Stella condujo su modesto Volkswagen negro hasta la puerta del Instituto de Investigación Hookwood. Apenas entró al edificio principal de oficina, Lainey Lewis, una colega antigua, se le acercó y la agarró de la muñeca.
"¿En serio has venido a presentar la solicitud? Stella, ¿qué está pasando? No respondiste a mis mensajes. No puedes tomar una decisión así por capricho. Este proyecto no es un experimento cualquiera. Antes de tomar una decisión, debiste haberlo discutido con Marc".
Stella sintió un fuerte dolor en el pecho, pero permaneció en silencio. En lugar de responder, desbloqueó su celular, buscó una conversación en WhatsApp y le extendió el aparato.
En la pantalla aparecieron decenas de mensajes provocativos e imágenes sugerentes. Y todos habían sido enviados más de una vez. Había una foto en particular que dejaba poco a la imaginación.
"¡Ese canalla! Si no fuera por las patentes que le diste en su día, ni siquiera habría sobrevivido al lanzamiento. ¿Y ahora se atreve a engañarte? Regresaré a tu casa contigo. Juro que haré que te pida perdón de rodillas", exclamó Lainey, con la ira ardiendo en sus pupilas, tras echarle un vistazo al celular y empujarlo de vuelta a las manos de su amiga.
"No, eso no será necesario", respondió su interlocutora, agarrándola rápidamente del brazo.
"¿Cómo que no? Después de lo que ha hecho, ¿te vas a quedar de brazos cruzados y dejar que se salga con la suya?", preguntó la otra, con la voz temblorosa.
"No, nunca", respondió Stella, guardando el celular en el bolsillo de su abrigo. "Pero confrontarlo directamente sería demasiado fácil. Quiero que sufra... que realmente se arrepienta de todo".
Lainey no dijo nada más, pues conocía bien a su compañera: en el laboratorio, era brillante; en su vida diaria, completamente honesta. Sin embargo, si alguien la llevaba más allá de su límite, ella no se quedaría sin reaccionar. Regresaría cuando menos lo esperaran, con precisión y fuerza.
Juntas, caminaron hacia la oficina administrativa. Allí, el llenado de los formularios ocurrió sin problemas. Con unas cuantas firmas y unos pocos sellos, el asunto quedó finiquitado; solo faltaba la aprobación final.
Antes de irse, Stella se ofreció a ayudar en un seminario académico organizado por el instituto, así que recolectó los materiales necesarios. A las 3:30 p.m., el evento en el Hotel Grace había concluido.
Ella, sosteniendo una carpeta contra su pecho, avanzó del vestíbulo al estacionamiento. En el camino, una risa familiar llegó hasta sus oídos.
"Vamos, sé buena".
En ese momento, Stella se tensó y se giró lentamente. La traición la impactó con la fuerza de un rayo.
Marc tenía su brazo alrededor de una mujer de cabello largo y cintura delgada, a la que guiaba hacia la entrada del hotel.
"Te extrañé... te extrañé tanto", dijo la desconocida, en un tono dulce e íntimo inclinándose sobre Marc.
Acto seguido, deslizó sus labios desde el lóbulo de su oreja hasta el cuello del hombre, embarrándole la piel con su labial rojo.
Él soltó una risa baja y cariñosa, antes de apretarla más contra sí; la agarraba de la cintura con firmeza.
Stella sintió una opresión en el pecho y se le nubló la vista. Se dio cuenta de que esa descarada había seguido a su esposo hasta el hotel. Los adúlteros ni siquiera pudieron esperar a que se hiciera de noche.
Entonces, a través de la puerta giratoria de cristal, la pareja se miró a los ojos.
Marc tenía las pupilas oscuras y llenas de deseo, mientras que las de Stella irradiaban tranquilidad y calma, aunque había un destello de burla en ellas.
De repente, el ambiente entre los dos se tensó.
La amante también la vio, pero en lugar de parecer sorprendida, sonrió con suficiencia y volvió a besar a Marc, aunque esta vez más profunda y deliberadamente, como si estuviera marcando su territorio.
