entonces sacó un pañuelo blanco con el que limpió su afilada arma, con una calma y sonrisa escalofriantes.

—General, jamás sería tan inculta de mezclar su sangre con la de esos novatos. La suya es repugnante, ni siquiera ellos merecen tal deshonra.

La sonrisa de aquel hombre se desvaneció, siendo transformado su rostro por la ira y la humillación.

—¿Cómo te atreves a insultarme de una forma tan vil, niña insolente? ¿Cómo es que osas poner a esos buenos para nada por encima de mí? ¡Respeta mi cargo y experiencia!

Ella le tiró el pañuelo en la cara como repuesta, acto seguido se lanzó contra él, flotando en el infinito. El choque de espadas desprendía chispas por la fuerza y rapidez aplicadas. Ambos se movían por encima del suelo con una habilidad y velocidad impresionantes, ganando la admiración de los presentes.

El general atacó de frente, lleno de furia. Darah bloqueó el ataque con su delgada espada, pateando al hombre en el acto. Él se incorporó de aquel sutil golpe con rapidez y atinó contra ella con toda su ira. La espada atacaba de arriba a abajo y por los lados, con malicia, con sed de sangre.

Ella aprovechó que el hombre se tomó un respiro para girar y atacar en dirección a su cuello, pero este usó su espada para proteger el área, la cual fue abalanzada hacia abajo, dejando piel libre para ella golpear con su codo.

El general dejó escapar una palabrota. Se sentía humillado de haber sido golpeado por ella dos veces, mas él no había podido tocarla aún. Todavía no entendía cómo aquella simple espada soportaba sus ataques, si él llevaba una mucho más poderosa y pesada, capaz de partir en dos a un hombre robusto y con armadura. Él se abalanzó hacia ella con la ira y frustración controlando su razón; ya era momento de dejar el juego y ponerse serio. Si mataba a la princesa, su derrota se convertiría en una jugosa victoria. Puesto que podría escapar de los soldados de ella con facilidad y con la cabeza de esta en mano, tendría el poder para ganar aliados y conquistar Andaluz.

Darah se quedó quieta en su lugar, esperando atenta el ataque del general. Su pequeña sonrisa daba a entender que estaba disfrutando el momento. Él atacó con toda su fuerza, con la intención de partirla en dos; si lograba su objetivo, este sería el fin de la princesa, independientemente de si ella usaba su espada como escudo o no, debido a la fuerza con la que él había atacado. Jafer, el amigo de Darah y comandante del ejército de Andaluz, se preparó para el ataque en caso de que su amiga necesitara de su ayuda. Todo fue en cuestión de segundos y de forma involuntaria. Era inevitable la necesidad de cuidarla, de poner su pecho por ella.

Un ruido desgarrador llenó el lugar, el sonido del metal rompiéndose fue molestoso para sus oídos. Con la fuerza con que el general había atacado y, el peso y filo de aquella poderosa espada, era obvio que la princesa había llegado a su fin. Una vez las chispas se desvanecieron en el aire y el humo se deshizo, los ojos de los presentes se agrandaron de la impresión. El dicho era cierto, tenía que estar hecha de aquel extraño y misterioso material.

El general observaba la mitad de la espada que le quedó en la mano con incredulidad y asombro, totalmente desconcertado. Era imposible, nunca nadie había sobrevivido a su ataque especial, donde él dejaba libre toda su energía para acabar con su contrincante. Le era difícil de asimilar que su imponente y poderosa espada, aquella que había cegado miles de vidas incluyendo a guerreros poderosos, había sido partida en dos al chocar con aquella simple arma. ¿Será que subestimó a la princesa?

Él miró a la joven, aterrado. A pesar de que su rostro era delicado y hermoso, con esa expresión angelical y tierna que provocaba ganas de acariciarlo; aquella sonrisa que se ensanchaba en ella era tenebrosa. No había necesidad de palabras de parte de la joven mujer, un simple movimiento y estaba acabado, y así fue...

***

Las puertas del castillo se abrieron. Las personas de la ciudad de Andaluz se postraron en reverencia ante la entrada del ejército. Ellos admiraban y respetaban a los guerreros de su reino, quienes habían hecho un buen trabajo en mantener a salvo a Andaluz y sus habitantes. El coronel Jerom, un moreno de cabello gris y crespo, ojos del mismo color y cuerpo fornido, levantó su brazo derecho al aire mientras sostenía su espada plateada, luego envainó su arma con gracia, juntó sus manos cerca de su pecho y sonrió a los presentes dando a entender la victoria.

Antes de que el pueblo celebrase, la séptima princesa caminó entre ellos con una bolsa de tela en manos de dónde chorreaba sangre; se detuvo en medio de la ciudad, siendo rodeada por todos, quienes la observaban a la expectativa. Con esa calma que la caracterizaba ella abrió la bolsa y sacó la pesada cabeza del general Badal, mostrando al pueblo su victoria. En seguida, la algarabía, aplausos, gritos de celebración y brincos de alegría, llenaron la ciudad.

***

—Deja las reverencias y acércate a tu padre —le comandó el rey desde su cama. Él estaba débil debido a su enfermedad, por lo tanto, se mantenía en la recámara real y ya no recibía a sus concubinas. Darah se acercó a él con timidez, postrándose frente a la cama y recostando su cabeza en el suave y elegante colchón, que estaba cubierto de seda y las sábanas más valiosas y finas de Andaluz.

—Padre, el doctor dijo que el tratamiento está haciendo efecto. —Su voz llena de esperanza afectó a su padre, quien sabía que ya no le quedaba mucho tiempo.

—Mi hermosa niña; tú eres fuerte ante todos, sin embargo, yo conozco tu noble corazón y lo sensible que puedes llegar a ser. No quiero ilusionarte, es por esto que seré sincero contigo. El tratamiento solo me quita el sufrimiento, más no es una cura. Mi enfermedad está avanzada y puedo morir en cualquier momento. No te preocupes, me iré en paz y con muchos años de felicidad, al haber disfrutado a mi familia y bien utilizado el poder que se me concedió como rey de Andaluz. Estoy satisfecho de haber podido dormir en paz todas las noches, porque mi conciencia está limpia de nunca haber abusado del inocente y haber actuado con justicia.

—Padre... —Ella balbuceó ocultando su rostro entre las sábanas.

—Darah, estoy satisfecho de tu desenvolvimiento; me has hecho un padre orgulloso y feliz. Gracias por la batalla de hoy y todas esas que has ganado para Andaluz. Eres mi mejor guerrera, por eso no dudé en hacerte general de mi ejército y confío en que Andaluz estará en buenas manos. No te preocupes, dejaré todo listo antes de mi partida. Solo espero que algún día abras tu corazón al amor y te dejes cuidar. Que te amen y protejan no significa que eres débil, al contrario, es evidencia de que eres lo suficientemente valiente para confiar tu corazón.

—Padre, te prometo que velaré por el reino de Andaluz. No permitiré que lo que has construido con tu vida, sea destruido o conquistado.

El rey acarició el largo cabello de la joven, no refutando sus palabras. Él sabía que ella lo haría, entendía también, que esta le estaba desviando el tema y ese era su temor. Deseaba que su hija algún día se dejara amar y que pudiera formar una familia.

***

Tres meses después...

Una bandera negra con rosas blancas pintadas en el centro ondeaba en el castillo de Andaluz. La música que sonaba en la ciudad era melancólica y sus habitantes guardaban en tristeza el duelo por la muerte de su rey.

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