Fácil fue amarla, difícil fue dejarla

Parecía que Marc creía que ella no sabía leer Achure en absoluto, pues sin molestarse en ocultar la pantalla, escribió "Voy en camino", antes de apagar su celular.

"Stella, tengo algo urgente que atender. Si no puedes ayudarme, al menos mantente al margen. Y pórtate bien, ¿de acuerdo?", dijo suavemente mientras le acariciaba la cabeza como si fuera una niña.

Luego se dio la vuelta y se alejó sin mirar atrás.

Ella simplemente se quedó allí sentada, dejándolo ir. Le parecía que algo en su interior se había roto, y el dolor que sentía era tan grande que la entumeció por completo. Dejó los materiales de la conferencia en el instituto para que los archivaran y luego se dirigió a su casa sin decir nada más.

Marc no regresó en los tres días siguientes; ella no lo llamó ni una sola vez. Ya no había nada que decir entre ellos.

Mientras esperaba la aprobación final para unirse al proyecto secreto, se mantuvo ocupada organizando sus pertenencias y haciendo cualquier cosa para evitar que su mente colapsara.

El cuarto de almacenamiento era un altar a sus años juntos: allí estaban las notas escritas a mano de su primera confesión, las piezas desiguales de cerámica que hicieron durante su primera cita, una pequeña piedra con forma de corazón de una expedición nocturna a la montaña y filas de fotos enmarcadas por año. Incluso las cámaras Polaroid estaban organizadas de las más antiguas a las más nuevas.

Stella siempre había sido sentimental y guardaba todas esas cosas con la esperanza de que, cuando ella y su esposo fueran viejos, se sentaran a verlas y se rieran del pasado.

Sin embargo, ahora todo le parecía una broma cruel del destino. Sin dudarlo, lanzó los recuerdos al fuego y los vio arder.

Después, alineó los regalos caros, que incluían diamantes, relojes de lujo, delicados collares e incluso el anillo de bodas, les sacó fotos y se las mandó a su contacto en la boutique de reventa para que los vendiera todos.

Al ver el joyero vacío, comprendió finalmente que, sin importar lo brillante que fuera el amor, este perdía todo su valor apenas caía sobre él la mancha de la traición.

Dos días después, recibió la noticia de que le habían aceptado en el proyecto de investigación secreto. Tenía diez días tranquilos antes de que comenzar a trabajar en él.

Con la intención de abastecerse de lo esencial, se cambió de ropa y se dirigió al centro comercial. Justo cuando bajaba por la escalera mecánica con las bolsas en la mano, vio una escena que la dejó paralizada.

Allí estaba Jazlyn Walsh, su siempre crítica suegra, aferrada al brazo de la amante de su esposo, Haley, a la que le sonreía como si fueran amigas de toda la vida. La tranquilidad de su rostro desapareció de golpe.

Junto a ellas estaba Marc, el mismo hombre que había desaparecido durante días, deslizando con ternura una pulsera de diamantes en la muñeca de su otra mujer.

El trío parecía la familia perfecta. Una en la que ella no estaba incluida.

Cuando Haley asintió con deleite, Jazlyn elogió su gusto con un brillo en la mirada y, casualmente, entregó una tarjeta negra para pagar.

Stella sintió que ese momento estaba cargado de una amarga ironía, pues esa tarjeta era suya: estaban gastando su dinero.

Ella había obtenido esos privilegios, grandes descuentos, acceso anticipado a nuevas colecciones, etc., gracias a su cercana amistad con el director de la marca. Lo que se suponía que debía ser un gesto considerado para acercarla a Jazlyn ahora se usaba para complacer a la amante de Marc.

Por eso, la arrancó de la mano de la sorprendida vendedora y dijo con calma: "Lo siento. Esta tarjeta ya no es válida".

"Señora, es una tarjeta premium. No expira y no puede ser cancelada...", respondió la empleada, visiblemente confundida.

"¿Ah, sí?", comenzó Stella, rompiéndola en dos y lanzando los pedazos al bote de basura cercano, sin pestañear. "Ahora está cancelada".

"¿Qué te pasa? ¿Si te das cuenta de que nos estás dejando en vergüenza?", siseó Jazlyn, quien incapaz de contener su furia, y le dio una fuerte bofetada a su nuera.

La familia Walsh tenía una reputación impecable y siempre se había elogiado a Marc por su talento en las finanzas.

Cuando Stella y Marc empezaban a salir, Jazlyn había tratado a la chica con indiferencia. Y después de la boda, su frialdad hacia ella solo creció.

Por mucho que Stella intentara ganarse su aprobación, su suegra nunca le dedicó ni una sonrisa. Siempre se había quedado callada, pues no quería poner a Marc en una situación difícil, pero esa paciencia, que había construido sobre el amor, finalmente se había agotado. Ya no tenía razón para tolerar el maltrato.

De repente, dos fuertes cachetadas aterrizaron directamente sobre el rostro de Marc, y resonaron en el aire.

