Fuego y Odio: Un Amor Roto

Apenas salí al pasillo, choqué con un hombre que corría en mi dirección. Era Ricardo Guzmán. Su rostro, usualmente compuesto, estaba contraído por la preocupación y la ira.

Me agarró por los hombros, su agarre era doloroso.

"¡Sara! ¿Qué le hiciste a Elena? ¿Dónde está?"

Su acusación era instantánea, sin lugar a dudas. Para él, yo siempre era la villana.

"Está en la habitación," logré decir, mi garganta seca. El calor en mi cuerpo era cada vez más intenso. "Está drogada. Ve a ayudarla."

Ricardo me miró con desprecio, una mezcla de sospecha y asco. "Siempre supe que eras una acosadora obsesionada. ¿Intentaste aprovecharte de ella?"

No respondí. No tenía la fuerza ni las ganas. Simplemente lo aparté de mi camino y me tambaleé hacia el ascensor.

Él no insistió. Abrió la puerta de la habitación de una patada y entró. Escuché el grito ahogado de Elena llamando su nombre.

"¡Ricardo! ¡Ricardo, ayúdame!"

La puerta se cerró de un portazo.

Bien. Que él sea su antídoto esta vez. Que se casen. Que vivan su "gran amor". Cualquier cosa era mejor que el infierno que yo viví.

El ascensor llegó. Entré, apretando el botón del lobby. Mi reflejo en el espejo de latón era el de una extraña. El rostro sonrojado, los ojos vidriosos, el sudor brillando en mi frente. La droga que Sofía me había dado estaba haciendo pleno efecto.

Necesitaba agua fría. Necesitaba apagar este fuego interior.

Salí del hotel tropezando. Las luces de la Ciudad de México me cegaron por un momento. El aire nocturno no hacía nada para enfriarme. Caminé sin rumbo, mi mente era una niebla de calor y pánico.

Entré en el primer bar que vi. Estaba oscuro, ruidoso, lleno de gente. Me abrí paso a empujones hasta el baño, pero había una fila enorme. No podía esperar.

Vi una puerta que decía "Privado" . La abrí sin pensar y entré. Era un pequeño almacén. Me tropecé con unas cajas y caí al suelo.

Me sentía mareada. Me arrastré hasta una esquina, tratando de controlar mi respiración.

"Oye, ¿estás bien?"

Una voz de mujer, tranquila y profunda, cortó el ruido del bar. Levanté la vista. Una figura alta y esbelta estaba de pie en la puerta, recortada por la luz del pasillo. No podía verle la cara con claridad.

"Necesito… agua," susurré.

La mujer entró y cerró la puerta. Se arrodilló frente a mí. Sentí una mano fresca en mi frente. Se sintió como el cielo.

"Estás ardiendo. ¿Qué tomaste?"

"Mi hermana… ella…" No pude terminar la frase. Las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas, no de tristeza, sino de puro agobio y desesperación.

La mujer no hizo más preguntas. Me ayudó a ponerme de pie. "Tranquila. Te ayudaré."

Me guio fuera del bar por una puerta trasera. El aire fresco se sintió un poco mejor. Me llevó a su coche, un modelo elegante y discreto. No protesté. En ese momento, confiaba en cualquiera que no fuera Elena o Ricardo.

No recuerdo mucho del viaje. Solo la sensación de su mano en la mía, firme y reconfortante. Me llevó a otro hotel. Consiguió una habitación. Me metió en la ducha con ropa y todo.

El agua fría fue un shock, pero un shock bienvenido. Me ayudó a quitarme la ropa mojada y me envolvió en una bata de baño gruesa.

Me acosté en la cama. El mundo giraba, pero el fuego dentro de mí comenzaba a calmarse. La mujer se sentó en el borde de la cama, observándome en silencio.

"Gracias," logré decir.

Ella asintió. "Descansa."

En mi estado de semiinconsciencia, me aferré a su mano. La droga me hacía vulnerable, necesitada de contacto humano. Ella no se apartó.

"Eres… muy bonita," murmuré, mirando su silueta.

Ella se rio suavemente. "Tú no estás en condiciones de juzgar."

Me acerqué a ella, buscando su calor. La besé. Fue un beso torpe, desesperado. Para mi sorpresa, ella respondió. Su beso era suave, tierno, completamente diferente a la desesperación febril de Elena.

Fue un ancla en mi tormenta. Nos besamos durante lo que pareció una eternidad, hasta que el agotamiento finalmente me venció y me quedé dormida en sus brazos.

Cuando desperté, la habitación estaba inundada por la luz de la mañana. Estaba sola.

Por un momento, pensé que lo había soñado todo. Pero entonces vi algo en la mesita de noche.

Era un collar. Una delicada cadena de plata con un pequeño dije en forma de flor.

No era mío.

Lo tomé en mi mano. Era real. La noche anterior había sido real.

Me vestí rápidamente. Un rastro de su perfume, algo cítrico y elegante, todavía flotaba en el aire. Dejé el collar donde estaba y salí de la habitación sin mirar atrás.

No sabía quién era ella, pero me había salvado. Y eso era todo lo que necesitaba saber.

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