Stella sintió que la bilis le subía por la garganta; el estómago se le revolvió por las náuseas. Se dio la vuelta, pues no quería presenciar ese espectáculo más tiempo. Llegó hasta la puerta de su auto, pero antes de que pudiera entrar, una mano se lo impidió desde atrás.
Marc la había seguido. En ese momento estaba sin aliento, y el olor del perfume audaz de la mujerzuela aún se aferraba a él, lo suficiente para que su esposa se sintiera mal.
"¡Suéltame!", exclamó Stella, intentando zafarse de su agarre y abrir la puerta, pero él la superaba en fuerza.
Marc no dijo nada, simplemente la agarró por la cintura, la empujó hacia el asiento trasero y se deslizó también. Sus afiladas facciones parecían tensas, y en sus ojos titilaba una mezcla de ansiedad e impaciencia. "Stella, por favor, déjame explicarte lo que pasó".
"Límpiate el labial de la boca antes de empezar a hablar", soltó ella, en un tono helado, retrocediendo lo más que pudo, pues no tenía un lugar a dónde huir.
A su esposo se le cayó la cara de vergüenza. Se llevó la mano hasta la boca sin pensarlo, mientras un destello de pánico aparecía en sus pupilas.
"El acuerdo de Marina Horizon está peligrando. Yo he estado preocupado por el financiamiento, así que contacté a Nova Holdings. Haley Smith es la hija de uno de los miembros directivos de esa empresa. No habla bien nuestro idioma y había estado bebiendo, así que vine para asegurarme de que regresara sana y salva a su hotel", dijo.
Luego se inclinó sobre su esposa y le habló con el tono suave que utilizaba cuando quería encantarla: "Ella es de Achury. Y tú sabes que la gente de su país es muy relajada. Te juro que seré más cuidadoso a partir de ahora. No te enojes, ¿de acuerdo? Te lo compensaré".
"Entonces... ¿Así es como aseguras las inversiones? ¿Acercándote a las hijas de tus socios?", inquirió ella, clavándole su mirada fría y dura.
Stella habló con una calma escalofriante, demasiado compuesta para estar enojada. No hubo gritos ni lágrimas.
Sus palabras tranquilas le quitaron cualquier excusa a Marc, pues cualquier cosa que dijera carecería de sentido. De golpe, él volvió a sentirse vacío y, frustrado, se quitó la corbata para poder respirar mejor.
"Stella, vamos. Solo lo hago por trabajo. ¿En serio vas a montar un escándalo por esto?", se defendió.
La aludida casi se rio, pues ni siquiera había alzado la voz. ¿Acaso esa era su forma de pedirle que le mostrara las fotos de su infidelidad para que viera lo que era un verdadero drama? El amor que había albergado por tantos años hacia su marido ahora la quemaba por dentro.
"Marc, si ya te has cansado de mí, sé honesto. No me aferraré a ti. Te daré el divorcio que tanto deseas".
¿Qué necesidad tenía de soportar su doble vida? ¿Por qué tenía que aguantar sus mentiras?
Apenas esas palabras salieron de su boca, su esposo la agarró con fuerza del hombro, y clavando su mirada, tan fría como el hielo sobre ella, declaró: "No vuelvas a decir eso nunca. Prometimos que, sin importar lo que pasara lo resolveríamos. El divorcio no es una opción. Ni siquiera lo menciones".
'¿Resolverlo? Él ya estuvo con otra persona. ¿Qué queda por arreglar?', reflexionó Stella. En ese momento, se sentía atrapada en una red de espinas. Con cada respiración, estas la cortaban más profundo.
De repente, el celular de Marc sonó. Este lo revisó, frunció el ceño y rechazó la llamada.
Sin embargo, su esposa había visto el nombre en la pantalla: "Cariño Salvaje". Antes de que él pudiera guardar el dispositivo, este volvió a iluminarse, aunque ahora eran notificaciones de WhatsApp las que aparecían en la pantalla. Y el remitente estaba registrado como "Bebé Ardiente".
"Bebé, no aguanto más el dolor".
"Te necesito. Ven ahora".
"Estoy sangrando... ¿moriré?".
Los tres mensajes, escritos en Achure, llegaron uno tras otro.