Inmediatamente, el lugar se sumió en el silencio.

Ese era Marc Walsh, el hombre aclamado en los círculos financieros como una leyenda, pero ahora estaba allí, con las mejillas rojas, tras haber sido abofeteado a plena luz del día.

"¡Stella!", gritó Jazlyn, furiosa. Acto seguido, se arremangó la blusa, como si estuviera dispuesta a tomar represalias.

"Si me vuelves a poner una mano encima, golpearé a tu hijo el doble de fuerte. ¿Quieres ver?", contestó la aludida, con la barbilla en alto, manteniéndose firme en su postura.

"¡Tú! ¡Tú...!", exclamó su suegra, tan furiosa que se llevó la mano al pecho, en busca de aire. "¡Marc, mírala! ¿Cómo puedes permitir que actúe como una arpía?".

"Dime, Marc, ¿no tenía toda la razón para cachetearte?", le espetó Stella, mirándolo fijamente.

El hombre tensó la mandíbula y endureció su expresión. Luego la agarró de la muñeca y murmuró entre dientes: "Ya basta. Tranquilízate. Estás montando un espectáculo".

De repente, Haley se lanzó a los brazos de Marc, deslizando sus manos por su cintura, mientras se quejaba del alboroto que estaba causando Stella. Se aferró a él como la hiedra, llamándolo "querido" una y otra vez, como si quisiera fundirse con su piel.

Marc la consoló con suaves palabras pronunciadas en murmullos cargados de ternura.

Al verlos tan cercanos e íntimos, Stella se rio con ironía. Entonces, habló en un perfecto Achure, con un tono fluido y afilado.

"Si tienes el descaro de ser la amante de alguien, al menos no te hagas la inocente. Estás acostándote con el esposo de otra mujer y ni siquiera te atrevas a negarlo. Y si no entiendes Achure, podemos cambiar; hablo dieciséis idiomas. Elige uno, y yo te seguiré. Si pierdo la discusión, admitiré la derrota".

Haley se sonrojó profundamente. Estaba claro que nunca había imaginado que su rival pudiera hablar tan bien en su idioma natal. ¿No había dicho Marc que su esposa solo era una simple empleada de oficina?

"Stella... ¿cuándo aprendiste Achure?", preguntó Marc con tono rígido y el semblante sombrío.

Esas palabras cayeron sobre su esposa como un cuchillo, profundizando su herida abierta.

"Marc, ¿de verdad me amas?", lo confrontó, con una amarga sonrisa. Luego, con un tono que chorreaba sarcasmo, remató: "Sigue disfrutando de tu pequeña sesión de compras. No me interpondré en tu camino".

Y con eso, se dio la vuelta y se alejó.

Marc se movió rápidamente para seguirla, pero Jazlyn y Haley se aferraron a cada uno de sus brazos, deteniéndolo.

"¡Simplemente divórciate de esa descarada! ¿Cómo se atreve a ponerte una mano encima?", espetó su madre.

Ya le había dicho esas mismas palabras en innumerables ocasiones, aunque su hijo siempre la había ignorado. Pero, por alguna razón, en ese momento las sintió diferentes. Se le metieron bajo la piel.

"Esto es entre ella y yo", murmuró, deshaciéndose de la sensación y corriendo tras su esposa. Por suerte, logró alcanzarla justo cuando llegó a su auto.

"Stella", la llamó.

"¿Qué quieres, señor Walsh? ¿Ya terminaste de jugar a la casita con tu salvaje amiguita?", respondió ella, con una expresión de disgusto, pues apenas él le tocó la muñeca, sintió náuseas.

"Haley es solo una amiga. ¿Por qué estás tan celosa? ¿No puedes ser madura por una vez? ¿En serio tenías que humillarnos en público?", la cuestionó él, con el rostro torcido por la frustración.

'Claro. De alguna manera, al final todo es mi culpa. Qué conveniente', pensó la mujer, soltando una risa seca cargada de incredulidad.

"Déjame ver si entendí. Incluso si te encuentro con tu amante en la cama, ¿debería sonreír, cerrar las cortinas y quedarme afuera para proteger el apellido de la familia?", escupió.

"¿Cuántas veces tengo que repetírtelo? ¡Ella es solo una amiga!", se defendió Marc, apretándole con más fuerza la muñeca.

"¿Solo una amiga?", soltó Stella, en un tono bajo, cargado de ironía, mientras lo miraba de arriba abajo. Luego, su mirada se volvió juguetona, aunque había una chispa juguetona en sus pupilas, como si fuera seducción o venganza.

"De acuerdo. Entonces yo también me buscaré un amigo. Y me aseguraré de que hagamos todo lo que Haley y tú han hecho", declaró. Después, inclinándose hacia él, le susurró con veneno en la voz: "Y tú, querido esposo, no te pongas celoso. Eso no sería justo, ¿o sí?".

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